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Director, actor, músico, productor y guionista neoyorquino, con una asombrante incontinencia fílmica, que lleva arrastrando desde sus inicios las etiquetas de misántropo, cínico pesimista y de cara deprimente. Y casi a película por año, en las últimas tres décadas, lleva reflejándose así mismo en un género que podría titularse de “autobiografía épica”. Lo sabemos todo de él, gracias a sus inteligentes y cuidados diálogos, pero sobre todo a su arma más eficaz, la ironía. Siendo esta una de las claves de su filmografía junto al psicoanálisis.

- Tengo una cita con mi psicoanalista.
- ¿Desde cuándo vas a un psiquiatra?.
- Sólo desde hace quince años.

Un actor con numerosos trastornos psicológicos que ha intentado justificar con su juventud y su religión: “Soy un ateo teológico existencial, hay vida inteligente en el universo salvo en ciertas partes de los Estados Unidos”.

- Déjeme ir al cielo, por favor.
- Soy judío, no quiero ir al cielo.
- ¿A dónde quiere ir?
- A un restaurante chino.

La obra del cineasta neoyorquino es una absurda e inteligente recreación de su vida en el celuloide, haciendo de su infierno existencial todo un rincón de recreo para sus espectadores. Para eso están los geniales diálogos que hunden en un torrente de fina ironía, sarcasmo y causticidad, que escupen como puñetazos, los personajes de sus películas. No hay mejor forma para descubrir a Allen que a través de sus palabras.

- Pero si existe Dios, ¿por qué hay tanta maldad en el mundo? Todavía más sencillo, ¿por qué pudieron existir los nazis?
- Explícaselo, tú.
- ¡Cómo voy a saber explicarle porqué exisitieron los nazis, si ni siquiera sé como funciona el abrelatas!

            

Como si tratara de una obra pirandelliana, la filmografía de Woody Allen ha sabido mezclar con pasión, la ficción con la realidad, que él mismo ha llevado la batuta de sus propios personajes.

- La vida no se puede controlar, no se puede forzar para que tenga un desenlace feliz. Sólo se puede controlar el arte y la masturbación, campos de los cuales son un auténtico experto.

Como el propio Woody Allen sostiene, a lo largo de nuestra vida nos enfrentamos a elecciones morales, son esas decisiones las que nos definen como persona.

Además, ha sido uno de los directores que más han planteado reflexiones sobre una diversidad de temas ocurrentes, que los ha hecho repetir de forma incansable en la mayor parte de su producción. La religión, lo fugaz del amor, las flaquezas intelectuales de la sociedad actual y, sobre todo, el psicoanálisis y el sexo, han sido su temática preferida, mil y una veces vista. Pero una de sus temáticas preferidas sea el mismo y las mujeres.

- Las mujeres están, no sabemos si Dios existe, pero las mujeres están. Y no en un mundo imaginario, sino aquí en la Tierra, y ¡hay algunas de ellas que compran una lencería!

Las relaciones interesantes e inteligentes entre los personajes femeninos de sus películas y el propio Woody Allen, retratado directamente en ellas, o bien a través de alter egos con unos actores de perfiles similares al suyo (John Cusak, Jason Biggs, Will Ferrell). Diane Keaton y Mia Farrow eran, sin duda, sus musas predilectas pero no las únicas que han pasado por el universo delirante y neurótico del cineasta. Las chicas Allen podrían competir perfectamente con las Bond, aunque tienen algunas peculiaridades bastante significativas: van con gafas, chalecos, enormes bolsos y un psicólogo incluidos. Algunas, como Diane Keaton en Annie Hall pusieron de moda un estilo bastante particular, el de chicas con sombreros Fedora, chalecos y pantalones de hombre. Entre todas ellas, hay incluso una rareza, Hattie (Samamtha Morton), la muda de Acordes y desacordes, el unico personaje al que no influía los trabajados diálogos de Allen. Si no fuera poco, no sólo no le da ni una sóla línea del guión sino que la ennovia con Emmet Ray (Sean Penn), un envidioso guitarrista, con el que tiene sus más y sus menos desde su primera cita, cuando debe cambiar un neumático del coche: "¿Qué pasa? ¡Nadie dijo que esto iba a ser un picnic! Ya sabes que no puedo arriesgar mis manos. Tranquila, después iremos al vertedero a disparar a las ratas". 
             

También está su don para la palabra, dirigiéndose al espectador; a través de incontables recursos narrativos. Como encontramos en su  Annie Hall:

- ¿Conocen este chiste? Dos hombres están en un restaurante, uno dice: vaya, la comida es verdaderamente terrible, y contesta el otro: ¡y las raciones son tan pequeñas! Pues, básicamente es así como a mí me parece la vida, llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza, y sin embargo, se acaba demasiado deprisa.

En realidad, sus películas cuentan siempre la misma historia, ya sean inspiradas en Bergman o del tipo de comedia de enredo, sus personajes siempre buscan respuestas, porque la felicidad humana no parece incluida en el proyecto de la creación.

- Las palabras más bonitas de nuestro idioma no son “te quiero”, sino “es benigno”.