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1273 minutos, es decir, 21 horas  y 20 minutos es el bagaje que se lleva contabilizado en  sus ocho largometrajes que Tarantino –el cineasta posmoderno más determinante del cine actual- ha rodado en los últimos 24 años. Está vez regresa al western y lo hace a todo galope y con su arsenal listo. Por eso el título es más que una referencia, pero los  “odiosos ocho” también son los ocho personajes que Tarantino encierra en una parada de diligencias, un refugio entre las montaña, a modo de “Doce negritos” (Agatha Christhie) e incluso de “La cosa” (John Carpenter).

El western, tiempo cronológico y espacial al que dedicó su último trabajo “Django desencadenado”, ha sido un género por el que ha incursionado –con mayor o menor medida- a lo largo de toda su carrera. En palabras del propio director, Pulp Fiction era “un spaguettis-western a lo rock and roll” y es evidente la influencia de su estética o de la música de Morricone en Kill Bill, mientras que Inglorius Bastards (Malditos bastardos) podría resultar un spaguettis-western nazi. Sin embargo, no fue hasta Django desencadenado –con pocas hechuras de western, eso sí- cuando incursionó en esa época y, de nuevo se adentra en el Salvaje Oeste con este film, su primer western puro.

Los odiosos ocho.

-De acuerdo, señores, voy a llevar a esta mujer a que la ahorquen. La recompensa es sólo mía, muchachos.

Tarantino necesita de una media hora larga para mostrarnos el viaje de una diligencia por las nevadas montañas de Wyoming, años después de la Guerra Civil, y un con un particular grupo de criminales. Un cazarrecompensa (John Ruth, Kurt Russell) y la fugitiva que escolta (Daisy Domerque, Jenifer Jason Leigh), buscan refugio en las montañas ante una ventisca, junto a otros pintores personajes. Allí completarán el gurpo: Chris Mannix (Walton Goggins), un renegado sureño; Bob (Demian Bichir), el responsable del refugio junto a Oswaldo (Tim Roth), el verdugo del vecino pueblo de Red Rock, gastando un peculiar acento inglés; el vaquero Joe Gage (Michael Madsen), el general confederado Sandfort Smithers (Bruce Dern) y el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson) uno de sus actores fetiches y con un monólogo que recuerda al suyo en Pulp Fiction.


-¿Qué es lo que hace que un hombre desafíe esta ventisca y mate a sangre fría? Les aseguro que no lo sé. Les sorprendería lo que un hombre es capaz de hacer.

De forma similar que en películas previas de Tarantino – El almacén en “Reservoir Dogs” o la granja al comienzo de “Malditos bastardos”- la cabaña es un espacio concreto, pero también es uno abstracto en donde el director conjura los fantasmas del pasado de diferentes géneros, desde el western al suspense o el terror. Pero también funciona como una historia clave del “Cluedo” al más puro estilo de Agatha Christie o de ese ambiente claustrofóbico de “La cosa”, marcados por el encierro de los personajes en un escenario único y con las falsas identidades como leit motiv. Normal que Morricone reciclase material originalmente escrita para la versión de “La cosa” de John Carpenter.

También sirve como microcosmos de los Estados Unidos, al reflejar en el enfrentamiento entre los personajes la división que existe entre hombres y mujeres, blancos y negros o el norte y el sur. Se podría sumarse una reivindicación de algo que aún colea en el país: el trato racista procedente de la Guerra Civil y sobre todo, ante una de sus señas de identidad: la bandera sudista –la Navy Jack- que hoy en día sigue siendo muy polémica y de la que habló, nada menos que Quentin Tarantino, considerándola la esvástica  americana.

¿Qué es lo que vamos a ver?

Violencia, por supuesto. Si Agatha Christie viese la película seguramente sufriría un derrame cerebral ante tanto despliegue de sangre y violencia, marca de la casa; también situaciones grupales y sus particulares diálogos que tanta fama han dado a Tarantino. Sus giros de guión y sus saltos en el tiempo tan característicos. Y por descontado alguna tortura y venganza suelta entre la historia, y un personaje femenino de armas tomar.

-Cuando llegue al infierno, dígale que le envía Daysi.

Tarantino se asocia con Richardson, tres veces ganador del Oscar y su quinto trabajo a las órdenes del director de Tenessese. Así logra un cine único, también, por su capacidad visual, multireferencial, pero con un sentido cinematográfico alejado de lo que habitualmente se hace. Se ha comentado mucho eso de que el film está rodado en un formato que hace tiempo que no se veía, la Ultra Panavisión 70, una cámara que gracias a unas potentes lentes anamórficas, lograba un enfoque panorámico único.  Es decir, usar los 70 mm frente a los 35 mm habituales, algo así como despedirse del celuloide a lo grande, recuperando la grandiosidad del Cinemascope de los años 50 y 60. Con esta se había rodado grandes superproducciones épicas como Ben-Hur, Lwarence de Arabia y dejó de utilizarse en 1966, tras el rodaje de Khartum. El gran inconveniente de este formato es que en España, apenas hay cinco salas que disponen de los medios para su visionado.

                                                        


Pero la película relega a un segundo lugar las filigranas visuales que ha caracterizado parte del cine de Tarantino, es decir, primando el guión y el reparto a la cámara, y sobre todo a una puesta de escena muy teatral. Es normal, que el propio realizador se haya mostrado interesado a adaptar la historia al teatro, cuando decida retirarse de la dirección. Y si existe una novedad en la película es que se trata de la primera vez que Tarantino recurre a una banda sonora original, de Ennio Morricone; compositor –dicho de sea de paso- al que ha recurrido en otras ocasiones, a modo de referencia.

Al final nos quedamos con una grandiosa película, llena de ruido y furia –sobre todo en el tercio final- pero que no gustará a todo el mundo.