Christopher Nolan aparece como prestidigitador para reconciliarnos con el sentido de la narración fílmica y el ilusionismo: el placer de ver, escuchar y dejarse embaucar. Una historia de dos magos rivales en el Londres victoriano del siglo XIX, un año después de aparecer ese intenso thriller llamado El ilusionista.

- Todo mago hace algo nuevo y sorprendente que deje desconcertado al resto de los magos.

- Para poder venderlo por una fortuna y supongo que tú tienes ese truco, ¿no, Border?

 Si hay algo común entre Nolan, Night Shyamalan o Spielberg es esa forma de crear películas que pueden despertar fascinación o todo lo contrario, pero que al menos alimentan la esperanza de asistir a un cine comercial de calidad.

 - Todo efecto mágico consta de un tercer acto, la parte más complicada. Este tercer acto es el prestigio, el truco final.

  Buena parte de su filmografía, se sitúa alrededor de la idea de la identidad, con una fascinación por el individuo, su cara y su careta. Así sucede con el personaje  con problemas de memoria en Memento, la doble vida del hombre murciélago, como Batman y Bruce Wayne; o esa especie de espionaje industrial de Origen, entrando los personajes en la cabeza de la gente para modificar los sueños a su antojo. En El truco final muestra la farsa en que se convierte la vida de estos personajes; a fin de cuentas, un nuevo ejemplo de la renuncia a mostrarnos cómo somos, presentando la realidad como una gran ilusión.

 - No se lo cuentes a nadie, te suplicarán que le cuentes el secreto, pero en cuanto lo descubran se acabó todo. Te ignorarán. El secreto no impresiona a nadie, el engaño que has empleado lo es todo.

Más allá de una rivalidad.

La película trata sobre la rivalidad entre dos magos (Robert Agier), o Gran Danton (Hugh Jackman) y Alfred Borden (Christian Bale). A parte de estar marcado por una tragedia con tintes romántico –la muerte accidental de la mujer de Agier- se encuentra la obsesión por dar con el truco definitivo, alimentado por los sacrificios que harán cada uno de ellos.

En su camino se encuentra una especie de Mefistófeles (Nikola Tesla), quién construirá la máquina para dicho truco: El Hombre Transportado. Un artilugio tan espectacular como letal, porque proporcionará  Angier un buen número de dobles que conducirá al asesinato/suicidio de  ellos. Al mismo tiempo, está la obsesión de Borden quién también realizará el mismo número pero sin la máquina, recurriendo a un hermano gemelo (manteniendo hasta el final el secreto de dicho hermano).


 

El enfrentamiento entre ambos personajes es también una expresión en otras facetas. Por ejemplo, representan una lucha de clases. Angier se revela como un aristócrata de los escenarios, llegando incluso a cambiarse su nombre para evitar avergonzar a su familia; por su parte, Borden, representa la clase trabajadora.

 Con esta historia de magos, regresamos a esa visión del cine como si una chistera mágica se tratase, en la que el director zarandea a sus personajes precipitando laberínticas estructuras de cajas chinas. Y lo hace, con un ojo puesto en la teatralidad y otro en el mundo onírico, propio del ilusionismo. La verdad es que entrar en película suya exige prestar una mayor atención y a pesar de lo complejo de sus tramas, consigue dejarnos sentado en la butaca del cine.

 Christopher Nolan no suele defraudar, da un buen espectáculo con grandes dosis de calidad, jugando con las estructuras narrativas. Estamos ante una película en la que el espectador debe estar muy despierto para no perder ni un detalle o los giros del argumento.

 Al mismo tiempo, se sabe rodear de buenos actores, algunos sospechosos habituales en su carrera. Entre los secundarios, encontramos pequeños papeles para Scarlett Johanson,  como la ayudante de Angier (Hugh Jackman); Michael Caine (como haría en su versión de Batman y en Origen) e incluso aparece David Bowie. Interpreta a Nicola Tesla, un excéntrico inventor, personaje real que colaboró con Edison.

 - ¿Le resulta conocida una frase que dice: el hombre puede ir más allá de su alcance? Es falso, el alcance puede ir más allá de su valor. La sociedad solo tolera los cambios cuando van de uno en uno. La primera vez que quise cambiar el mundo, me llamaron visionario; la segunda vez, me pidieron educadamente que me jubilara y ahora vivo de mi jubilación. Nada es imposible, lo importante es el precio.