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El director de la tetralogía de Transformers, del espectáculo apocalíptico (Armagedon) o de la cinta de acción (Dos policías rebeldes) cuenta con una condición de enfant terrible, gracias a su cine de imágenes impactantes y sus aparatosos blockbusters, -dirigidos de forma frenética y atropellada-, que le convierten en el horror de la prensa especializada aunque al mismo tiempo, sea capaz de amasar fortunas en taquilla. 

Es un director comercial, forjado tras las cámaras en el mundo de la publicidad y de los videoclips, y que llegó a crear una productora –Platinum dunes- especializadas en remakes y demás secuelas, dentro del género del terror.  Michael Bay es un realizador que creó el modelo de blockbuster de la nueva era, acompañado de una interpretación hiperbólica y acelerada de la imagen, de la precariedad narrativa y de una sumisión a la cultura estadounidense y capitalista, fruto de su formación en la publicidad pero también de la visión de la sociedad contemporánea como si de un retrato de Dorian Gray se tratase, pasado por el filtro de la MTV. Muchos críticos han creído ver en todo este maremagnun una pauta creativa: el “estilo Bayhem”.

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Bayhem resulta del apócope del apellido del directo “Bay” y del término inglés “mayhem”, caos, pero lo cierto es que Michael Bay tiene el mérito de ser el responsable del blockbuster de lo que llevamos del siglo XXI, como Spielberg lo fue de esa “Generación Amblym”, en los ochenta. El nuevo cine de acción es hiperacelerado, a base de interminables set pieces, en donde la supremacía de la imagen digital y de los CGI, ponen el tono a seguir, y en el que conviven todos los géneros posibles. También es un cine regido por el consumismo fácil y rápido, un merchandising que se agota al mismo tiempo que leemos este reportaje.

En su cine la imagen es el paradigma, una imagen sin aditivos ni simbolismos, por supuesto. Las imágenes de Michael Bay son lo que muestran, nada más; lo que está bien si el espectador es un adicto a “Sálvame Deluxe”. En el fondo, es un cineasta que hereda la tradición de otros que antes que él se han obsesionado por el tratamiento visual como el cénit absoluto, pero sin nada que ver, por ejemplo con la experimentación de Peter Greenawey, sino en la línea hiperbólica de Zack Snyder o Paul W. S. Anderson.

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Sin embargo, se da una paradoja muy curiosa. A pesar de la importancia de la imagen que da Bay a su cine, destaca por su escasa variedad de recursos formales. Se trata de una repetición de técnicas y aspectos cinematográficos que –sumados a la larga duración de sus películas y a la obsesión de marcar “momentos sublimes” cada dos o tres planos- hacen de su cine una constante repetición. 

A nivel técnico vemos un abuso del formato scope, acompañado de mucho movimiento de cámara: travellings circulares, encuadres laterales y de aproximación hasta el primer plano de los personajes. Montajes que apenas duran 10 segundos de plano y contrapicados a tutiplén. Su origen en la publicidad hace que en cada momento busca el mayor impacto de sus imágenes hasta convertir su audiovisual en un auténtico cine de atracciones, el mejor ejemplo de lo que sería subirse a una montaña rusa, sin apartarse de la sala de estar.

¿Existe una “filosofía” en el estilo Bayhem?

Existe. Curiosamente hay una coincidencia en muchas películas de Michael Bay: suele rastrear en sus películas el American way of life, una visión al menos muy particular en donde la tierra prometida aparece salpicada de sucesos determinantes: la llegada del hombre a la Luna, el ataque a Pearl Harbor o la amenaza de la humanidad, en forma de asteroide. En realidad, no se aleja mucho de esa versión Reagan de que el enemigo viene de “a fuera”. A lo que sumamos una tendencia por el merchandising, uniendo a ese paisaje de barras y estrellas un clamor por el consumismo.

-¿Sabes? Dan Marino debería comprarse ese coche. Bueno, no ese, que está hecho mierda, sino un coche como ese.

¿Es verdad que las enfermeras de Pearl Harbor utilizaban botellines de Coca-Cola para las transfusiones de sangre? Normal que el bueno de Bay dedicara una saga a contarnos esos muñequitos, convertibles entre juguete y robots que son los Transformers, porque esta recoge la esencia de su cine. En una de estas entregas, el personaje principal subasta las gafas de un antepasado suyo pero, de pronto, se sucede un flashback para destacar la condición “heroica” de ese objeto. Si a eso sumamos un fetichismo por el desarrollo tecnológico militar, tenemos la ecuación al completo.

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Después de un largo listado de películas que incluyen el género de la buddy movie (Dos policías rebeldes) y su secuela, un cine al amparo de Jerry Bruckheimer (La Roca), la apocalíptica (Armageddon), el ajuste de cuentas con el cine bélico clásico (Pearl Harbor), una comedia de acción (Dolor y dinero) y la saga sobre los muñecos de Transformers, su última película nos llevaba a la apología del heroísmo militar a través de “13 horas”. Es la particular visión, acelerada y planos picado mediante, de un suceso que conmocionó a los USA: la respuesta de un comando de élite al asalto de la embajada norteamericana de Bengasi, atacada por grupos de fanáticos.

Más allá de la estética y de personajes de videojuego y de una rancia propaganda, no hay mucho  más que contar.  Al menos nos ha dado pie a este análisis, espero que ameno, sobre lo que entiendo que es el cine de este particular realizador, Michael Bay, el “estilo Bayhem”.