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Orson Welles parecía un niño grande cuando formuló esa acertada definición del cine, que ya se ha hecho famosa: “el tren eléctrico más grande y divertido con el que pueda soñarse”. El tiempo le ha dado la razón, pero el siglo XXI parece  que este fabuloso tren esté entrando en vía muerta. A otro niño grande, Peter Jackson el negocio de este tren eléctrico le estará saliendo redondo, mientras que por el camino vaya perdiendo el alma de la historia en pos de una montaña rusa de efectos especiales. Un buen ejemplo, es la nueva película de El hobbit. Quienes no se sienten defraudados o les aburra las tres horas de duración, disfrutarán de la parte más oscura de la saga.

-Has cambiado Bilbo Bolsón, no eres el hobbit que dejó La Comarca.

La desolación de Smaug es la segunda parte de la trilogía que Peter Jackson ha reunido en torno al libro de El hobbit. El punto de partida es propio de Tolkien (el relato en el que Bilbon Bolson arrebata el anillo a Smigol) pero el desarrollo está estructurado como cual Frankenstein, a base de materiales que el propio escritor dejó escrito, junto a otros que Peter Jackson se ha ido sacando de la manga. La idea es abandonar el tono infantil de la primera entrega por algo más oscuro, cercano al estilo de El señor de los anillos. Con ese fin, creemos que rescata de la primera trilogía uno de los personajes favoritos de los fans, el elfo Légolas, como también toma prestado uno de los personajes presentes en el apéndice de la novela original, el dragón Smaug. Aunque el verdadero protagonista es Martin Freeman, el Watson de la serie Sherlock de la BBC.

-Ladrón, ¿dónde estás?

Su compañero en la serie,  Benedict Cumberbatch,- quién interpreta el rol de Sherlock Holmes-, es el encargado de poner la voz del dragón Smaug. Por cierto,  Cumberbatch participaba en una de la grandes películas de la temporada (Doce años de esclavitud, Steve McQueen) con el personaje de Ford, uno de los esclavistas del film.

La trama de esta segunda entrega arranca en el punto que terminó la primera, en la que Bilbo emprenderá un largo viaje para enfrentarse al dragón Smaug, quién tiene un maravilloso tesoro robado a los enanos. “Tiene un inmenso poder, pero una de sus debilidades es su vanidad, por eso es muy divertido de interpretar”, comentaba el actor que ponía voz a esta criatura digital.

-¿Eso es un terremoto?

-Eso, mi amigo, es un dragón.

Pero ese no será el único obstáculo, pues los orcos siguen de cerca al grupo. De ahí que los acontecimientos se precipiten y se vayan sucediendo los encuentros entre amigos y enemigos. Como consecuencia, las líneas argumentales se acumulan.

 -He encontrado algo entre las cosas de los trasgos.

-¿Qué has encontrado?

-Mi valor.

-Lo necesitarás.

Hemos visto cómo se ha pasado de la adaptación de una obra por un aficionado riguroso (El señor de los anillos), con El Hobbit, Peter Jackson se considera amo de la Tierra Media y utiliza a Tolkien casi como fondo para representar una nueva saga, hasta el punto de introducir un personaje totalmente nuevo, la elfa Tauriel, interpretada por una de las protagonistas de la serie Perdidos, Evangeline Tilly. “Un personaje que siente un odio visceral contra los horcos, un odio hacia todo lo malvado”.

-No es nuestra lucha.

-Sí es nuestra lucha y todo acabará aquí. Con cada victoria, este mal se hará más fuerte.

Es verdad que se ha logrado un filme que no se puede poner en duda, en los aspectos técnicos, o como  puro entretenimiento. Seguramente superará con creces la inversión realizada en la película y es incuestionable  la destreza de Peter Jackson para llevar a cabo toda esta maquinaria, pero dónde antes había un director capaz de transmitirnos emoción y carisma a la historia, ahora hay un productor (también Peter Jackson) que aprovecha los recursos que le ofrece la tecnología antes que insuflar alma a sus personajes.

-No pondré en peligro esta misión por un saqueador.

-Se llama Bilbo.