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 - Creo que les estremecerá, puede que les asuste, incluso podría horrorizarles.

 El Doctor Frankenstein. James Whaler.

 El hombre lobo, el jorobado de Notre-Dame, Drácula, el hombre invisible o Frankenstein son algunos de esos grandes personajes que el cine supo rescatar de la literatura para la mayor gloria de los amantes del género del horror. De hecho, todos ellos coincidieron en una major que siempre tuvo en su punto de mira, este tipo de historias.

 Algunos exploran temas tales como la moral científica, la creación y destrucción de vida y la audacia de la humanidad en su relación con Dios (Frankenstein); otros se acercan al enfrentamiento entre la luz y la oscuridad o el tema de la pérdida de la inocencia, (Drácula); el enfrentamiento contra su propio yo y la búsqueda de la identidad (el Hombre-lobo); o la representación de culturas exóticas y milenarias (la momia). Desde las visiones más gores a las más humanistas, pasando por el psicologismo y la comedia, el género los ha ido reinventado, una y otra vez, hasta hacer de ellos las columnas vertebrales del terror tradicional y algunos de  los elementos omnipresentes, con causa justificada o no, de todo un género.

 Con la llegada del sonido, el cine de terror cambió sus formas con respecto a la tradición del género dentro de las claves del cine mudo. Sería la Universal, la major que transformaría el terror en las salas, influidos  por el cine mudo alemán, y por Murnau, en especial. Desde entonces, estas criaturas se convirtieron en auténticos mitos del séptimo arte.

 Pero tanto protagonismo tenían los personajes como los decorados. Como relato fantástico gótico e incluso como parte de las llamadas murder stories (cuentos criminales), eran filmes reducidos a esquemas narrativos primarios, que solían aparecer junto a leyendas enraizadas en la imaginería popular. Sin embargo, la atmósfera y la ambientación solían reforzar la historia gótica: las noches de tormenta, las apariciones o las manifestaciones violentas de la naturaleza (el oleaje golpeando los peñascos) y los lugares inhóspitos (las entrañas de una cripta o los caminos estrechos al borde de un abismo). Un decorado gótico al servicio de paisajes nebulosos, llamas oscilantes en las chimeneas, árboles secos con ramas retorcidas, subterráneos y todos aquellos escenarios que invitan a las manifestaciones del terror. Los castillos erigidos a orillas del mar o al borde de un abismo cobran protagonismo, apareciendo casi como un mausoleo: las estancias son bellísimas y sofocantes,  con un mobiliario como reducto del pasado y unos espesos cortinajes movidos por el viento.

Sin embargo, son los personajes los que quisiéramos destacar. Drácula y la hipnótica interpretación de Bela Lugosi, cambiaron el panorama del género, siendo Tod Browning uno de los primeros artífices. Este es el personaje más célebre de todos ellos, explotado en pantalla hasta la extenuación y el que representa como ningún otro el sentido romántico del amor y el tema de la inmortalidad.

- Yo soy Drácula.

- Mucho gusto conocerle.

 El hombre lobo  de George Stevens, interpretado por Long Chany Jr amplió la galería de monstruos de la Universal, sumándose a Bela Lugosi y Boris Karloff. Pronto se convertiría en uno de los más populares de todos los tiempos, junto a Drácula, existiendo –de hecho- una íntima relación entre el lobo y el vampiro. Muy conocida es la frase común en las distintas versiones del Drácula, de Bram Stroke, desde Tod Browning hasta Francis Ford Coppola, o lo que es lo mismo desde Bela Lugsi hasta Gary Oldman: “Es la música de la noche”, ante los aullidos de unos lobos.

 - ¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡Está vivo!

 Pero pronto se sumaron otros, esa criaturita que surgió de la imaginación de Mary Shelley, conocido como Frankenstein. Quién no recuerda ese perfil tan característico, interpretado por Boris Karloff, o la Momia, otro de los clásicos que alcanzaría fama universal y que nos llegó de la mano de uno de los colaboradores de Murnau, Karl Freund. Años más tarde, la major convertiría al personaje en un monstruo cubierto de vendas, en películas como The Dummy Gosth (Reginalg Le Borg). 

 - Muerte, castigo eterno, plaga,  a cualquiera que abra este cofre.

 En los años cincuenta, la amenaza de una guerra nuclear sustituyó en el género clásico del terror las anteriores criaturas de la noche por alienígenas y seres más o menos zoomórficos, aunque continuasen vivos gracias a la productora británica Hammer. Fueron carne de cañón de parodias, algunas muy interesantes como Abott y Costello contra los fantasmas, surgiendo aproximaciones acertadas con un sentido global al atraer en un mismo largometraje a diferentes criaturas (La zíngara y los monstruos), dando cabida desde Drácula a Frankenstein o el Hombre-lobo. Es decir, se llegó al esplendor de los crossover o cócteles de monstruos como paso previo a la degeneración del género.

 Pero sería la Hammer, quién tomó el testigo de la Universal, en este sentido. Regresaron a sus dominios estos y otros personajes, con un estilo propio y en tecnicolor. Aparecieron otras estrellas como El jorobado o el hombre invisible, como fiel adaptación del original de H. G. Wells y que puso a prueba los efectos especiales de la época. E incluso, apareció la llamada criatura de la laguna negra, en películas como la clásica La mujer y el monstruo (Jack Arnold).

 Más de tres décadas, los monstruos de la Universal se recuperaron en el llamado fantaterror español, con dos nombres propios: Jesús Franco y Paul Nashy, que revelarían su afición por estos personajes. Frakenstein, el Hombre-Lobo, Drácula y otros tantos, dejarían una indeleble huella en la memoria de todo cinéfilo, amante del terror más clásico.