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El realizador irlandés, que emergió en el mundo del cine con Enrique V, además de otras muchas adaptaciones de Shakespeare o la reinterpretración al celuloide de la ópera de Mozart, La Flauta mágica, es el encargado de este proyecto que me confirma porqué asisto tan poco a una sala para ver cine actual y, sin embargo, me encierro en mi casa para ver, una y otra vez, estos clásicos, que si no fueran por estos remakes, quedarían a merced del olvido.

Es mejor quedarse con los recuerdos de un buen bar que cierra por traspaso que asistir a su decadencia. Cambia el dueño, la decoración y los parroquianos, pero seguimos sintiendo ese vínculo, invisible y sólido, que un día nos unió al local, hasta que la desidia o cualquier otra cosa, acaba por desterrarnos del todo. Una de las críticas cinematográficas más desconcertantes y habituales es decir que tal película ha envejecido bien, mal o regular. En principio, lo único que mejora con la edad es el vino, todo lo demás, incluido Paul Newman, envejece mal o peor. Las películas se realizan en un contexto temporal determinado, aunque la universalidad de su propuesta pueda superar esa limitación; hasta las obras "adelantadas a su época" acaban devoradas por el monstruoso y voraz paso del tiempo. Mucho de esto sucede con Sletuh, el remake de la clásica La huella dirigida por Kenneth Branagh.

 Querer hacer una reinterpretación de un clásico, más o menos redondo, tiene un sentido, sobre todo si se unen en el proyecto cuatro grandes talentos del cine y el teatro. No sólo nos sirve de contexto para revisar el original, sino para añadir algunas alternativas atractivas a una historia contada hace más de cuarenta años. La nueva versión tiene alicientes interesantes como la presencia de Michael Caine, por cierto, lo mejor de la película, así que el que vaya a ver el filme no pierda la vista de él. Michael Caine es uno de los grandes actores vivos que repite participación en un trabajo deslumbrante por su ironía, sutileza y perversión, y por la facilidad en el que el viejo Maurice Micklewhite, nombre real  de este hijo del Londres proletario, despliega su talento. Pero la nueva versión falla en el humor sutil que se sublima en los muchos diálogos entre Laurence Olivier y M. Caine, en el original.

- ¿Y usted a qué se dedica?
- No lo sabe.
- Soy peluquero, Casa Tindolini.
- ¿No le preocupa que le confundan con una tienda de helados?.

 Hagamos una reflexión de ambas versiones para situarnos adecuadamente.

La huella, de Joseph Leo Mankievitz tenía un origen teatral, la obra del dramaturgo Anthony Shaffer, quien sería el encargado de adaptar el guión cinematográfico. Milo Tindel, un apuesto peluquero, interpretado por Michaek Caine, llega con su Alfa Romeo a la mansión campestre y muy inglesa de Andrew Wyke, un decadente escritor de éxito a cargo de Laurence Olivier. Personaje obsesionado por los juegos, que llena su casa de muñecos, ingenios mecánicos y autómatas, como si se tratase de un antecedente de Blade Runner (Ridley Scott). la mujer del escritor quiere divorciarse de él y unirse al peluquero, por lo que se produce un duelo dialéctico, en el cual el veterano escritor propone urdir una trama para humillar a su contrincante, a través de una curiosa propuesta:

- Me alegro que hayas adivinado que lo que quiero es que robes esas joyas.

La nueva versión plantea la misma trama, aunque cambian algunos detalles, por ejemplo, el joven Milo Tindel no es un peluquero sino un actor arruinado, por lo que volverá a verse la propuesta anterior, que desencadena el duelo entre ambos personajes, aunque este sea más físico que en la película original.

 - Ahora es cuando te planto cara, saco mi pistola y el juego acaba de empezar.

Los nuevos juguetes de Andrew no son marionetas, sino tecnología, desarrollándose un enfrentamiento mucho más clínico y tecnológico, con un planteamiento posmoderno de la historia.

Comparar La huella de Mankiewizt con el filme del mismo título de Branagh es como comparar el Conde Drácula de Bela Lugosi, con el de George Hamilton. El primero, es una joya, un clásico, el segundo es un divertimento, una elegante forma de entretenimiento. El primer problema de Branagh es su empeño por olvidarse de dirigir y preocuparse por colocar la cámara en ángulos muertos (llegando a extremos de auténtico delirio) y por obsesionarse con las formas y olvidándose del fondo. Otro problema de este proyecto es Jude Law, porque a pesar de esforzarse hasta lo máximo, no está ni de lejos a la altura de su compañero de reparto. Le da la réplica con una cierta dignidad, pero en el tercer acto -que resulta el más forzado-, el actor tiende a la sobreactuación, desequilibrando la balanza del duelo particular entre ambos intérpretes. A la película le faltará garra, pero eso sí, le sobre el talento de Michael Caine. El que mejor ha entendido el combate intelectual que se establece entre amo y esclavo, entre dominado y dominante, siendo Michael Caine quien borda su papel de marido despechado y cruel, midiendo con elegancia insultos y peticiones de afecto, pasando del grito al susurro con gran habilidad.

Sin embargo, no es un remake plastificado, porque Harold Pinter decidió reescribir el guión, reinterpretando la obra de Anthony Shaffer. Le ha quitado 45 minutos a la película de Mankiewicz y su proceso de jibarización ha destacado algunos efectos interesantes: por un lado, la acción-reacción de los personajes es más brusca, está menos justificada pero resulta más depredadora; y por el otro lado, la mano del Premio Noel ha hecho suya la tensión (homo)sexual, que se subyace en el original, convirtiéndolo en una versión tecnófila de El sirviente. Este componente de seducción sexual que aparece en el filme se acerca a una condición psicológica bautizada como celos mórbidos, que surge cuando un marido traicionado, sin ser homosexual intenta seducir al amante de su mujer para, de este modo humillarla.

Pero la película de Sleuth tiene otras muchas lecturas posibles, como por ejemplo, la importancia del guionista Harold Pinter, en quien la seducción a través de la palabra es característica del Premio Nobel. Desde el guión, Pinter, y desde la dirección, Richard Eyre, Diario de una seducción situaba a dos mujeres en el centro de un drama, en la que surgen una amistad interesada y posesiva, pero además un idilio ilícito que deriva en una venganza y un épico cara a cara, entre las dos.

- No lo vas a contar, no se lo vas a decir a nadie.
- Esto no beneficiaría ni a ti ni al chico.

                        la huella
 
Sleuth se nutre de esta tradición anclada en el thriller de personajes inquietantes y dosis de misterio, pero también toma distancia respecto a ellas, al mostrarnos un personaje sólido y real, aquejado de males tan contemporáneos como la soledad, el misticismo o una injusticia;  es que con estos supuestos, ya se sabe, alguien lo tiene que pagar. El poder es uno de los atributos de ese fenómeno tan fascinante como demoledor que conocemos como el mal. Puede ser banal o profundo, fruto de un error o la voluntad, y suele coronar, como suprema paradoja, los empeños más nobles del ser humano. Pero no hay duda de que el mal es un fenómeno totalmente cinematográfico. Hace tiempo que nos dimos cuenta de que el mal puede estar en cualquier parte, oculto tras la inocencia de un niño, en un aparato de televisión, en un animal que devora a sus víctimas con la misma voracidad con la que Super Mario engulle raviolis, o en nuestro interior. En esta ocasión, Kenneth Branagh ha planteado una propuesta del mal, de atractiva fascinante y encarnado en un actor magnético: Michael Caine, para llevarnos a un choque frontal entre dos personajes que se desnudan psicológicamente ante la cámara.

El mal encarnado por Michael Caine es juguetón, ambigüo, cortés, y sobre todo divertido: un mal peligrosamente atractivo.

- ¿Sabes que estoy empezando a rendirme a tu encanto?

- Es normal, dime ¿a  qué no te imaginabas que fuera tan inteligente, tan ingenioso?.

- Algo sí.