20110128024202-freddy4.jpg

 Si los llamáis por su nombre, levantarán la mano, pero si os encontráis con ellos sería mejor salir corriendo y gritar. Porque ya no habrá esperanza para vosotros. Son unas criaturas para la eternidad, sin las cuales el cine de terror llamado splatter, sería papel mojado. Diferentes personajes que componen el rostro del psicokiller, brutal, sanguinario y adorado psicópata de los 80, locos matarifes que viven una nueva edad de oro.

 Es verdad que el personaje del psicópata que persigue a sus víctimas de manera obsesiva hasta darles caza, no corresponde a ninguna época determinada, pero desde los años setenta surgió toda una familia de psicokillers que han llegado hasta hoy. Así, algunos que nacieron al calor de la Guerra de Vietnam, como el carnicero Leatherface (La matanza de Texas), Michael Myers (La noche de Halloween) o el aristócrata del clan (Hannibal Lecter), están viviendo una segunda juventud. En los ochenta, la popularidad de estos personajes hizo que se creara el Splatter Movies. Carne de culto, de secuelas e incluso de parodias, el splatter llegó a definirse como género: filmes con gran crueldad hacia las víctimas que se pusieron de manifiesto gracias a la no necesidad de justificar sus fechorías. En este sentido, las películas derivaban en una violencia, a veces gratuita, a veces como símbolo de una sociedad demencial, en donde se repetían una y otra vez los mismos códigos, las mismas historias y tópicos. Sobre todo porque se describen pesadillas crueles proporcionalmente inversas a la calidad de los guiones, con una carencia supina de originalidad. Como todo aquello que goza de una denominación de origen, tiene sus propias reglas.

 Un empleo cada vez más demoledor de la violencia, haciendo gala de un mayor instrumental, aunque es cierto que los clásicos contaban con sus propias herramientas, mitificadas dentro de esta vertiente cinematográfica.

 - La sierra es la familia.

 Ese era el lema del clan de Leatherface (Cara de cuero), el sanguinario personaje de La matanza de Texas (Tobe Hopper) que hizo de la sierra mecánica todo un símbolo de la violencia psicópata. Luego, habría también cuchillos de cocina, mazos, las garras de acero y la manipulación mental de Freddy Krueger; las técnicas sadomasoquistas de Pinheud (Hellraiser) y la automutilación inducida por Jigsaw, el extraño psicópata de la brutal saga de Saw

 Otra característica común es que suelen emplear máscaras para ocultarse o aparecen desfigurados. Michael Myers usa la mítica máscara blanca; Freddy Kruger viste un sombrero que cubre su desfigurado rostro; Leatherface tapa su cara usando la piel de sus víctimas. ¿Quién puede olvidarse de la famosa máscara de hockey de Jason o el bozal –la mar de cuco- que acompaña al pijama carcelario de Hannibal Lecter? Chucky es un adorable muñeco; Plutón (Las colinas tienen ojos) aparece con un aspecto horrible a causa de unas pruebas nucleares; y Pinhead, a medio camino entre el Infierno y el mundo real, lleva unas características agujas en la cara.

 - El sexo es un no, un gran no. Y no digas eso de querer ir por ahí sólo, porque aparecerás muerto.

 Ya lo decía uno de los secundarios de Scream, las víctimas potenciales suelen ser jovencitos en flor de piel, a punto de desfogarse sexualmente y con un propenso interés por quedarse solos e investigar por su cuenta. Eso sí, la persecución entre los protagonistas y el psicópata acaban por lo general en tablas, mientas se despliega a su alrededor una sanguinaria carnicería. Puritanismo, grandes temores colectivos y un viaje a la América Profunda: estas son las claves para entender este subgénero. Encontramos desde La matanza de Texas a lo que se llamó giallo (amarillo, en italiano, por referencia a las revistas de terror) de Mario Bava y Darío Argento; e incluso a los llamados video nasties (repugnantes) de Wes Craven. Ya es clásica la definición de John McCarthy (Splatter Movies: Breaking the last taboo) dado a este subgénero del terror. Lo consideraba brutal, primitivo, una carnicería atroz, pero también tremendamente humana. Mal que les pese a los moralistas, las Splatter Movies explota el complejo tema del placer asociado con el dolor que subyace en lo más profundo del subconsciente, como señaló Sigmund Freud.

 Si fue Viernes 13 el primero de esta gran saga de personajes, John Carpenter sería el padre de uno de los más celebrados en la gran pantalla. En La noche de Halloween, colocaba a una adolescente Jamie Lee Curtis en pos de una pesadilla casi abstracta, dirigida por un psicópata que salía casi de la nada. La actriz sobrevivió a la primera entrega y a algunas más, hasta convertirse en la reina del grito. Por primera vez se incorporaba la figura del villano implacable que resulta invencible.

 - Has fracasado, Michael, ¿y sabes por qué? Por que no te tengo miedo.

 Otra de las claves la aportaba esta saga, porque solía ser la noche de Halloween la idónea para este tipo de lindezas. La imaginación del séptimo arte no podía pasar por alto la sugerente idea de adaptar una serie de historias en la que los muertos salían de sus tumbas para encontrarse con los vivos. Pero del talento que surge frente al bajo presupuesto, se pasó al susto previsible para seguir haciendo caja en taquilla sobre todo de quienes disfrutan de los despiadados vapuleos que estos personajes acometen entre secuelas y remakes.

 - ¡Fredy ha vuelto! ¡Fredy ha vuelto!

- ¡Kruger!

- No puede ser otro.

 Otro personaje que no podíamos olvidar es el de Freddy Kruger. Su creador, Wes Craven, siempre tuvo a mano unas afiladas cuchillas para dotar los miedos adolescentes representados en ese especie hombre del saco que era su personaje estrella: la iniciación sexual, la relación con los padres, la vida real. Todo ello, enmarcado en una época de puritanismo propio de los años ochenta (gobierno de Ronald Reagan), en donde descubrir los desórdenes hormonales propios de la pubertad dentro de sus pesadillas en Elm Street.

 Bicho demente nunca muere. De hecho, las secuelas surgen como Gremlins en una piscina del inserso, para que la masacre continúe. Un festival de muertos conviviendo con los vivos, que derivó en un sinfín de lugares comunes, en donde seguiría esa mezcla desigual entre sadismo y hemoglobina.