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Volver a esa ciudad, mil y una vez vista en el celuloide, es dejarse enamorar por un magnífico puzzle, aislada por seres humanos siempre necesitados de afecto y calor. Exageraremos un poco, pero quizás Nueva York sea más que un escenario, un género cinematográfico por sí mismo, como también sucede desde el punto de vista literario. Ha sido tan influyente para el séptimo arte que es mucho más que una ciudad en donde se desarrollan todo tipo de tramas y argumento. Ahora se diría que la capital cultural y financiera del mundo nos lleva a “las películas de Nueva York”, un telón idóneo para todo tipo de ficciones cinematográficas.  La “ciudad automática” que encantó a Paul Morand, o a Lorca, se muestra como uno de esos escenarios en donde contar una buena historia de amor, un thriller, una denuncia social o una desasosegante trama de ciencia-ficción. Quizás, mucho se deba a su carácter cosmopolita y a que muchos de sus rincones corresponden ya a la imagen de postal que todo buen cinéfilo se ha creado de ella.

Una multitud de cineastas han querido retratar ese gigante de acero, cristal y cemento; homenajear unas calles por las que bullen todo tipo de razas.

- Selva de piedra.

- Sí, hecha por el hombre.

- Nativos, ¿vivir ahí?

- Sí, viven y trabajan ahí.

- ¿Por qué?

- De esta forma concentran sus esfuerzos, trabajan más deprisa y ganan tiempo.

- ¿Ganan tiempo?

Lo recogía una de las entregas de Tarzán (Tarzán en Nueva York), pero sobre todo la hemos visto gracias a esos directores que vieron en la Gran Manzana el escenario perfecto para mil y una historias. Más famoso que la música de Col Polter, los taxis amarillos, es la ciudad de Nueva York tal y como nos lo contó Woody Allen, tantas veces. Por quedarnos con una imagen, podría ser su episodio de Historias de Nueva York.

- ¿Dónde te has metido Te he buscado por todas partes, ¿sabes? Estaba comentando tu problema con esta buena gente.

- Pero, ¿dónde estás?

En los distintos barrios de Nueva York encontramos una pequeña fauna formada por delincuentes adolescentes y todo tipo de criminales. De sus huellas indelebles quedaron unos personajes que de mayores destacarían por su profesionalidad mafiosa y criminal.

- Este es nuestro barrio, Hellskichen. Las calles del Westside de Manhhattan era nuestro patio privado. Aquí es donde nos sentíamos como reyes absolutos. En Hellskitchen convivían una mezcla incómoda de trabajadores irlandeses, italianos, puertoriqueños y americanos, hombres de clase media-baja.

De los chicos de Sleepers (Barry Levison) a otros neoyorquinos carismáticos, como Martin Scorsese. Este cineasta basó buena parte de su filmografía en la vida en el barrio, entre ambientes turbios. Así, lo reflejó en Malas calles, el relato de unos jovenzuelos atrapados en los mecanismos de la violencia y los complejos sentimientos de la culpabilidad, mientras que en Uno de los nuestros, los recuerdos de un niño dispuesto a adoptar los modelos que observaba a su alrededor.

- Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. Ellos eran distintos a todos, me refiero a que hacían lo que les daba la gana.



Necesariamente cercano a Scorsese se encuentra el actor Robert De Niro, quien debutó en la dirección con la estupenda Una historia del Bronx, en la que contaba los recuerdos de otro niño inclinado más por las actitudes arrogantes de los gansters de su barrio que por la honradez de su propio padre.

- Este es mi padre, Lorenzo, conducía el autobús que pasaba por la calle 187. Me gustaba subir y hacer con él la ruta.

Sobre los mismos temas y en geografías similares, pero desde su particular y combatiente perspectiva, Spike Lee se ha explayado instantemente en el retrato de los niños de la calle, a merced de sus instintos y de los intereses siempre ambiguos del Bien y del Mal. El sentido racial, la marginalidad y las drogas, suelen estar presente en su filmografía, con un título interesante en este sentido, Camellos.

Otra clave para adentrarse en Nueva York es a través del momento real que cambió para siempre la imagen que teníamos de la ciudad de las oportunidades, de la capital de la cultura y el crimen, la capital de todo y de todos. El escenario real más filmado del planeta se convirtió en el plató del fin del mundo, pero todas esas imágenes que había sobre la destrucción de Nueva York, empequeñecieron. De todas las recreaciones realistas o de ficción, nos quedamos World Trade Center (Oliver Stone), sobre los atentados que hicieron temblar el centro financiero de Manhattan.

La ciudad recuperó su pulso de ese 11 de septiembre y volvió a ser lo que siempre ha sido, un escenario del cual el cine supo sacar lo mejor para un centenar de historias antológicas. Los grandes musicales de Broadway, los lamentos de un monstruo sobre el asfalto o las peripecias de ese animal encima del famoso Empire State. Fue la ciudad en donde los diamantes de Holly solo perdieron su brillo ante un romántico abrazo o en donde se vio una falda agitarse sobre una rejilla del metro.

- ¿Qué te gustaría ver qué?

- La estatua de la libertad.

- Está en el Central Park, dándose una ducha.

Siempre empeñándose en dejarnos las mismas imágenes en nuestra retina más cinematográfica, entre miles de películas rodadas en una misma ciudad, en un mismo escenario que ha sabido enamorar a los cinéfilos.