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Lo hemos visto en un centenar de ocasiones, el sonido que sentimos al cerrarse una de las puertas que forma por sí solo un subgénero: el cine carcelario. Se nutre de una tradición que ha dado resultados excelsos en la gran pantalla, con la relación entre el encarcelado y el carcelero, que a menudo trastoca las posiciones de salida. Un ejemplo lo encontramos en La milla verde o Cadena Perpetua, ambas dirigidas por Frank Darabont y ambas, frutos de adaptaciones de Stephen King. 

- Esto se acabó, búsquese a otros para sus chanchullos.

 - No se acabó nada, nada. O cumplirá la condena más dura que existe, sin protección de los guardias. Te mandaré sacar de tu habitación de lujo y te entregaré a los sodomitas. Pensarás que te ha follado un tren. Y la biblioteca, ¡fuera!.

 Estas relaciones la encontramos también en ambientes en donde los abusos de autoridad y poder se sitúan en reformatorios de chicos violentos o con vidas mal dirigidas. Slepeers (Barry Levinson), con un reparto formado por caras muy conocidas y una trama interesante, es uno de los mejores ejemplos en el séptimo arte.

 - Acojonados de mierda, pero yo intenté haceros fuerte, intenté haceros duros.

- Entonces, me equivoqué contigo. Tanto tiempo pegando, que parecía que te divertía joder y pegar a niños.

-Vais a arder en el infierno, hijos de puta.

- Después de ti. 

También el cine bélico presentó la convivencia de carceleros y encarcelados, sobre todo en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, en películas como La gran evasión (John Sturges), Feliz Navidad, Mr. Lwarence (Nagisha Oshima) y El puente sobre el río Kwai (David Lean), que nos dejó una escena sublime y un ejemplo de la flema británica cuando el coronel inglés (Alec Guiness) llamó la atención al coronel japonés Saito, dirigente del campo de prisioneros, para indicarle que los oficiales tenían el privilegio de no trabajar.

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- ¡Oficiales prisioneros, cojan las herramientas!. ¡Y vuelvan a sus filas!.

- Tengo que llamarle la atención, coronel Saito, respecto al artículo 27 del Tratado de Ginebra. Los beligerantes podrán emplear como obreros a los prisioneros, físicamente aptos, excepto a los oficiales.

- Deme ese libro.

- Con mucho gusto. ¿Usted sabe leer nuestro idioma?

- ¿Y usted sabe el nuestro?

- No señor, pero con una traducción más o menos literal podemos resolver el problema. Verá usted, el código especifica situaciones...

- ¡Quietos, que nadie se mueva!

Un verdadero duelo mental, una lucha de poder no exenta en muchos casos de deseos que subvierten el orden jerárquico y en esta tradición destaca una particular, muy americana, la rivalidad entre el preso cualificado y el alcaide, o director de la prisión, personaje que casi siempre presenta ribetes sádicos y a quién le gusta exhibir su dominio.

                            el hombre de alcatraz 

- Estoy empezando a conocerte. El día que llegué aquí, casi me pediste que me pusiera de rodillas y que gimiera. No lo hice entonces y no lo haré ahora. No lameré su mano y eso es lo que le corroe. ¿Verdad?.

De El hombre de Alcatraz, de John Frankenheimer, quizás la mejor película sobre la vida carcelaria, protagonizada por Burt Lancaster en el papel del preso y Karl Malden, en el del alcaide. Un peliculón.

Al final toda esta tensión que se vive entre los muros de una prisión termina estallando en un fuerte acto de violencia, los motines. 

-¿Cuánto tiempo llevamos quejándonos a todo Dios? Años. A los jueces, al defensor de su puta madre, a los periódicos. A todo Cristo, pero ¿qué hemos conseguido? Una mierda, una puta mierda, un carajo.

                        celda 211           

Un excelente ejemplo lo encontramos en el cine español, de la mano deDaniel Monzón, en la fenomenal Celda 211. Pero en otras ocasiones, el personaje del director de prisiones se muestra benevolente con los presos que están a su cargo, consciente de sus necesidades, e incluso poniendo en peligro su reputación o enfrentándose al sistema por aplicar justicia, algo no es muy usual en el celuloide y que tiene en Brubaker (Stuart Rosemberg) –protagonizada por Robert Redfort- uno de los ejemplos más conocidos. El nuevo alcaide pretende poner orden en la prisión que debe dirigir.

-Si un preso tratara de escapar, he dicho que disparen, si es posible sólo herirle, porque nadie quedará en libertad condicional por matar a un preso fugitivo.

- Eso no está mal, ¿pero será verdad?.

- Y vamos a aclarar una cosa, la mayoría estáis aquí por algún motivo. Me imagino que no sentís respeto hacia los demás y hacia vosotros mismos, pero si queréis algo de mí, tenéis que ganároslo.

Del mismo modo, una prisión es otro espejo de la realidad, de la injusticia y del deseo de superación.  Denzel Washington protagonizaba un drama carcelario en donde la condición de negro era requisito para que la justicia cayese sobre alguien con inclemente injusticia en Huracan Carter (Norman Jewinson): "Si el castigo consistía en estar encerrado en la celda, entonces decidí sencillamente que nunca saldría de la celda. Y así le despojaba de esa arma. No trabajaba en sus talleres, no consumí su comida y comencé a estudiar. Examiné minuciosamente el caso, paso a paso, empezando por mi detención inicial, pasando por el juicio, hasta el terrible veredicto". 
                         huracan carter