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"Macarras de pantalones ceñidos, pandilleros tatuados y suburbiales...", una canción de Sabina me refrescaba la memoria de un subgénero cinematográfico que convertía los descampados de extrarradio en templos de la épica delincuente. Un cine que presentaba a los marracas como al héroe del barrio, como unos trabajadores por cuenta propia que hacían de la delincuencia juvenil, un modo de vida: los quinquis. Desde siempre los bajos fondos han sido muy cinematográficos, los retratos de adolescentes, abandonados al flujo abigarrado de esta particular violencia. 

La violencia juvenil es uno de los baremos más cinematográficos para reconocer la realidad social en los barrios de extrarradio de cualquier gran ciudad del mundo. De hecho, el cine ha demostrado que la vida en los guettos es muy dura, a tiro de pistola o de navaja, entre jóvenes que conviven con las drogas y la muerte. Las películas reflejan el submundo del barrio neoyorquino del Bronx, de las favelas brasiñela ("Ciudad de Dios") o del extrarradio español del "cine quinqui" de los ochenta. Hubo una vez en que existió ese cine y unos personajes tan nuestros como la paella o los toros, los Seat trucados, las Bultaco Metralla o las barriadas periféricas donde convivían los pisos baratos y las chavolas. Carlos Salado hace regresar el fenómeno de la quinqui´explotation a las calles de la ciudad española de Alicante con "Criando ratas".   

El submundo creado en "Criando ratas" recupera todo eso y lo lleva a un contexto más reconocible por la juventud de hoy, donde continúan la violencia callejera y los ajustes de cuenta. Los encontramos en los códigos de una delincuencia juvenil que han pervivido hasta la actualidad de tal manera que el estereotipo del quinqui, continúa hoy en día ejerciendo una fascinación desenfrenada. Así vemos cómo en "Criando ratas", los personajes de Voltereta, Florín o Mauri, encabezados por "El Cristo", representan los iconos del cine quinqui, como El Lute, El Vaquilla o El Torete.  Encabezados por "El Cristo", son unos personajes surgidos de los propios barrios marginales; los nuevos "perros callejeros", interpretados por un centenar de alicantinos que representan los barrios bajos de la ciudad. La intención de su director fue conseguir el mayor realismo posible. Y en esta búsqueda, observamos a los actores no profesionales, la producción claramente independiente y conceptos prensentes en el cine de denuncia como son la prostitución, la exclusión social o el narcotráfico. 

Este subgénero de los años setenta y ochenta respondía a un cine de urgencia, ante la marginalidad que la situación económica, política y social se destacaba sobre todo en los barrios de extrarradio. De ahí, que la crisis actual permite hablar de un nuevo resurgir del cine quinqui. 

               Criando ratas 3

                  Criando ratas 2