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 El cine dentro del cine, ¡ay!, esas películas cuyas tramas giran en torno a clásico inolvidables, como auténticas matrioskas cinematográficas.

 - Dirigir una película es como viajar en diligencia por el Oeste: antes de subir quieres disfrutar del viaje; al poco, lo único que deseas es llegar.

 Ferrand, el propio Truffaut en La noche americana, director con sonotone, debe escuchar los caprichos del reparto que sólo parece entrar en razón con la muerte de uno de sus miembros. Lo oíamos en los títulos de crédito: “Nada de sentimentalismo fuera de lugar”. La muerte no es excusa para suspender un rodaje, El espectáculo siempre debe continuar. Eso lo aprendimos en el cine, ni amor, ni amistad, ni familia. ¡Qué buen mandamiento para aquellos cineastas, productores y demás, al servicio del séptimo arte!  Vicente Minelli ponía a Kirk Douglas al frente de Cautivos del mal, como el productor Jonathan Shields. En realidad, David O. Selznick, y mediante flashbacks de algunas de sus películas (La maldición de los hombres pantera y La montaña lejana) veíamos hasta dónde era capaz de llegar por el éxito de taquilla: robar a un joven director, engatusar a una actriz con falsos propósitos y conseguir que un guionista sea abandonado por su mujer por trabajo. Así parece que los Wenstein sean hasta monjitas de la caridad. Lo dicho, en el cine no hay sentimientos. Si no que se lo digan a Tom Dicillo.

 En pleno apogeo indie surgieron dos visiones sobre las entrañas del séptimo arte. Mientras Tim Burton daba una imagen algo gloriosa del bajo presupuesto con Ed Wood y su “¡a positivar!”, Tom Dicillo (Vivir rodando) no dejaba títere con cabeza en lo que era su industria habitual, el cine independiente, en donde un joven director Nick (Steve Buscemi) decide echar por tierra su sueño de rodar una película.

 La comedia clásica con tintes sociales también abordó el tema del cine dentro del cine, como hizo Preston Sturges en Los viajes de Sullivan. Sus diez primeros minutos es toda una declaración de principios. John L. Sullivan, John McCrea, director de películas de entretenimiento que se plantea hacer un film con conciencia social, quiere demostrar “las posibilidades del cine como medio sociológico y artístico”. Con este fin, recorre el país disfrazado de mendigo y sin un penique en los bolsillos. Pero tras pasar mil y un calvario descubre en la proyección de una película de animación de Disney lo que quiere en la vida: “Quiero hacer una comedia. Hacer reír al público me gusta mucho más. ¿Sabes que hay gente en la vida que no tiene otra cosa?” En definitiva, la comedia es algo muy seria, sino que se lo digan a Ken Loach.

                             

Pero el cine nos ha enseñado que no sólo hay directores con problemas y productores tiburones, sino toda una pléyade de técnicos y actores que se revuelven inquietos por el plató. Profesionales del séptimo arte con problemas los hay muchos y muy interesantes. Guionistas con sequía creativa, como la que sufre Nicolas Cage, alter ego del famoso Charlie Kaufman, en El ladrón de orquídeas; o ingenieros de sonido atravesando una crisis profesional como el de Jack (John Travolta) en Impacto (Brian de Palma). Curtido en filmes de terror de serie B, la película Internado sangriento no da la talla porque el grito de la protagonista está demasiado oído. Jack tendrá que atravesar un complicado caso de asesinato y corrupción política, y el espectador un maravilloso diálogo, entre realidad y ficción, con Blow up de Antonioni, como telón de fondo. Así resuelve el problema, una vez que logra grabar el grito de una mujer que iba a ser asesinada. “Esto si que es un grito. Es el grito más espeluznante que he oído en mi vida”.

De este modo, incluso el slaser tomó la fórmula del cine dentro del cine. Scream 2 (un clásico moderno del género, a cargo de Wes Craven), no sólo reflexionaba sobre la condición de secuela, sino que el filme se abría con una secuencia que prometía. Heather Graham interpretaba a Drew Barrymore en Puñalada, la propia versión de la primera película, según lo contaba otro personaje –Gale Weather, Courtney Cox- en su libro. Lo mejor, sin embargo, es la desgracia de Sydney (Neve Campbell): “Con la mala suerte que tengo, seguro que a mí me interpreta Tori Spelling”. Y ahí aparecía Tori y su nariz de cirujano. Lo que aprendimos con el filme es que todo es perdonable en Aaron Spelling, que produjese para la televisión (Vacaciones en el mar, Sensación de vivir, Melrose Place y demás), salvo el mal que hizo al enchufar a su hija Tori como actriz.

 Había personajes con dilemas a la hora de elegir el actor que le fuera a interpretar, pero también con problemas de identidad. Una de las reflexiones más originales entre la realidad y la ficción nos la brindó Woody Allen en La rosa púrpura de El Cairo. En plena Gran Depresión, Tom Baxter (Jeff Daniels), estrella de un filme en blanco y negro, atraviesa la pantalla por el amor de Cecilia (Mia Farrow). La acción se desarrolla a partir de entonces en dos escenarios, Manhattan y El Cairo, en donde sus compañeros de reparto se ven desconcertados por la situación.

 Mia Farrow bien valía dejar la ficción y entregarse a la cruda realidad… ¿Por qué la dejaría Allen por Soon Yi?

                                          

                         

 El séptimo arte nos enseñó también que sólo había una cosa más complicada que un matrimonio: una coproducción. En El desprecio, Jean Luc Godard reflexionó sobre su oficio, con las trifulcas de un productor yanqui (Jack Palance), un guionista francés (Michel Picolli) y un director alemán (Fritz Lang) que, en realidad, importaban un pimiento en comparación con los segundos planos de Briggitte Bardot desnuda.

 Luego quedarían otros, como Billy Wilder en Sunsent Boulevard (El crepúsculo de los dioses), Fernando Trueba (La niña de mis ojos) o Robert Altman en El juego de Hollywood. Tened cuidado, el cine puede ser tan adictivo como letal.

 - Ni estrellas, ni Schwarzeneggers, ni final feliz. Esto es una tragedia americana.