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Referirse a Martin Scorsese es hablar de la  Mafia, Nueva York, italiamericanos, el gran despliegue de violencia y el slow motion “que sugiere una hiperconciencia elevada” como algunas de las marcas de la casa que forman parte del ya extenso y brillante legado cinematográfico de este cineasta. 

Dicen que se metió en el cine porque tenía asma y su padre le llevaba todas las semanas a ver películas, porque lo que quería ser él, en realidad, era gánster o sacerdote. Hay mil curiosidades sobre Scorsese que permiten comprender mejor su filmografía, como que fue monaguillo o ex adicto a la cocaína. El cineasta se siente orgulloso por su familia (sus padres hacían apariciones en sus películas) y sus orígenes italianos, tanto que se  llegó a recopilar las recetas culinarias de su madre en “Italiamerican: The Scorsese Family Cookbook”,  como por ejemplo sus albóndigas que aparecían en Uno de los nuestros. E igualmente, muchos conocerán su intensísima labor cinéfila, recuperando films del olvido, pero pocos sabrán que una de las películas que más le marcaron fue El fotógrafo del miedo (Peeping Tom). Su director Michael Powell es uno de los más admirados por Scorsese y, de hecho, su viuda –Thelma Schoomaker- llegó a ser una de sus principales colaboradoras como montadora de todas sus películas desde Toro salvaje.

En su primera etapa, describía en la pantalla los retratos crispados individuales de personajes insatisfechos de la época que le tocó vivir, siempre tomando la ciudad de Nueva York como escenario y Robert De Niro como alter ego.

-12 horas de trabajo y sigo sin poder dormir ¡maldita sea!

Scorsese  sentía fascinación por estos antihéroes, figuras caídas en desgracia que representan las miserias sociales como eran Travis Binckle de Taxi Driver, Jacke La Motta de Toro salvaje o los conflictivos jóvenes de Malas calles. En este primer grupo también situamos a los inquietantes personajes de Max Cady de El cabo del miedo y Rupert Pupkin de El rey de la comedia.

 También fue un renovador de géneros clásicos, como fue New York, New York, aunque sobre todo a Scorsese siempre lo identificaremos con su particular visión de la mafia.

 -¿A qué te dedicas?

-A la construcción.

-¿Con estas manos? Nadie lo diría.

-Soy delegado sindical.

Goodfellas (Uno de los nuestros) supondría un hito fundamental en la filmografía de Scorsese, porque su Henry Hill inició a esos personajes reales, a pesar que de que no representaban a sujetos realistas sino a una salvaje atracción por la ambición y la cultura americana del éxito. En cuya línea siguió grandes personajes como su Sam “Ace” Rosthein de Casino, e incluso el Howard Hughs de El aviador o el Jordan Belfort de El lobo de Wall Street.

Pero no solo es un retratista del lado más turbio de la ciudad de Nueva York, sino también de su historia. Del origen de las clases más refinadas (La edad de la inocencia) a las más humildes (Gangs of New York), mostrando la violencia de su etapa fundacional. Pero existen otras facetas dentro del cineasta, como documentalista, acercándose  a ciertas personalidad de la cultura, sobre todo del mundo de la música, como Bob Dylan (No direction home: Bob Dylan) o Rolling Stone (Shine a Light) como también a través de su innegable impronta cinéfila (Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano y Mi viaje a Italia).

-Como director estoy enganchado. Jamás me he considerado de Hollywood, según el concepto que tengo de ello. Y tampoco soy un cineasta italiano, por tanto considero que me encuentro en un espacio intermedio.

Una voluntad amable y pedagógica que se enlazaría con algunas rarezas de su cine como por ejemplo la reciente La invención de Hugo.

Más allá de estas películas, existe una filmografía menos conocida, con la que cerramos el reportaje. Tuvo una colaboración con Roger Corman: Boxcar Bertha, y un road movie de corte independiente: Alicia ya no vive aquí. En su primera película ya iban apareciendo actores frecuentes en su filmografía, un tal Harvey Keitels en “Who is that knoking my door”. Pero su primer actor fetiche fue Harry Northup, con papeles más o menos importantes en sus seis primeras películas; eso sí, sus padres (Catherine y Charles) son quienes acaparan más apariciones en pantalla. Entre las actrices prefiere rubias, a quienes ha dedicado una marca de estilo propia, la “cámara lenta” para enfatizar el enamoramiento de su protagonista: Siempre Robert de Niro y en tres ocasiones. En Taxi Driver, con Cibyll Shepherd; en Toro Salvaje, con Cathy Moriarty; y en Casino, con Sharon Stone.