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Una familia, los Jardine,  se mudan de Manhattan a Brooklyn, tras la muerte del abuelo quién les deja como herencia, una casa encajada entre dos edificios de obra vista. Los Jardine se trasladan al piso superior, mientras que abajo sigue trabajando Leonor, una modista de origen chilena (interpretada por Paulina García, esa inmensa “Gloria” de Sebastian Lelio) tal y como llevaba haciendo durante décadas. Este es el punto de partida de la tercera película de Ira Sach.

El problema de la vivienda en Nueva York, vuelve a aparecer como tema, tras la maravillosa “El amor es extraño”. El abuelo, que mantenía una relación de amistad con Leonor, le permitía un alquiler ajustado a sus posibilidades como mujer inmigrante, pero Brian Jardine (Greg Kinnear) decidirá renegociar ese trato. A los Jardine les cuesta llegar a final de mes –Brian tiene dificultades para conseguir trabajo como actor- y cómo el precio de los alquileres de Brooklyn son más elevados, ven la ocasión para negociarlo, pero el conflicto llega cuando una subida en el alquiler podría suponer el desahucio para esa familia.

Si la anterior “El amor es extraño”, era una película sobre dos adultos; “Un verano en Brooklyn” se centra en dos chicos. Entre las discusiones de los padres, los dos chicos adolescentes –hijos de ambas familias y, por tanto, con unos orígenes y caracteres muy distintos-forjarán una firme y duradera amistad. Jake  Jardine (Theo Tapliz) dedica el tiempo a la pintura, como manifestación de un chico introvertido y tímido, mientras que Toni Calvelli (Michael Barbieri) es extrovertido y vitalista, soñando convertirse en actor, tal y como es el padre de Jake.

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Nueva York, según Ira Sach.

Las películas del americano Ira Sach, que un día decidió fijar su residencia en la Gran Manzana, parecen dejar su huella personal en una ciudad tan cinematográfica como Nueva York. La acomodada clase blanca y universitaria de Woody Allen o los afroamericanos de Spike Lee -que sobreviven en un barrio de inmigrantes-, dejan su hueco a las inquietudes personales y familiares de este director, cuyos personajes campan a sus anchas por sus calles neoyorquinas. De hecho, casi podríamos hablar de una trilogía, sobre los conflictos cotidianos que tiene en Nueva York, tanto un decorado de lujo como un protagonista más. Una trilogía que comprendería Keep the lights on (2017), El amor es extraño y Un verano en Brooklyn.

Keep the lights on (que podría traducirse por “Mantener las luces encendidas”) era una película autobiográfica sobre dos jóvenes que vivían arrastrados por una pasión al límite, marcada por las drogas y el sexo. Un film sobre la homosexualidad que triunfó en Sundance y que muchos festivales parecían rendirse a ella.

La película guardaría algunas similitudes con su siguiente largometraje, “El amor es extraño”  (2014), centrada en una pareja homosexual en la plenitud de su relación, tras cuarenta años de convivencia. Por tanto, estamos ante unos personajes de una edad mucho más madura que los del film anterior, interpretados por los conocidos actores John Ligthtow y Alfred Molina. Pero en “El amor es extraño” el tema no es la homosexualidad y su condena social, aunque en un principio lo parezca –George, el personaje de Alfred Molina- es despedido del colegio católico donde impartía clases de música, tras conocerse su relación con otro hombre. En esta película, Ira Sach, centra su atención en la difícil convivencia con la familia y los vecinos, cuando la pareja no podía permitirse conservar el piso en el que vivían y se vieron en la necesidad de pedir ayuda a sus conocidos.

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La “acción indirecta” de Anton Chejov.

Las dos películas –“El amor es extraño” y “Un verano en Brooklyn”-  están profundamente enraizadas con sus dos máximos referentes cinematográficos. Si en la anterior, planeaba sobre la historia “Cuentos de Tokio” (Yasuhiro Ozu), “Un verano en Brooklyn” parece haberse escrito bajo los mandamientos del gran dramaturgo ruso, Anton Chejov. No por casualidad, Brian, el personaje de Greg Kinnear ensaya y representa –a lo largo de la película- una de sus obras maestras: “La gaviota”. Tanto las obras del dramaturgo como los films de Ira Sach suelen centrarse en una clase burguesa venida a menos y en la frustración de sus personajes. La película tendría puntos en común con “El jardín de los cerezos”, en donde una finca –presidida por esos cerezos, símbolo de la tradición familiar- está a punto de desaparecer a causa de una mala gestión financiera y un abultado endeudamiento.

También hay mucho de Chejov en la forma en que se comportan y discuten. Como en uno de los ejercicios de interpretación  -discutir con el profesor, gritándose las mismas frases- las tensas conversaciones entre Leonor y Brian les lleva a un absurdo punto muerto, que no les conduce a nada. De ahí que la reacción de los chicos, sea el silencio. La elipsis, los silencios de esa “acción indirecta” de Chejov en donde la acción no resulta directa, sino a través de los subtextos.

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Pero en “Un verano en Brooklyn”, existe otra referencia importante, confesa por el propio director en una entrevista: “El ídolo caído”. En esta película de suspense, en la que Carol Reed versionaba una novela de Graham Green, un niño acusaba a su mayordomo de matar a su esposa. Después de reflexionar sobre su error, quiere enmendar el mal que ha hecho pero los adultos no le hacen caso. El intenta llamar la atención sobre lo que considera correcto, pero todos le ignoran. Ahí radica parte de la esencia de “Un verano en Brooklyn”, una película emotiva, con la que muchos espectadores podrán sentirse identificados por contar con ese realismo cotidiano que se ve diariamente a nuestro alrededor, sin estridencias.