¿Os imagináis a rabinos y curas asesorando a los estudios de cine? ¿O a un grupo de guionistas rojos, secuestrando a Ben-Hur? La película está llena de absurdas y delirantes situaciones con la que se pretende satirizar ese Hollywood de los años cincuenta, a través de una comedia ligera y  una crítica de punta roma. 

-¡Ave, César!, es una película de prestigio con la mayor estrella del momento: Bert Witlock.

Si en Barton Finck, los Coen habían despedazado la Meca del cine desde la visión de un guionista con tendencias kafkianas, en esta ocasión, el punto de vista parte de la figura de un mediador.

En el Hollywood de la era dorada, una superproducción está en marcha pero la estrella de la película es secuestrada. Eddy Manix, el “fixer”, pondrá todo su empeño en liberarlo, pero también en mantener el buen pulso de los estudios. Este ejecutivo, que hace funciones de mediador, se tendrá que hacer frente a un actor que no es capaz de vocalizar ni de seguir las notas del director.

-Si fuera aaalgo tan simple.

-¿Por qué dices eso de “aaalgo” tan simple?


George Cloony, Josh Brolin, Tilda Swinson o Scarlett Johanson encabezan el reparto y junto a ellos una veintena de rostros conocidos que aparecen en forma de cameos, aunque a veces estén tan escondidos que nos sea difícil reconocerlos en un primer visionado.  En realidad, no es otra cosa que la imagen de unos estudios de cine, a través de la ficticia Capital Pictures, que no sólo hacía un cine industrial, a todo tren, sino que era “dueña” de la vida de quienes trabajaban en ella, sobre todo de sus estrellas.

Los mil rostros de Hollywood.

En ese mundillo de Hollywood, que queda al descubierto,  muchos de los personajes no surgen por casualidad: es fácil reconocer a Alexander Alenxandretz –el realizador “sofisticado” interpretado por Ralph Fiennes-en algún director homosexual como George Cukor o al personaje de Scarlett Johanson en la “sirena” Esther Williams; a Dalton Trumbo y algún otro miembro de los “Diez de Hollywood” entre los conspiradores rojos o al filósofo Herbert Marcuse, como el ideólogo principal.


Eddy Manix existió en realidad: era un “fixer”, un “arreglatodo” de la Metro-Goldwin-Meyer; el personaje real, interpretado por Josh Brolyn, tuvo que hacer frente a escándalos como la extraña muerte de George Reeves, el actor de la serie Superman. De hecho, aparece en la película Hollywoodland, encarnado por Bob Hockins.

El personaje de Frances McDorman, la montadora, es un reflejo de todas esas mujeres que han destacado en ese campo, desde la legendaria Dorothy Spencer (La diligencia, John Ford) hasta Thelma Schoonmaker (la editora habitual de Martin Scorsese).

-Me gustaría saber lo que está pasando, aquí, Eddy. Veinte millones de lectores quieren la verdad.

Hedda Hopper, la más mordaz y temida de las periodistas, es parodiada y por partida doble en la película por Tilda Swinson. Su personaje volverá a aparecer en pantalla, interpretada por Helen Mirren en “Trumbo”.

E incluso, el grupo religioso intenta recordar esa Legión Católica de la Decencia que marcaba la censura en muchas películas, el precedente del llamado “Código Hays”.


De por medio, unas escenas que homenajean esos géneros clásicos –lo mejor de la película- desde un musical al estilo de Gene Kelly , al pemplum, a través de la parodia de Ben-Hur o una secuencia de natación sincronizada, con guiños a Esther Williams y su “Escuela de sirenas”. También tiene lugar el cine negro –con femme fatale, incluida-; el melodrama de “teléfono blanco” y el western (en sus dos acepciones), el primitivo western, muy físico, con Roy Rogers como principal referencia, o el de las baladas bajo la Luna, propio de los cincuenta. Por supuesto, no se olvida de la Caza de Brujas, de McCarthy o episodios de la política más sombríos como las pruebas atómicas de la Bomba H, en el atolón de las islas Bikini.

A la espera de “Trumbo”, ese otro viaje al Hollywood dorado de la temporada, nos quedamos con una comedia divertidísima que estará entre lo mejor de estos hermanos cineastas de Minnesota.