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-El timming (el ritmo) lo es todo en la vida.

Imagínense una buena música a lo Woody Allen y una voz narradora, acompañando las imágenes; eso es lo que encontramos en la última película del cineasta neoyorquino que, en su cita anual, nos lleva de nuevo a su amor al cine, previo paso por el festival de Cannes, donde se presentó el film hace unos meses.

Allen regresa con sus obsesiones de siempre (esos personajes neuróticos, esa joven que se enamora de un hombre maduro) y sus temas preferidos: el amor que se muestra esquivo junto a otro romance que aparece para sustituirlo. Woody Allen vuelve a repetir una historia muy sencilla que nos lleva al Hollywood de los años 30, protagonizada por Jesse Esemberg y Kristen Steward. Un joven llega a la Meca del Cine para trabajar, gracias a los contactos de su tío Phill (Steve Carell), un agente de estrellas. Allí se enamorará de Vonnie, la ayudante de su tío y su amante secreta.

Steward, que se estrena a las órdenes de Allen, y Jesse Esemberg –que participó en la irregular “A Roma con amor”-  habían coincidido en “Aventureland “(Gregg Mottola, con la que comparte no sólo la buena química de los protagonistas, sino también un aire de nostalgia, en esa ocasión, ambientada en un parque de atracciones de los años 80.  Woody Allen retoma una nostalgia cinematográfica que recordará a Midnigth in Paris, título que abrió el festival de Cannes hace cinco años. De hecho la Croisset es el lugar donde Woody Allen –un director alérgico a los festivales- parece sentirse como en casa, con su tercera película con la que abre Cannes; tercera y un tercio si consideramos su segmento de “Historias de Nueva York”.

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Los que adoramos a Woody Allen lo hacemos, sobre todo, por sus películas románticas como Manhattan, Annie Hall o Hanna y sus hermanas, títulos que nos avoca a un constante deja vú cada vez que nos adentramos en uno de sus trabajos. Pero en este nuevo Allen hay tanto de su obra pasada como de “El apartamento” (Billy Wilder).

Desde su último gran trabajo “Match Point” parece que Allen se haya asentado en su película anual y que no sienta, en serio, lo que filma cada año. De hecho, títulos tan mediocres como “Scoop”, “Un final made in Hollywood”, “A Roma con amor” o “Irrational man” hacen que nos resulten estimulantes y sobrevaloremos “Blue Jasmine” o “Midnight in Paris”, lo mejor en los últimos diez años.

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Novedad digital.

Si existe alguna novedad en la película es la participación del mítico cameraman Vittorio Storaro, ganador de 3 Oscars, y la primera filmación del cineasta neoyorquino con cámara digital.

Existen cuestiones de estilos que a veces coinciden en algunos cineastas: En el caso de Allen y Coppola, aspectos de fotografía e iluminación. El llamado “príncipe de la oscuridad”, Gordon Willis trabajó tanto en Manhattan como en El padrino, mientras que Vittorio Storaro estuvo a las órdenes de Coppola en Apocalipsis Now, dos cameramans que marcaron una época en la fotografía de Hollywood. En esta ocasión,  ofrece una imagen soleada de la Meca del Cine, con luces cálidas y rostros iluminados, gracias a sus planos secuencias y a los primeros planos.

Pero hay una sensación de que hace tiempo que dijo lo mejor de su carrera y que vive de los rescoldos del pasado. La cita anual con Woody Allen se está convirtiendo en la comida de empresa, que todos los años dedica el jefe a su plantilla. Unos sufridos empleados dispuestos a escuchar el mismo discurso, una y otra vez, los mismos chistes, ante un idéntico menú que encuentran cada vez más insípido. Así es el cine de Woody Allen. Un sofrito de ideas ya vistas mil veces, que te hace mirar con nostalgia ese cine antiguo de su director. Por eso, quizás, que Allen recurra a una Nueva York de los años treinta y a un Hollywood pretérito sea algo más que un simple decorado.