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Timur Bekmanbetov –director de las excesivas “Wanted” y “Abraham Lincoln: cazador de vampiros”-, regresa con la versión de un clásico del séptimo arte: Ben-Hur, apegada a nuestros tiempos y dirigida a un público adolescente.

Las revisiones de un título anterior parece ser la moda de estos últimos años,  cuando los remakes y las secuelas dominan las carteleras como Gremlins salidos de una piscina del inserso. Pero encontrarnos con Timur Bekmanbetov, en la dirección, un director ruso nacido en Kazajistán, con un sentido excesivo del cine de acción, no solo se constata que Hollywood ha tocado fondo y que parece quedarse a gusto allí, sino que la Meca del Cine está llena de mercenarios.

-Yo haría cualquier cosa por ti, Messala, menos traicionar a mis propios hermanos.

-¡Por todos los dioses, Judá! ¡Qué podrán significar, para ti, la vida de unos cuantos judíos!

La trama centra la vida de Judá Ben-Hur, un noble hebreo que vivió en Judea en la época de Jesucristo. Un personaje que mantuvo una relación de amistad y odio con un oficial romano, Messala, quién terminó enviándole a galeras. En su viaje hacia la venganza y el regreso a casa, sobrevivió a una batalla naval y a los peligrosos juegos del Circo, en donde competiría contra su antiguo amigo en una épica carrera de cuadrigas. Pero Ben-Hur pasó de la victoria a los infiernos de los leprosos y, por fin, a la pasión de Cristo. 

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La historia aporta una nueva perspectiva a lo ya visto, un argumento que partía de “Ben-Hur: Un cuento sobre Cristo”, novela de Lewis Wallace, escrita en 1888, un oficial nordista de la Guerra de Secesión y amigo del propio Abraham Lincoln, centrado en el tema de la esclavitud y el cristianismo. La obra de Wallace había dado pie a una primera versión en 1907, firmada por Sidney Olcott, pero la que recordamos todos los años en las fechas de Semana Santa fue el Ben-Hur (1959), de William Wyler, un clásico entre los clásicos. Lo cierto es que se trataba de un remake que superaba con creces el original, filmado por Fred Niblo en 1925, dos películas de la MGM que marcaron  distintas épocas.

El film Ben-Hur (1959) fue rodado en los estudios de Cinecitta, en Roma, y si la de 1925 sirvió como de carta de presentación de una MGM recientemente fundada, la de los años cincuenta permitiría evitar la bancarrota de la misma productora. La película partía con un baile de nombres, desde el prácticamente desconocido director Sidney Frankling hasta actores como Marlon Brandon, Stuart Granger, Paul Newman, Burt Lancaster o el mismísimo Leslie Nielsen, antes de que el film recayese en William Wyler –uno de los muchos ayudantes de dirección en la versión de Fred Niblo- y los principales personajes, en Charlton Heston y Stephen Boyd.

-¡Pueblo de Jerusalén, amigos de Roma, que comiencen los juegos!

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En esta ocasión es la Paramont quién recoge el guante, y da un giro al argumento para contarnos lo mismo pero de una forma totalmente nueva: da una mayor profundidad a la amistad entre Judá y Messala, con la novedad de presentarlos como hermanos adoptivos. De este modo, se aleja de la lectura homosexual que podía verse en la relación entre los personajes de Charlton Heston y Stephen Boyd; aportación del escritor Gore Vidal, a la versión de William Wyler.

Odiosas comparaciones.

Tarde o temprano, las comparaciones terminan haciendo aparición y las diferencias entre una y otra se hacen notar desde los primeros minutos.  Jack Huston (visto en “Tren nocturno a Lisboa”, Bige August), toma el relevo del personaje que inmortalizase un Charlton Heston, en estado de gracia, mientras que Tobby Kebbel hace lo propio con un Messala, que bordó un potente Stephen Boyd.

También la historia tiene grandes diferencias.  Ahora el tema ya no es tanto la venganza sino la redención y el perdón.  Hay un intento por dar una profundidad filosófica en los diálogos. Uno de los personajes opina: “Se confunde la paz con la libertad”, mientras otro da el ideal que se tendría en aquella época: “Mundo civilizado; progreso, prosperidad y estabilidad”. Y sobre todo, hay una mayor presencia de la religión que en las otras versiones. Jesús es un personaje más, interpretado por Rodrigo Santoro –el Jerjes de 300-, con sus frases sacadas del manual del buen predicador. La verdad es que la opción de presentarnos a Cristo en la versión de 1959, sin llegar a mostrarnos en ningún momento su rostro, es uno de los grandes aciertos de la película, al menos, desde la opinión de este cronista. Claude Heater, el figurante que interpretaba a Jesús y que aparecía sin acreditar, era un cantante de ópera, que descubrieron durante una visita a Roma, en uno de los descansos del rodaje.

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Evidentemente lo visual es uno de los puntos fuertes de la película. El film de 2016 apela al público joven por sus montajes rápidos y sus excesos de efectos especiales, -sobre todo en las escenas de batallas que recuerdan al estilo de “300”-, por las tomas a ras de suelo e incluso con la presencia de cámaras GoPro (que provocan una sensación de mareo como si te subieras al Gran Khan), aunque cuente con una narrativa que ralentiza la historia, a través de flahsbacks y una continua voz en off.

Por eso, la batalla naval, desde el punto de vista de los remeros de galeras, y la famosísima carrera de cuadrigas, serán lo que más luzca en pantalla. El resto, una serie de tramas secundarias que quedan desdibujadas, algún personaje convertido en caricatura  -como el de Poncio Pilatos- y algún que otro guiño reconocible, comp los que se hace a “Gladiator”, sobre todo por la breve pero memorable presencia de Morgan Freeman.

Si las aspiraciones de Ben-Hur (2016) es la de ser un entretenimiento veraniego, quizás, haya logrado sus propósitos. Sin ser una maravilla, es verdad que resultó mejor de lo que me esperaba (que era bien poco), aunque desde aquí defendamos que sea un remake innecesario.