20150415192037-don-quijote-orson-welles-ediima20131125-0368-1.jpg

- Dichosa edad y siglo, dichoso aquel, en que llegasen esas hazañas mías, dignas de tallarse en bronce, esculpirse en mármol y de pintarse en tabla.

 Estas palabras en off, con las que comenzaba la versión del Quijote de Orson Welles, nos lleva a ese personaje universal del caballero andante, surgido de la imaginación de un español de Alcalá de Henares. Un personaje de la literatura que representó como nadie esa lucha constante contra “los molinos de viento” que eran las injusticias.

 Caracterizados por luchar por quienes sufren, por aliviar su dolor, encontramos un genuino ejemplo en el bosque de Sherwood, en pleno siglo XIV. Es la eterna lucha entre el bien y el mal, el villano y el héroe, con el personaje de Robin Hood y su enemigo, el Sheriff de Nottingham. Todos le conocemos por su seña de identidad: “Robaba a los ricos para dárselo a los pobres”; la frase la habremos oído en más de una ocasión, en este justiciero universal con tantos rostros en la pantalla como nuestro Don Quijote. Aunque si tuviera que quedarme con uno, este sería Errolt Flint.

 - Sois un hombre extraño.

- ¿Extraño? Porqué siento compasión por esa pobre gente?

- Sois extraño por que queréis remediarlo. Os enfrentáis con el mismísimo Príncipe Juan, aún a riesgo de vuestras vidas. Y uno de esos hombres era normando.

- ¿Normando? ¿Qué importa? Odio la injusticia, no a los normandos.

                        

 Pero el cine no sólo ha mostrado a individuos, a los llamados héroes, sino también a pueblos enteros que luchan por prevalecer la justicia.  Si no, que se lo digan a los habitantes de Fuenteovejuna, los vasallos de la localidad cordobesa que se enfrentaron al comendador Fernán Gómez, según lo recogía Lope de Vega en la obra teatral y alguna que otra adaptación al cine, como la de Fernando Morán, en los años cuarenta. Parecerá cosa de la literatura o de tiempos ya remotos, pero el siglo XX, también ha conocido este tipo de personajes. La modernidad ha traído a un justiciero vestido en látex y con habilidades propias de superhombres, próxima a la figura del vigilante, aquel que solía enfrentarse con violencia a los delitos comunes, que a veces no se resuelven por los medios tradicionales. Sin embargo, quisiera destacar aquellos hombres, más o menos anónimos, que se preocuparon de salvar vidas humanas dentro de grandes conflictos. Los que surgieron en el seno de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto judío, dieron lugar a todo género cinematográfico, y de destacar, sería el Oskar Schindler de La lista de Schindler (Steven Spielberg). Pero me gustaría recordar a otro que tendría como escenario una embajada española. Nos encontramos en Budapest, en donde el italiano Giorgio Perlasca se convirtió en cónsul español para salvar a miles de judíos de manos de los nazis.

 - De aquí no pasará nadie, porque esta es la embajada española y yo les prohíbo la entrada en ella.

- ¿Quién demonios eres tú?

- Yo soy Jorge Perlasca y yo soy cónsul español, ¿no habéis visto la bandera española en la entrada?

 

   

 Junto a la justicia, la libertad es el otro gran valor que aparecerá en todos estos personajes y que permite relacionar a algunos tan curiosos como dispares: El esclavo Espartaco, un judío de nombre Ben-Hur y el escocés William Wallace.

 - Y al morir en vuestro lecho, dentro de muchos años, no estaréis dispuestos a cambiar todos los días de vuestra vida, desde hoy hasta entonces, por una oportunidad. Sólo una oportunidad, de volver aquí y matar a nuestros enemigos. Pueden que nos quiten la vida, pero no nos quitarán la libertad.

 Esta es una de las arengas más famosas de la historia del cine. Mel Gibson interpretaba a otro de los heroicos defensores de la justicia y libertad, una que tenía un trasfondo histórico. William Wallace representaba el sentimiento independentista escocés del siglo XIII, que no contaba ni con gafas de sol ni con pulseras, como sucedía en esa mítica escena de El guateque (Blake Edwards), que retrasó mucho el rodaje. El mismo año de Braveheart, llegaba otra cinta con un parecido argumental, Rob Roy, a pesar de que la historia estaba ambientada unos cuantos siglos más tarde.

 - Mi padre pasó largos años en esa prisión por causa de hombres como vos, pero yo no iré allí.

- ¡Llamad a la guardia!

- No llaméis a nadie o le corto el cuello.

- Condenado McGregor, os mandaré al infierno.

- Vamos, señoría, dejad trabajo al Diablo.

   

      

 La palabra freedom es una de las más citadas en la gran pantalla y siempre sabe despertar una emoción; como bien se aprecia en la película Amistad, de Steven Spielberg, como uno de esos derechos inalienables del hombre:

 - Y lo afirmo que es una idea polémica, pero propia de todo hombre, la libertad.

 Estos sentimientos de empatía con el héroe pueden estar provocados por la valentía, aunque todo parezca perdido. Ningunos otros lo supieron mejor como aquel grupo de esclavos derrotados por los romanos en el filme de Stanley Kubrick: Espartaco. La veracidad histórica se fue un poco al traste, pero ¿importa algo?

- ¿Reconocéis el cadáver o al hombre, en el caso de que aún viese, del esclavo que responde con el nombre de Espartaco?

- Yo soy…

- Yo soy Espartaco.

- ¡Yo soy Espartaco!