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Acaba de aterrizar la nueva entrega del cineasta neoyorquino, ya se sabe, una película por año, una más en la extensa filmografía del laureado realizador que tiene su hogar afectivo en los países europeos, tocados por el meridiano de Greenwich, al que podríamos también llamar de Allen.

- La mayoría de la gente debería saber que una vida se basa en la suerte. A saber cuántas cosas se escapan de nuestro control.

Asistimos a unas historias fraguadas en los trasteros de la conciencia y que revelan el lado amargo de la existencia. Seguramente esta reflexión la comparta con el propio director, al ver que la vida esta dominada por una existencia trágica, salpicada por contados momentos cómicos, placenteros y divertidos. En este sentido, Allen siempre ha querido escribir historias trágicas, aunque el particular estilo de este gran director no escatimara en comicidad. Toda una declaración de intenciones, sobre todo en un director que tiene en su extensa carrera, y en clave de comedia, ciertos elementos que anuncian lo que la sabiduría de la edad consigue verbalizar:

- Te gustan las películas porque eres un observador de la vida.
- La vida no imita al arte, la vida imita a la mala televisión.

Woody Allen se ha convertido en un cineasta noir, pero no me refiero a sus comedias con guiños al género, sino cómo su cine se ha ido desbancando por una coloración oscura a medio camino entre el melodrama criminal, la comedia negra y el cuento moral. Esto, evidente en Macht Point, ya aparecía en gran parte de su filmografía, desde Delitos y faldas a Misterioso asesinato en Manhattan o Scoop. Aquí hay que situar también a El sueño de Cassandra, ejercicio que intenta reunir tanto J. M. Cain, Schakespeare, la tragedia griega, Patricia Highsmith como Dostoyeski, para construir lo que los anglosajones conocen como moral play. Filmes en donde se dan cita el punto moral de Allen, su agudeza disección de la ambición, la culpa y alguna pincelada de comedia humana.

- ¿Qué ocurrió cuando la luna de miel se había terminado? ¿Creció el deseo con los años? ¿O la familiaridad fue la causa de la infidelidad de los amantes? ¿O como nos habían inculcado el orgasmo simultáneo?

Como vemos, sus películas encontramos el humor irónico e inteligente propio del director. Todas ellas hacen gala de un largo repertorio de situaciones pintorescas, en donde los diálogos son parte esencial de estas. De destacar algún título podría quedarme con Misterioso asesinato en Manhattan: “Como oiga otra vez a Wagner, voy a querer invadir Polonia”; “¿Puedes llamar más tarde?, es que mi matrimonio se desmorona”; Diane Keaton: “¡Quizás, vivamos puerta con puerta con un asesino!” W.A.: “Nueva York es un cajón de sastre, tienes que acostumbrarte”. Aunque, sin duda, de la película nos quedamos con una cita interesante de Angelica Huston (Marcia Fox). Marcia: "¿Habéis leído lo de ese hombre en Missuri que mató a doce personas, les desmembró y se las comió?"; Larry: "Bueno, es un estilo de vida".





Pero junto con el humor inteligente de sus guiones, encontramos en sus filmes,  su pasión por el cine. Abundan los homenajes al séptimo arte en sus películas como en la fellimiana Recuerdos, pero también en sus parodias disparatadas como La última noche de Boris Gruchenko o sus comedias sociales de madurez (Anie Hall) y sus dramas con Ingman Bergman en el horizonte, como Otra mujer. Una de sus filmes que más me han interesado, Misterioso asesinato en Manhattan, es toda una recurrente colección de guiños cinéfilos, en donde vemos a Alfred Hichcock, Billy Wilder, Fred Astire y sobre todo de La dama de Shanguay de Orson Welles. Woody Allen (Larry) se pierde en una vieja sala de proyección como el personaje de Welles en ese clásico del cine negro, e incluso con una escena que recuerda al famoso tiroteo en el cuarto de los espejos.

Más significativo que la música de Col Porter para la ciudad de Nueva York o las películas de Martin Scorsese, es Woody Allen, porque el ya típico menage à trois entre Diane Keaton, el mismo y la isla de Manhattan como escenario, engrosa buena parte de la filmografía del director. Principalmente en su primera etapa cinematográfica, en los años setenta, a cuyo trío habría que sumarse Gordon Willis, el director de fotografía que acompañó al cineasta en sus primeras películas. El fue el responsable de esa mítica imagen que todos los amantes del cine de Woody Allen tengamos en la memoria, la de Manhattan, uno de sus filmes más emblemáticos: La pareja protagonista sentada en un banco frente a un imponente puente de la ciudad, sonando de fondo Col Porter y todo ello en un magnífico blanco y negro monócromo.