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El film comienza en un seminario laico para señoritas en donde una profesora recrimina a una joven Emily Dickinson: “Estarás sola en tu rebeldía”, un prólogo que nos introduce en una idea  que se desarrollará a lo largo de la película: La vida poco ortodoxa de la poetisa, alejada del modelo de mujer de la época, y el aislamiento voluntario en la casa familiar.

Terence Davies vuelve a la gran pantalla con una biografía de la escritora Emily Dickinson, la primera vez que se acerca el cine a la vida de esta mujer, enclaustrada en el hogar familiar, hasta su muerte, y que llegó a escribir un poema diario. Una película que llegaba justo en el 130 aniversario de su muerte, en 1886, cuando la poetisa contaba con 56 años. Está protagonizada por la actriz Cintia Nixon, conocida por la serie “Sexo en Nueva York”.

La película se aleja del biopic hollywoodiense y se acerca al formato, con pretensiones artísticas, desarrollado en el centro y norte de Europa (Crónica de Anna Magdalena Bach, Straub-Hulliet, 1967). Un título influido por la pintura de artistas como Hammershoi y, por tanto, por el cine de Carl Theodor Dreyer o Ingman Bergman.

Según la película, ésta hablaría de la pasión, pero en concreto, de una “pasión tranquila”, siguiendo el título original “The quiet passion”. Si el retrato que presenta la película fue  tal cual, Emily Dickinson sería una mujer que se fue aislando hasta extremos insospechados. Deja de salir de casa –incluso de su propia habitación-, hasta el punto de que cuando llegan las visitas ni siquiera las recibe, habla a voces desde su habitación. La película recrea su mundo interior, todas sus inquietudes y dilemas y, de vez en cuando, se oyen en off, sus propios poemas y las conversaciones que mantiene con el resto de la familia, en donde podríamos destacar la interpretación del personaje principal pero también el de su hermana, interpretada por la actriz inglesa Jenifer Enleh.

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Dickinson fue un personaje, de quién existen más habladurías que certezas, una poetisa que se mostraba reticente a publicar sus obras y una mujer solitaria y atormentada que pasaba largas temporadas aislada del mundo, viviendo encerrada en la casa familiar. Una poetisa que estaría en la línea de las escritoras norteamericanas del XIX como Jane Austin o las hermanas Brontë, cuyo personaje se relacionaría con los melodramas en femenino –habituales del cine de Davies-. Serían historias acompañadas de una bellísima fotografía y un lirismo poético, en donde la importancia de la memoria cotidiana  y los posibles efectos del dogmatismo religioso en la sociedad, son algunos de los aspectos habituales en su cine.

-¿No va a arrodillarse y a entregarse a Dios?

-No, señor, no voy a arrodillarme.

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Terence Davies, el poeta de las imágenes.

Hay quienes creen que en el británico sólo hay cabida cine social y Shakespeare, Ken Loach o Stephen Daldry. Dentro de este panorama, Davies es un auténtico espíritu libre dentro de tanta modernidad impostada. Quizás esto sea exagerado pero ser uno de mis directores vivos, favoritos, hace que mi valoración sea poco objetiva.

Terece Davies es uno de los grandes cineastas británicos vivos, aunque su cine –alejado de toda pretensión comercial- apenas tiene calado en el gran público, debido a su intransigencia a la hora de preparar los proyectos (él es también el guionista de todas sus películas) y a su particularísimo estilo cinematográfico. Su cine transcurre entre las referencias autobiográficas en títulos como Distant Voices/Still Lives –su obra maestra- y las adaptaciones literarias como “La casa de la alegría”.

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Otro de los elementos que hace gala el cine de Davies son sus impresionantes transiciones temporales, como aquellas que aparecían en “Distant Voices”. En esta ocasión, el paso de la edad juvenil a la adulta del personaje principal se realiza a través de morphing, es decir, transformación con ordenador de una imagen a otra,  sobre los retratos de Emily Dickinson. Una elipsis que realiza a través de estos retratos familiares, algo que estaría entre los grandes logros cinematográficos de los últimos años.

De todas sus películas, la más cercana -a esta que comentamos- sería “La casa de la alegría”, protagonizada por otra estrella televisiva. Si entonces, Gillian Anderson demostraba sus dotes dramáticos más allá de la conocida “Expediente X”, Cintia Nixon supera con nota un personaje alejado del papel de Miranda, interpretado en “Sexo en Nueva York”.

Una maravillosa dirección artística, una fotografía espléndida y unos diálogos magníficos, para una película de culto pensada para un público minoritario.