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"Para un director cada trabajo que se terminaba suponía una vida entera. Yo he vivido muchas vidas". Akira Kurosawa.

30 películas en cincuenta años acreditan la carrera cinematográfica de uno de los más grandes cineastas de la Historia, quien como director debutó en los años cuarenta, en plena segunda guerra mundial, tras abandonar una carrera de pintor y comenzando el oficio a la sombra de directores hoy olvidados. En un época en la que los otros grandes cineastas del Japón, Mizoguchi y Ozu, ya habían desarrollado el grueso de sus respectivas filmografías. Marcado por un profundo sentimiento realista, por las tradiciones narrativas japonesas y el ritmo de Hollywood, Kurosawa realiza -desde sus inicios- una manera particular de contar una historia, comenzando con películas con su tiempo que le tocó vivir. A través de relatos melodramáticos como El perro rabioso, aunque pronto se fue caracterizando por los clásicos de la literatura.

-Supongamos que un hombre tiene un problema, es un caso hipotético, puede ser hombre o mujer, pongamos que el cuerpo de esa persona, a pesar de no haber perdido su fuerza, está corrompido.

Un director que reflejó la angustia como la violencia, y uno de los mejores cineastas de representar el fin de cómo se entendía un mundo. Así hizo en Un duelo silencioso.

-O bien mueres tú o bien muere mi marido, me da igual quién sea pero uno de los dos tiene que morir.

Kurosawa empezó a darse a conocer internacionalmente, en el Festival de Venecia, con Rashomon. Un relato caleidoscópico sobre un asesinato y su investigación sucedido en el Japón medieval y desde entonces, su carrera estuvo marcada tanto por esa época como por el rostro expresivo del actor Toshio Mifune, con quien formaría un tándem hasta en dieciséis ocasiones.

-Sé muy bien que mi cuello vale mucho y que algún día me lo quitarán, porque nunca escondo nada.

 El otro recurrente fue Takeshi Shimura.

 -Iba a buscar leña... ¿que sí vi alguna espada? ¡No, no! 

Ambos actores representan los dos modelos de personajes que sobresalen en los melodramas de Kurosawa, con el personaje maduro que ha cosechado una experiencia vital: "No tengo ninguna habilidad especial, soy un hombre humilde", en el film Los siete samuráis; y el personaje viril, sanguíneo y controvertido, representado por Mifune.

La Era Tokugawa (1600-1868), una etapa de la historia del Japón dominada por sangrientas guerras civiles, el mundo de los grandes señores y las milenarias tradiciones, se convertiría en el telón de fondo recurrente en la filmografía de Akira Kurosawa. Una serie de películas a medio camino entre el cine de aventuras y las reflexiones sobre la crueldad y la injusticia.  

-Sólo somos campesinos.

-Contrataremos samuráis.

-¿Qué contratemos samuráis? Nunca he oído una cosa semejante.

Los siete samuráis es la obra de cabecera, en este sentido, uno de los títulos más brillantes de su carrera; eso sí, sin olvidar una visión paródica y casi quijotesca del género del fidei-jeki. "Yo nací en una familia de samuráis y tuve una educación formal, así que no sé mucho de la gente del pueblo".

-Escuchad, los campesinos son tacaños, son muy astutos, quejicas, malvados, estúpidos y asesinos.

Pero lo que hizo realmente destacar a Kurosawa es su sentido cinematográfico. No se entiende el cine contemporáneo sin la figura de este director, no se entendería el sentido del montaje -en el cine de acción- en la última etapa del western (desde Sam Peckipah), sin esa forma de rodar con tres cámaras que permitían introducir insertos veloces, manteniendo una armonía de conjunto. Por eso fue fundamental en una multitud de cineastas americanos, sobre todo para uno: Sergio Leone, quién tomó su Yohimbo para su primera película: La muerte tenía un precio.

-Sin mi espada me siento desnudo.

En otras ocasiones, tomaba prestado textos ajenos para envolver las propias historias de Japón. Así sucedía con Trono de sangre con William Shakespeare. "Hay grandes similitudes entre la guerra civil japonesa y las obras de Shakespeare, por eso no fue difícil adaptar a Shakespeare a un mundo japonés".

-Yo confío en él y daría mi vida.

-Pero ¿sabe él, lo que se oculta en el fondo de tu corazón?

Sería en su mundo feudal en donde Akira Kurosawa adaptaría en dos ocasiones la obra de Shakespeare, demostrando que el teatro del dramaturgo inglés se consideraba universal, trasladándose a ambientes alejados del contexto occidental. De esta forma, fue de los primeros realizadores que supieron sacar partido de la violencia formal en pantalla siguiendo el punto de vista de las ambiciones personales y las fatales consecuencias del poder, con una puesta de escena cercanas a auténticas coreografías.

Aún nos quedaría dos grandes películas de este ciclo que Kurosawa dedicó a este cine, que no podríamos olvidar: Ran y Kagemusha. Se tratan de dos películas que no existirían sin el apoyo del dinero de Hollywood, pues su éxito con Dersú Uzalá no fue suficiente para que cine japonés invirtiera en ellas. En este sentido, cobraron importancia George Lucas y Coppola, convertidos en productores ejecutivos.

-He tenido un sueño, soñé con un campo salvaje, por lejos que fuera no encontraba a nadie.