20140615213754-21012051-20130612153147084-jpg-r-640-600-b-1-d6d6d6-f-jpg-q-x-xxyxx.jpg

Akira Kurosawa es, con justicia, uno de los grandes cineastas de todos los tiempos por películas como Kagemusha, Ran o este inconmensurable clásico que es Los siete samuráis, película que cumple este 2014, sesenta años.

Los siete samuráis (Shininon no samuráis), fue sin duda un título que le hizo muy popular, porque junto con Johimbo fue uno de sus films más saqueados por otras cinematografías. Sin duda se trata de uno de los films más influyentes de la historia del cine, y no sólo en la industria de su propio país, sino también Hollywood, influyendo en Sam Peckipah o Sergio Leone, o una múltitud de títulos como Los sietes magníficos (John Sturgues) e incluso, el film de animación, Bichos.

Su director, Akira Kurosawa quería reinterpretar el cine clásico de samuráis con un baño de realismo, logrando un gran resultado a la hora de romper las convenciones genéricas. Este género representaba en imágenes las disciplinas del bushido, que contaba con una serie de normas que todo samurái debía cumplir, reglas que transcendió al cine con una serie de protagonistas que se debatían entre sus deseos y su deber. En este sentido, Kurosawa rompió una norma básica que imperaba en estas películas: el lento y ceremonioso ritmo de los combates por uno más dinámico, propio del cine norteamericano.

Cuando Kurosawa tomaba al cine americano como referencia, lo hacía pensado sobre todo en un director en concreto: John Ford. De hecho, Kurosawa sería para los fidei-jeki (cine de samuráis) lo que Ford era para el western: "Una película de acción debía ser ante todo una película de acción, pero que cosa más maravillosa si además plasma la humanidad". Esta aspiración de Kurosawa es lo que refleja la película; y de ahí la comparación que se ha hecho entre el cine del director japonés con el de John Ford. Se ve cómo la épica no aparece sólo en el derroche bélico y la marcialidad, esa parafernalia que suele ser representativo del arte de Kurosawa: a ver su desenlace nos debería recordar a Centauros del desierto, película que es posterior, pero refleja la misma idea. Alguien que se aleja del hilo de la historia, que se apartado por la felicidad de los otros.

Campesinos y samuráis.

-¿Cuándo recogeris la cosecha?

-Dentro de diez días. 

A Kurosawa le preocupaba las diferencias de clases desde su juventud y de hecho formó parte de "la liga de aristas proletarios", de ideología marxista. Aspectos que se integran a la perfección en los conflictos sociales y en la dialéctica entre el individuo y el grupo: "Os moveréis como un grupo no como un individuo". Kurosawa debió observar la complejidad para atender psicológicamente a cada individuo, por lo que decidió lentamente retratar a la comunidad de campesinos, cómo estaban organizados, quiénes eran sus jefes, hasta presentar a los samuráis, junto al lento proceso de la lección, otro de los grandes momentos de la película, junto a las batallas. La película de hecho está construida en grupos: los bandidos, el pueblo y los samuráis; y está planificada según el grupo, habiendo entre estas, una historia de amor.

                      

De esta forma,  sorprende la película por la capacidad de reflejar los dos grupos sin que uno de ellos destaque sobre el otro. Refleja la épica propia de la casta militar, ya en sus postrimerías, junto a una casta de parias que contratan a esos samuráis anacrónicos, hambrientos, junto a la psicología de los personajes que apareciendo en pantalla, desde el maestro al joven discípulo, hasta el bufonesco tragicómico Mifune, que forman parte de un friso humano, lleno de fragilidad.

La acción se desarrollaba en el siglo XVI, una época de guerras civiles, en la que los habitantes de una aldea deciden contratar a unos samuráis, sin amos, para derrotar a un grupo de bandidos que los hostigan frecuentemente.

-Sólo somos campesinos.

-Contrataremos samuráis.

-¿Qué contratemos samuráis? Nunca he oído una cosa semejante.

De hecho, también hay una gran diferencia entre los dos grandes personajes dentro del grupo de los samuráis, interpretados por sus dos actores fetiches: Takashi Shimura y Toshio Mifune.

Shimura es el ronin que lidera el grupo, un personaje maduro que ha cosechado una experiencia vital: "No tengo ninguna habilidad especial, soy un hombre humilde"; mientras que el personaje viril, sanguíneo y controvertido, está representado por Mifune, hijo de campesinos que aspira a ser samurái, Kikuchiyo. De ahí que estalle violentamente con los campesinos, a quienes desprecia.

-Escuchad, los campesinos son tacaños, son muy astutos, quejicas, malvados, estúpidos y asesinos.

 

El estilo de Kurosawa.

Y todo esto, en un estilo que no fue muy seguido en su país y que en occidente, tampoco fue comprendido del todo -como explicó el gran crítico André Bazin-, por su violencia combinada con el contenido lírico, propio del director

En su momento, la cultura japonesa era una de las grandes desconocidas, desarrollándose en la cinematografía nipona unas grandes diferencias entre el dramatismo de Mizoguchi, el enfrentamiento generacional de Ozú o la épica de Kurosawa, hasta pasar a los cineastas menores como Kitano, en la violencia, Shiuma, en el erotismo o Inoshiro Honda, en el popular género de monstruos. En todas ellas, sin embargo, subyace un perfeccionismo extremo y un cuidado formal, junto a una belleza estilizada y profunda.

En este sentido, Rashomon ya se había considerado como una explosión en el género, pero habría que entenderlo como un antecedente de este friso que es Los siete samuráis: es decir, Rashomon a la enésima potencia. En este película, Kurosawa desplegó una repertorio formal impresionante. "Me gusta ver cine mudo y cuando hago una película, intento imaginarme cómo sería la escena si fuera muda y luego elimino el diálogo innecesario". Esta recuperación de técnicas del cine mudo es una de las características formales de la película, junto con la dinámica de las composiciones espaciales o el empleo de la cámara lenta en los combates a espada son algunas de las convecciones formales de Los siete samuráis.

Y gracias a la filmación con varias cámaras, hizo un montaje vibrante y nervioso por lo que Kurosawa revalorizaría las reflexiones acerca del montaje de Sergei Eiseinstein, como reflejo de elementos opuestos. La cámara dinámica y los elementos de los personajes en los momentos de acción se contraponen con los planos estáticos, siendo un destacado ejemplo la batalla final, bajo la lluvia, del dominio del montaje que aplica Kurosawa. Esta batalla final es comparable con la que cierra Eisentein su película de ambientación medieval, Alexander Nevski, o la que reflejó Orson Welles en sus Campanadas a medianoche.

“Hemos vuelto a perder”-dice Kanbei, al final, “los únicos que han ganado son los campesinos”.