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El director que puso en imágenes el popular juego de zombies en la saga Resident Evil, abandona a su musa, -su esposa, Milla Jokovich- y los ambientes postapocalípticos para trasladarlos a la Roma Antigua. Un film multireferencial, marca de la casa, para mostrarnos una vuelta de tuerca más a un género tan manido como el de los zombies: el pemplum adrenalínico en la posmodernidad.

 -Los dioses estamos perdiendo nuestro poder.

 Hubo un tiempo en que el cine de aventuras en general y el mitológico, en particular, estaba dirigido tanto a un público juvenil como adulto, pero en un momento para acá parece que los productores sólo piensan en este tipo de películas dirigida a un espectador adolescente. Estos serían capaces de consumir una historia con ayuda de efectos virtuales sino que no les importaría que los propios actores fueran también virtuales por la poquísima relevancia de sus interpretaciones. Sus nombres operan como meros ganchos comerciales, ya se llamen Liam Neeson o Ralph Fiennes en Furia de Titanes (Louis Leterrier) y en su continuación Ira de Titanes (Jonathan Liebesman).

 Casi olvidábamos ya que se hizo esa maravilla que fue Gladiator (Ridley Scott) de lo mejorcito del pemplum en los tiempos cuando surgió otro film que se convertiría en otro de los grandes referentes.

 -¡Esto es Esparta!

 La película 300 marcaba un hito en el cine de acción y no sólo por la puesta de escena completamente radical en el género pemplum, sino por estar cercana a lo que nos podemos encontrar en cómic, la principal influencia que tomó Zack Snyder para el film. A esto habría que sumar aspectos técnicos en fotográfica (uso de cámaras superlentas), un ritmo trepidante o el protagonismo de unos seres más próximos a los dioses que a los mortales por sus habilidades. Elementos todos ellos que han ido apareciendo en los títulos del mismo género, ya sea con un trasfondo mitológico a la vieja usanza –lo que explica que se reelaboren historias ya conocidas- o como con un barniz histórico, en esta ocasión la catástrofe del Vesubio.

 Con todo esto, es lógico que Hollywood se interesase por un resurgimiento del clásico pemplum, en dónde situamos el film que nos interesa, Pompeya (Pompeii, 2014). Un título - a priori- diferente a lo que suele ser la filmografía de este realizador británico Paul W. S. Anderson, quizás uno de los directores más extravagantes y personales, quien se ha atrevido a recrear la erupción del Vesubio que destruyó la ciudad romana.

 -Era la joya de nuestro imperio.

 Ciertamente podríamos destacarla sobre otras propuestas -Hércules. El origen de la leyenda (2014)-, no sólo por mostrarnos la épica del pemplum, sino por trasladarnos al cine de catástrofes apocalípticas con su recreación del Vesubio. Es, entonces, cuando descubrimos al realizador de siempre que no hace más que repetir una y otra vez los mismos esquemas que le hacen lograr tanto éxito: una narración manoseada dramáticamente y una reinterpretación acelerada de los géneros. Lo que sumando al casting de actores que suele hacer en sus películas y a su personal estilo audiovisual, convierte cada uno de sus trabajos en un patio de recreo donde desarrollar su libertad creativa y su "ética" adaptada de los tiempos que vivimos. Una construcción cinematográfica que aparece tanto en la saga de Resident Evil como esta, en concreto: la descripción de un mundo sin salvación, sometido por un incontrolable y omnisciente poder, que regirá la vida de sus personajes.

 He aquí dónde la cosa empieza a fallar en la película, sobre todo por sus referentes. Pompeya es una historia de amor algo poco más que improbable entre un bárbaro celta y la hija de un rico hacendado pompeyano, ubicada en Pompeya en el momento justo en el que el Vesubio entre en erupción. Una historia de amor, en el momento más inoportuno que nos recuerda a Titanic (James Cameron).

 -¡Pueblo de Pompeya, qué comiencen los juegos!

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Pero la principal referencia es Gladiator (Ridley Scott), de la que toma unas cuantas ideas prestadas. Por lo pronto, por el protagonismo que toman los juegos gladiatorios, aunque la influencia más destacada es que nuestro héroe debe enfrentarse a Roma después de que un centurión de su ejército masacrase a su familia y se convirtiera en un gladiador invencible. ¿No os suena el argumento?

-Mi familia fue masacrada por los romanos.

-Lo siento mucho.

-¿Lo sientes? ¿Qué sabe un romano de sentimientos?

 Lo cierto es que Rusell Crowe pone más carisma que Kit Harington, a quien le hemos visto en la serie Juego de tronos.

 -Mi nombre es Máximo Décimo Meridio, comandante de los ejércitos del Norte, general de las legiones medias, fiel servidor del verdadero emperador, Marco Aurelio, padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada y alcanzaré mi venganza, en esta vida o en la siguiente.

 Entre el amor y la venganza, se añade la amistad entre dos enemigos de la arena, destinados a enfrentarse a muerte, como en Gladiator.

 -Esta noche he visto al hombre que asesinó a mi familia, tal vez los dioses me han salvado.

 Mientras se enfrentan unos pocos buenos contra ingentes cantidades de malos, otra marca de la casa del cineasta que podría tomar también de Ridley Scott, como las devastadoras erupciones del volcán que recuerdan demasiado a los proyectiles que se lanzaban en las batallas entre cristianos y musulmanes en El reino de los cielos, otra película de Ridley Scott.

 De ahí que el principal problema de la película es la falta de originalidad argumental y la poca consistencia del guión, una película que no transcenderá demasiado y que nos confirma que Paul W. S. Anderson aún no ha podido superar Horizonte final, la película más redonda de su filmografía.

Pompeya (2014)

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