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-Me llamo Paul Rusesabagina  y soy el gerente del hotel más lujoso de la capital de Rwanda.

A través de dos películas, recordaremos unos episodios que marcaron la parte más luminosa del ser humano, en medio de terribles circunstancias. Estos dos ejemplos son algunos de los hombres selectos que arriesgaron su vida con el fin de salvar la de otros en medio de terribles conflictos bélicos, sin tener en cuenta cuestiones étnicas, políticas, sociales o ideológicas.

El Hôtel des Mille Collines, situado en la capital de Rwanda y que da título a la película, será el espacio que intentará mantenerse libre de las barbaries que se cometen en todo el país. Rwanda, un pequeño país en el corazón de África, sufrió un terrible genocidio en los años noventa, con el conflicto civil entre hutus y tutsis y la consiguiente matanza de origen racial, que supuso más de ochocientas mil víctimas. La película contaba esa historia a través de un personaje real, el auténtico Paul Rusesabagina,  quien testimonió las matanzas con sus propias palabras: “Los belgas utilizaron a los tutsis durante su época de colonización y cuando abandonaron el país, los hutus se vengaron de los años de represión de la etnia tutsi”.

-Nos han ordenado abandonar el edificio.

-¿Por qué quieren hacer eso?

-Creo nos quieren matar a todos.

Hotel Rwanda focaliza su atención en un personaje real e igualmente identifica a muchos de los protagonistas de estos sucesos para narrar la historia desde diferentes puntos de vista. El cineasta  Terry George tiene la virtud de reflejar el conflicto a través del microcosmos que se crea a su alrededor.  

-Tengo unas imágenes increíbles, son de una masacre, si las envío ahora mismo, ¿lo emitiréis en las noticias de la noche?



Paul Rusesabagina , de etnia hutu –pero casado con una tusti- lejos de huir convierte el hotel –donde trabaja- en una especie de campo de refugiados, dando cobijo a muchos de los perseguidos. “En 1994 pensé que iba a morir, pero no iba a morir como un cobarde, pensé que si tenía que morir no lo iba a hacer como alguien que no estaba de acuerdo con los asesinos”.

-Mírelos no son rebeldes, pronto no valdrán nada para usted, ¿por qué no sacar algo de dinero de su trabajo?

-No podemos esperar dos días, no me queda nada con los que sobornarlos.

Corría el año 1944 en Hungría, en donde un italiano Giorgio Perlasca, dedicado a los negocios -un ex-combatiente de la guerra civil de España y con un salvoconducto expedido por el gobierno español de Franco-, se ve atrapado en la cada vez más brutal represión nazi. La otra historia nos traslada a Europa en plena Segunda Guerra Mundial, en el contexto del holocausto.  

-Tengo que salir de Budapest.

- El pasaporte no le permite salir de Budapest. Desde hoy sin el sello alemán no podrá ir a ninguna parte.

Perlasca se refugia en la embajada española y junto con el embajador Ángel Sanz Brid –llamado el Ángel de Budapest- organiza el asilo de miles de judíos que tratan de escapar de una muerte segura. El cónsul Perlasca es una producción italo-húngara, destinada a la televisión, que cuenta con una buena ambientación, la banda sonora de Ennio Morricone y un guión de Sandro Petaclia y Estéfano Adoli, autores de la serie de éxito La mejor juventud.


- Señor, tengo que llevarme a mi familia, aquí no está a salvo.

Tanto Perlasca como como Sanz Brid fueron reconocidos como Justos entre las naciones por el Estado de Israel. En el caso de Perlasca fue el escritor italiano Enrico de Accio el que reivindicó su memoria, cuando aún vivía, dando tiempo a que recibiese diversos homenajes, entre ellos el del Gobierno de España.

- Usted piensa de una forma justa y aún más, actúa de un modo justo.

Que la realidad supera a la ficción, son estos dos testimonios que describen con emoción y crudeza, las actuaciones heroicas de individuos anónimos capaces de lo mejor, incluso en situaciones adversas. Oskar Shidler, el personaje que rescató del olvido Steven Spielberg, no fue el único: El cine ha dado a conocer otros casos como el de Paul Rusibagatina, quien salvó muchas vidas del genocidio de Rwanda o el de Giorgio Perlasca, en Budapest.