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Considerado un genio del séptimo arte, tuvo una vida tan azarosa como para llevarla a la gran pantalla, y así  Orson Welles  como personaje, aparece en algunas cintas,  como la receinte película de Danny Huston Fundido a negro, pero atrajo la atención de muchos cineastas la figura de este genial realizador. Por ejemplo, Woody Allen escogió una de las más características escenas de la Dama de Shanguay, para el final de su película Misterioso asesinato en Manhattan, como también en Criaturas celestiales (Peter Jackson) aparecía la figura de Welles, e incluso en el film Ed Wood (Tim Burton).

 - ¿Sabes en cual de mis películas tuve tanta libertad que no los estudios no se atrevieron a quitar ni un solo fotograma?.

  - ¿Cuál?

  - Ed, sobre toda la cosas, debes tener una en mente. Debes hacer realidad tus sueños, no vivir la vida de nadie. 

 La amplitud de su dilatada carrera incluye una incursión en el mundo del espectáculo como director teatral, con una personal adaptación del drama Macbeth de Shakespeare y una labor como guionista y actor de radio, a pesar de repetir una y otra vez una misma clave, mezclar a partes iguales lo que en su trabajo contaba como divertimento y su profunda reflexión sobre el carácter poliédrico de la verdad.

- Los mentirosos profesionales – decía él mismo en su película F de fraude – esperamos ofrecer una verdad, su nombre pomposo es el de arte. Lo dijo el propio Picasso. El arte es una mentira, una mentira que nos hace descubrir la verdad.

El cine de Welles es un constante juego de artificios visuales que está muy lejos de convertir su técnica en virtuosismo vacío, con un expresionismo lleno de ángulos difíciles, contrapicados, eternos contrastes entre la luz y la penumbra, y el simbolismo con  el que dotaba sus potentes imágenes, reveladoras de verdades que nos sumergen en mentiras, pero que al mismo tiempo revelan nuevas verdades. Casi un juego conceptual más que semántico que nos acerca al modo que Orson Welles veía el cine y que, de algún modo u otro, aparecía como una constante en su filmografía.

Otra de sus claves en su amplísima producción cinematográfica es la presencia de unos personajes que se ven envueltos siempre en el turbador mundo de la ambigüedad.  Desde Charles Foster Kane (de Ciudadano Kane) hasta Harry Lime (El tercer hombre), pasando por el nazi refugiado en Estados Unidos, Fran Kindler (de El extraño), Gregory Arkadin (en Mr. Arkadin) o el villano Quinlan, en Sed de mal, sus personajes parecen moverse en la ambigüedad moral del bien y del mal.


 El colmo de la ambigüedad entre la realidad y la ficción argumental la alcanza Welles en Una historia inmortal, cuyos protagonistas llegaban a contratar a una pareja de jóvenes para que diesen realidad a un idilio que sólo tenía cabida en una leyenda local. Pero este no sería el cenit de sus creaciones ilusionistas, la cumbre la consigue cuando decide convertirse el mismo en el protagonista de sus historias, en el personaje favorito para el juego de espejos: la película F de Fraude (Fake)

  - Dama y caballeros, como introducción os diré que esta película trata sobre la trampa, el fraude, sobre las mentiras.


 Welles, en cierto modo, veía el espectáculo como un engaño artístico y supo sacarle un gran partido; por ejemplo, trabajó de prestidigitador al servicio del Ejército para animar a las tropas que participaban en la guerra, pero también quedó reflajada esta impronta en el trailler de su ópera prima, Ciudadano Kane, que el propio realizador preparó con un resultado tan atrevido y polémico como el mismo filme. No obstante,  uno de sus mayores logros ilusionistas lo encontramos en su etapa como actor radiofónico, antes de su incursión en la realización con Ciudadano Kane. Se trata de su conocida adaptación al mundo de la radio de la novela de H. G. Wells, La guerra de los mundos, que llevó a cabo Orson Welles un Día de todos los santos. Sobre su relato radiofónico, el propio Welles dedicó un comentario en  famoso documental que la BBC dedicó al cineasta norteamericano (Historia de una vida en el cine).

  Una nueva particularidad del genio de Orson Welles fue la de reservarse los papeles más importantes de gran parte de su producción cinematográfica, así como interpetar a diferentes personajes con otros directores, en algunas realizaciones en donde participaba como guionista y productor, aunque casi siempre permanecía la misma caracterización de sus roles. Como actor trabajó en la versión de John Huston de Moby Dick, y en una posterior del mismo realizador, de título Rooth of Heaven. En esta útilma Welles interpretaba a Sy Sedwick, un presentador de radio que visitaba África.

 Puestos a destacar las constantes claves en torno a Welles, existe una leyenda que no se ha podido quitar de encima, la de derrochador, lo que él negaba de manera frecuente, como por ejemplo en el citado documental de la BBC: “jamás me he pasado ni del presupuesto ni del plan de rodaje”, aunque otros que le conocieron si confirmasen  lo que se decía de Orson Welles; por citar a un ejemplo, Emiliano Piedra, uno de los productores de Campanadas a medianoche, destacaba del cineasta el hecho de retrasar la conclusión del film varios meses después de los que se había proyectado.

Pero más importante sería, sin duda, su personalidad arrolladora que llegaba a superar su obra, por lo que no dudó jugar al verdadero o falso sobre otra leyenda que circulaba sobre él y su trabajo. Como ejemplo, están dos películas que se le atribuyen como suyas, aunque estén firmadas con los nombres de otros directores.

- En Italia, durante treinta años, bajo los Borgias, tuvieron guerras, terror, asesinatos, y derramamiento de sangre... pero produjo Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué produjeron? El rejoj de cuco.

La sospecha más sonada es  que fueran suyas las mejores escenas de El tercer hombre, dirigida por Carol Reed. De cualquier forma alguien capaz de generar tal cantidad de imágenes inmortales, estimulantes y poderosas, dentro de lo simbólico y de la pura narrativa, es lógico que estimule la imaginación de los espectadores que tienen la suerte de encontrarse con ellas.