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-¿Dónde están vuestros padres?

-Yo trabajo con Papá George, en la tienda de juguetes, seguro que me ha visto allí. Y este es mi primo que ha venido del campo, Hugo.

La figura de “Papá George” – quien no es otro que George Melié, inventor que acuciado por las deudas se mete en el mundo de la juguetería y de allí, al cine- centra “La invención de Hugo”, el particular homenaje de Scorsese a esa fantasía que fue la invención del séptimo arte.

El cine, -visto como el mayor espectáculo de todos los tiempos, una invención del cual el espectador del siglo XXI disfruta de las más modernas tecnologías- debe tantísimo a Melié y a su particular cine de ficción; pero la película de Scorsese no se queda en esta fundamental figura del cine sino que sirve de homenaje a esa infancia del séptimo arte, desde Buster Keaton a los hermanos Lumiere.

-En 1905 se estrenó una película llamada Un tren llegando a la estación. Cuando el tren corría hacia la pantalla la gente gritaba de miedo, porque creían que corrían peligro por que el tren les arroyase.

No por casualidad, estamos en Francia: allí nació el cine.

Un plano aéreo sobrevuela el París de los años treinta y se cuela sobre los andenes de la estación, pasando a toda velocidad entre vagones, junto a pasajeros y acompañantes, para adentrase en el recibidor principal de la estación de Montparnasse. Allí vive un niño solitario y soñador, manteniendo los grandes relojes hasta que conoce al mayor de los pioneros del séptimo arte, George Melié.

-En las máquinas nunca sobran piezas, siempre tienen las que deben tener, así que pensé que si el mundo era una gran máquina yo no podía sobrar.

Un homenaje a la magia del cine.

Martin Scorsese se reinventa una vez más para regresar al París de los años 30 y lo hace, rodándolo en 3D. Una oportunidad para descubrirnos otra de sus facetas que demuestra la gran versatilidad del director, con su primera película con niños como protagonistas pero sobre todo por ese acercamiento al 3D. Así logra un bellísimo retrato de la ciudad de París, gracias sobre todo al magnífico diseño de producción de Dante Ferretti o la partitura de Howard Shore, son algunos de los detalles que dotan a la película de una enorme entidad cinematográfica que, a pesar de lo que lo que pueda pensarse, se revela como una culminación lógica de su tarea que ha recorrido desde el documental -  “Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano” (Scorsese y Michael Henry Wilson), pero también a ese viaje al Hollywood dorado que fue “El aviador”.

Desde que Georges Franju rindiese un homenaje en su “Le grand Méliès, reconstruyendo el legado gracias a la colaboración de la viuda e hijo del propio Méliè, son muchos los que se han acercado a la figura de este pionero del cine. Christopher Malayov lo interpretaba en un cortometraje de los años ochenta: “Le cauchemar de Melies” y aparecía como personaje en “Klimm”, encarnado por el actor Gunther Guilliam. En esta ocasión, el personaje central es un hombre que de trabajar, poniendo a punto los relojes, terminará mostrando a un niño huérfano la magia del cine, a través de George Melié.

 Una película maravillosa, que sin duda será una de sus muchas rarezas en una filmografía en la que está más acostumbrado a describirnos los mecanismos mentales de unos personajes que pueblan los violentos mundos de la mafia. Aunque, eso sí, en ocasiones se aleja de la temática que cubre gran parte de su filmografía (Nueva York y el tratamiento de la violencia) y se acerca a pequeñas obritas, muy desiguales pero igualmente interesantes.

 -George Melié fue uno de los primeros en darse cuenta que el cine tenía el poder de capturar los sueños.