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Ingman Bergman (Upssalla, 1918-Färo, 2007)  posee una de las filmografías más complejas e interesantes de la historia del cine, un cineasta brillante con un puñado de obras maestras como “El séptimo sello”, “Fresas salvajes” o “Persona”, película de 1966, de la que se cumple su cincuenta aniversario.

Como en otras tantas ocasiones, la genialidad de algún autor vino precedida de una profunda crisis personal. Al mismo tiempo que no estaba satisfecho de su última película (¡Esas mujeres!) y había fracasado en su más reciente montaje teatral (Tres cuchillos de Wei, Harry Martinsson), caía enfermo de una neumonía, agravada a causa de una mala reacción a la penicilina. Fue en su estancia en el hospital donde empezó a visualizar la que sería su película más personal y arriesgada de su carrera, un compendio de las inquietudes estéticas del realizador, como “Fanny y Alexander” sería un resumen de sus preocupaciones vitales, mientras que concentrase sus inquietudes religiosas en “El séptimo sello”.

El valor de la vida (en una secuencia, aparecen imágenes televisivas de la Guerra de Vietnam), la autoconciencia (la transferencia de ansiedad que se ve en la famosa toma de las dos caras fusionándose en una) o la motivación y la creatividad (el detalle de ser una actriz la que enmudece, durante una representación teatral), son temas que aparecerán en la película. Pero aparte de la capacidad visual y temática que es capaz de transmitir, saca un gran partido del potencial dramático de dos actrices, Bibi Andersen, habitual del cine de Bergman y antigua pareja sentimental, y una recién llegada, aunque también destinada a ocupar un hueco de honor en el director: Liv Ulmman. Su personaje, Elisabeth Vogler, es una conocida actriz que pierde la voz durante una representación de Elektra. Al no hallársele alguna causa psíquica o física de su dolencia, se retira a un pueblo costero al cuidado de una enfermera, Alma, interpretada por Bibi Andersen. Ella se ganará la confianza de la actriz, hablándole de su vida e ilusiones, de forma que su personaje se convertirá en la voz que le falta a su paciente.

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El silencio ha sido parte recurrente en la filmografía del cineasta, sobre todo en dos películas (Los comulgantes y El silencio, ambas de 1962), pero esta idea que aparece en “Persona” se acerca más a la obra del gran dramaturgo sueco Strindberg (en “La más fuerte”, una mujer declama un monólogo mientras que otra escucha en silencio).  También su cine se vio influido por su propia infancia.  El cineasta escribió en sus memorias (Imágenes, Ed. Tusquets) acerca de una experiencia que vivió de niño cuando un día se asomó a la morgue de un hospital, vio a una mujer tendida en una camilla y quiso tocarla. El tacto forma parte importante en sus películas. “Persona” comienza con un chico que se incorpora y se acerca para tocar el rostro, en primer plano, de una mujer; pero a veces el tacto y la sexualidad han ido de la mano en el cine de Bergman, como sucede con las dos mujeres protagonistas.

De hecho se producirá un proceso de simbiosis entre ambos personajes, confundiéndose sus identidades con un plano magistral, en la que ambas mitades de sus rostros fundidos, llenan la pantalla.

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Otro elemento clave para entender el concepto creativo de Bergman es el teatro. Su actividad teatral fue parte consustancial del cineasta que combinaba montajes teatrales con su cine, pero en sus películas también suelen aparecen personajes definidos por esta profesión, como sucede con Elisabeth Vogler, o el padre fallecido de “Fanny y Alexander”. Es más, algunos directores que tomaron la influencia de Bergman han recurrido al oficio de actor de teatro como parte de sus historias; podría destacar –como ejemplo- el personaje protagonista de “Sacrificio”, el punto final de la destacada carrera de Andrei Tarkovski, filme rodado precisamente en Suecia.

Sven Nykvist y la isla de Färo.

Sven Nykvist fue el director de fotografía que marcaría el segundo tramo de su filmografía, cuando se vio obligado a sustituir en 1950 a su gran colaborador Gunnar Fisher, y descubrió las enormes posibilidades que se le abrían por su carácter más experimental y su ruptura de su anterior clasicismo. Algunas de sus más importantes películas fueron fotografiadas por este cameraman: “Los comulgantes”, “El silencio”, “Gritos y Susurros”, “Pasión” o “Fanny y Alexander”; como también fue el responsable de la luz de films con otros directores: “Sacrificio” (Tarkovsky) y “Otra mujer” (Woody Allen).

Pero si Bergman hizo un gran descubrimiento con esta película fue la isla de Färo, en Suecia, localización que servirá de lugar de reposo para el cineasta, hasta tal punto que encontraría allí su muerte en 2007.

La influencia nórdica.

Tampoco se podría hablar de esta película sin hacer referencia al cine nórdico, sobre todo por el simbolismo y el tratamiento del tiempo en los planos. Podría pensar en “Sacrificio” de Tarkovsky, película de 1986, su trabajo final en Suecia con lo que comparte mucho de todo esto; por ejemplo, el mismo director de fotografía Sven Nykvist, e incluso en “Ordet”, del danés Dreyer. El ritmo, el blanco y negro, las paredes desnudas o la austeridad expresiva son detalles formales que enlazan a ambos cineastas. Como también encontramos otra similitud, en la filosofía existencialista de Sören Kierkegaard, compartiendo dudas y complejidades existenciales con otros personajes de Bergman, como el caballero Antonius de “El Séptimo sello” o los interpretados por Gunnar Björnstrand como “La muerte”, en aquella película, o el del pastor Tomas Ericsonn en “Los comulgantes”.

De ahí que sea una película concisa, pero difícil, con un plano psicoanalítico y una diversidad de símbolos, que la hacen incomprensible en un primer visionado; aunque como sucede con la pintura vanguardista no sea necesario desentrañar la lógica para poder apreciar la belleza. En este sentido, destacarían el prólogo y el epílogo, con unos  detalles que nos acercan a una dimensión surrealista: Imágenes fugaces que parecen surgir de la conciencia del personaje, a través de un recurso cinematográfico como el de un viejo proyector estropeado. “Cuando el cine no es documento, es sueño”, escribirá el propio Bergman en otro de sus libros de memorias, “Linterna mágica” (también, editada por Tutquets). Un breve fotograma de una película de Chaplin, una imagen del diablo, una mano con un clavo y un ojo aparecerán con un valor onírico, como una alusión a las sombras y luces que todos guardamos en la conciencia.

Al final nos quedamos con una gran película, merecedora de todos los halagos posibles y fundamental para todos aquellos que amamos el cine.