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Es el mejor escritor del siglo XX, por lo que el realizador Mike Newell lo tenía muy complicado, cineasta habitualmente eficaz y de merecida resolución comercial, responsable de títulos como Donnie Brasco, Cuatro bodas y un funeral,  Harry Potter y el cáliz de fuego o la actual versión del Dickens: "Grandes Esperanzas".

- Tu padre me ha dicho que te va a retener aquí, un año.

- Un año no es nada. Nos enviaremos telegramas como antes nos enviábamos cartas.

Florentino Ariza (Unax Ugalde), joven telegrafista y pobre poeta, se enamora de una bella adinerada, Fermina Daza (Giovanna Mezziogiorno) que se juran amor eterno hasta que su padre, les separa y ella se casa con Juvenal Urbino (Benjamin Bratt), el médico que erradicó una epidemia de cólera en la ciudad. Mientras Fermina parece olvidarle, Florentino (Javier Bardem), ahora rico y mujeriego, mantiene viva la pasión durante 51 años, 9 meses y cuatro días.

- Casada.

- Sí, pero esperaré que su marido muera.

- ¿Es viejo?

- No, pero esperaré lo que haga falta.

Trasladar al séptimo arte esta obra maestra de la literatura, llena de viajes interiores y con una historia que abarca muchos decenios, es uno de los mayores retos, amén de pifias, que ha visto el cine en pantalla grande desde que otorgaran sus once Oscars a Titanic; y eso que participó en el guión nada menos que el oscarizado Ronald Harwood por El pianista (Roman Polanski) y un buen equipo tras las cámaras. ¿Qué hacen, entonces, el productor Scott Steindorff (La mancha humana), Harwood, el versátil Newell y este extraño reparto en una adaptación de García Márquez? Serán consecuencias de la globalización y de una industria cada más encorsetada al placer del dólar, a cualquier precio, porque a parte de estas premisas, lo desconozco.

El amor en tiempos del cólera acababa trascendiendo su naturaleza genérica para entrar en el ámbito de lo simbólico: el amor, versión Gabriel García Márquez, se redefinía como vocación de inmortalidad en constante pulsión con la erosión del tiempo, la contingencia de lo terrenal y la putrefacción de la carne. He leído la novela un par de veces y, como lector, entre mis observaciones puedo defender el potencial subversivo de la historia: en plenos años ochenta, cuando la palabra amor se había convertido en malsonante, el escritor se había atrevido a abordar el tema desde una óptica casi revolucionaria, despojada de ironías. Sin embargo, me quedó una extraña sensación tras su lectura; la historia me gustó y sin duda se trataba de una gran novela, pero era como si hubiese asistido a un concierto de la Filarmónica de Viena a partir de un repertorio de Camela. El escritor colombiano había escrito una novela rosa -en toda regla- con los materiales nobles de un portentoso dominio del lenguaje y una desbordante celebración del estilo.

El amor en tiempos del cólera, en su versión cinematográfica, es extender la mirada de García Márquez a unos rincones en donde su óptica sentimental incluso ahoga nuestra lectura de la historia. Mike Niwell logra que en su traducción a la pantalla se pierda todo, incluso el fondo, eso que muchos han llamado "espíritu" y-que al menos- han sabido rescatar otras adaptaciones próximas. Pero ahí no acaba la cosa. El resultado de Newell se acerca al folclore imaginario y casi colonial, que al realismo mágico, que aparece incluso en aquellos actores que exasperan los tópicos latinos: el caso de John Leguizamo clama al cielo. También hay mucho de desconcertante en la interpretación -y sucesivas caracterizaciones- de Javier Bardem, aunque, es cierto, que esta imagen del personaje sea uno de los pocos puntos comunes con el original: el Florentino Ariza que camina como un viejo antes de serlo y cuya desnudez revela contradictorios grados de decadencia ya fue imaginado por Gabriel García Márquez, aunque su traslación a imágenes fuera de cualquier atisbo de incredulidad.

La película de Newell demuestra que, para la literatura latinoamericana, el cine es como la muerte, aquello que todo lo iguala: ya sea García Márquez, Isabel Allende o Laura Esquivel. No importa la calidad literaria de sus originales, porque las adaptaciones cinematográficas son nefastas.