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A finales de los años veinte del pasado siglo, un grupo de escritores se reunían todos los jueves en una tertulia filosófica-literaria, ente ellos se encuentran J. R.R. Tolkien y C. S. Lewis, unos amigos que se enfrentan dialécticamente, defendiendo dos visiones antagónicas del mundo. Tolkien era religioso, Lewis, ateo. Años más tarde, Lewis abraza la fe cristiana convencido por los miembros de la tertulia, justo en el momento en que Tolkien se aventura a crear una mitología para Inglaterra comparable a la griega. Dos títulos de literatura fantástica estaban a punto de aparecer, Las crónicas de Narnia y El Señor de los Anillos, novelas que describen la lucha entre el Bien y el Mal el siempre tema maniqueísta que aflora en este tipo de literatura, entre dos puntos de vista tan distintos como el de Tolkien con un claro trasfondo universal, sin que existan ninguna referencia clara hacia ninguna religión, y el de Lewis, que ahonda la metáfora literaria con importantes referencias a pasajes bíblicos.

                       

Entonces llegó un tal Peter Jackson.

Por supuesto que no era un desconocido, pero viendo su filmografía anterior y la saga de El señor de los anillos, aquella estaba en las antípodas. Pasó del gore de cine independiente al blockbuster, haciendo posible un reto que parecía inalcanzable, traspasar la letra impresa a imagen de una obra difícil de adaptar. La tecnología dio como resultado un espectáculo visual único que llevaría la historia a los altares de la épica y a su realizador, Peter Jackson a la cima de Hollywood. Pero la trilogía ha disfrutado de un éxito relativo, sobre todo por el hecho de introducir un estilo visual inalcanzable hasta la fecha y por servir de guía de todo lo que iba a llegar. Si lo que se quería haber conseguido es que El señor de los anillos se convirtiera en una película pionera de la historia del cine, entonces, ha fracasado. ¿Por qué hablamos de éxito relativo e incluso de fracaso?

Nadie puede negar que el primer King-Kong marcase a fuego todo una época, como hicieron Ben-Hur, El Padrino, Drácula, e incluso Tiburón (Steven Spielberg) o La guerra de las galaxias (George Lucas). Pero no ha sucedido lo mismo con El señor de los anillos, a pesar del tremendo éxito de taquilla, de las legiones de seguidores, el merchandising y sobre todo por revitalizar la literatura fantástica en el cine, de lo que hablaremos a continuación.  Y esto, explica –en parte- las enormes dificultades para llevar a cabo el proyecto de El hobbit. Aparte del abandono de Guillermo del Toro en la preproducción, se pasó de una película a una trilogía: ¿por qué se necesitan las mismas películas para trescientas páginas que para una densa obra en tres volúmenes?

Al fin y al cabo, ¿qué huella está dejando en la memoria colectiva o en el imaginario popular?

Unos cuarenta años después de la publicación de El señor de los anillos, a mitad de los noventa, una escritora admiradora de Tolkien y Lewis, llamada J. K. Rowling comienza a ser mundialmente conocida por las novelas sobre un niño aprendiz de mago. La nueva literatura de Rowling arrasa en todo el mundo y son muchos los que se frotan las manos en la industria cinematográfica, pensando en airear el filón iniciado por Rowling, con una explosión del cine fantástico que tuvo sus inicios en 2001, en el año que surgieron las sagas de El Señor de los Anillos y Harry Potter. Desde entonces son muchas las novelas fantásticas que han sido adaptadas al cine,  los autores de las Crónicas de Spiderwick se inspiraron en los cuentos de los hermanos Grimm, en donde siempre hay un niño capaz de usar su inteligencia para vencer al gigante o una princesa ingeniosa que escapa así del terreno mágico. El objetivo de tal Richie era crear unos personajes sin poderes, que no vivieran en un país no muy lejano, pero que tuvieran las habilidades suficientes para enfrentarse a cualquier reto.

Tolkien se aleja aboslutamente de la realidad, Lewis nos cuenta la historia de unos niños reales que se adentran en un mundo fantástico. En el mundo real la vida sigue tal y como la conocemos. En Harry Potter, J. K. Rowling da por hecho de que los magos ejercen sus poderes tanto en el mundo real como en la escuela Howarts, al igual que los trasgos y los ogros pueden afectar tanto al mundo de los humanos como el de la fantasía, sin embargo, en esta cinta la intromisión de los personajes reales con los fantásticos tiene un valor mucho más metafórico.

- Tenemos que proteger la casa, ¿lo entiendes?

Proteger la casa es lo mismo que salvar a la familia, o lo que queda de ella tras la crisis provocada por la separación de los padres. La fantasía se usa para acercarnos a unos temas, al igual que en El Señor de los Anillos o Las crónicas de Narnia el mensaje se hacía en un contexto mitológico, para culminar con una clara conclusión moral. En Las crónicas de Spiderwick se utiliza un escenario absolutamente real, donde los personajes fantásticos sirven para introducir una teoría tan freudiana como la necesidad de matar al padre para poder crecer, metafóricamente hablando claro. Plantear de manera creíble esta idea es el mayor éxito de Las crónicas de Spiderwick, una película familiar que puede hacer estremecer a todo tipo de preadolescentes o a todos aquellos que hayan vivido las consecuencias de una separación. Sin embargo, una de las principales bazas resulta ser encontrarnos entre los créditos el nombre de John Sayles (el guionista), y aunque es un poco descabellado incorporar Las crónicas de Spiderwick dentro de la filmografía de Mark  Waters, es verdad que sería un perfecto complemento en un programa doble con El secreto de la Isla de las Focas, del mismo director.

Con todo, nos encontramos con ejemplos de cine juvenil con reminiscencias clásicas: unas historias con alma de aventura, capacidad para la sorpresa, un humor excéntrico y particular.