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 - ¿Quién eres?

 - Yo soy tu ángel, tu Padre es el Dios de la Misericordia, no del castigo, que te vio y dijo: ¿no eres tú su ángel guardián, pues ve a la Tierra y sálvale, que ya ha sufrido bastante?

Es evidente que la figura de Jesús sigue resultado hoy en día muy atractiva, a pesar de la mayor laicización de la sociedad porque parece que el personaje del Mesías se ha ido secularizando con el tiempo. De ahí que de la imagen del Cristo, hijo de Dios, que ha servido de objeto de adoración de los fieles, ha dejado paso a un nuevo Jesús más humano que nunca, al tratar los llamados "años perdidos" y fantasee con las posibles relaciones amorosas con María Magdalena.

La visión más arriesgada de Jesucristo nos la ofreció el sacerdote frustrado, reconvertido en director de cine, Martín Scorsese, adaptando la obra del cretense Nikos Kazantzakis, con guión de Paul Schrader (el habitual del cineasta norteamericano). En ella se retrata a Jesús (interpretado por Willem Dafoe) poniendo mayor énfasis a su naturaleza humana, con un tormento interior entre la duda y el sacrificio, que se impone a un hombre cuya existencia en la vida resulta de una dificultad sobrehumana. En la película, La última tentación de Cristo, Judas es un instigador frente a la dominación romana mientras que María Magdalena, es la mujer que representa los deseos y la pasión terrenal Jesús.

En realidad, la tentación que da título tanto al libo como a su adaptación cinematográfica es la de reflexionar en la posibilidad de la vida de Jesús lejos de la misión de Dios, en donde lleva una vida placentera y hogareña, en donde aparece Jesús como marido y padre de familia, con una vida anónima pero feliz.

Un capítulo interesante y que el cine ha abordado a cuenta gotas es preguntarse que ocurriría si el enviado de Dios hubiera nacido en nuestro tiempo. Delicado y polémico asunto que cuestiona si los mil años predicando la palabra de Cristo han servido para hacer un mundo mejor.

 - Pero bueno, ¿qué le harían si volviera otra vez?

  - Si Jesús volviera, no lo sé. Me temo que el mundo no haya cambiado demasiado.

El sueco Theodor Dreyer en su película Ordet (La Palabra) fue uno de los primeros en intentar responder a esta pregunta, mientras que ponía el dedo en la llaga acerca del anquilosamiento de la fe religiosa a base de convertirla en un ejercicio rutinario y en algo establecido.

- Malditos seáis por vuestra falta de fe, malditos seáis por no creer en mí, Cristo resucitado.

En Jesús de Montreal, del director Dennis Matred, pretende responder a una idea similar, pero partiendo, como recurso dramático creíble, de la puesta de escena de unos actores que montan una obra de teatro sobre su vida, sugiriendo que iba a ser tomado por un loco o un ignorante.

 - Todo el mundo sabe el final, señora, que muere en la cruz y luego resucita. No tiene ningún misterio, no es ninguna novedad.

En nuestro país, uno de los cineastas más hábiles de la postguerra, Saenz de Heredia,  realizaba una peculiar película con la pasión de Cristo como trasfondo, aunque el más destacado (y el más polémico) sea Luis Buñuel, en cuyo filme titulado Nazarín, un sacerdote pretende seguir los pasos de Cristo y dar una patada a un concepto del cristianismo acomodaticio.

-Llegó descalzo, igual que nuestro Señor Jesucristo, sálveme la niña padrecito, sálvemela.

 - Si no fuera por aliviar el dolor, aquí mismo la dejaba, pero, ¿cómo voy a hacer yo lo que no hace la ciencia?

- Si lo quiere puede hacer muchos milagros. Sí puede, sí. Haga la oración de Jesús sacramentado y sane a la niña, padre.

 La irregular película de Jean Luc Godard, Yo te saludo, María, que en su día provocó una gran contestación, es otra de las cintas que reflejan una reflexión de la espiritualidad en nuestro tiempo. Jesús nacería de una estudiante, empleada de una gasolinera, y un taxista.

 - ¿Es tu novia?

 - ¿Y a usted qué le importa?

 - Me importa un bledo, un bledo, pero vas a tener un hijo.

 - ¿De quién?

  - Yo no me acuesto con nadie.

 El acontecimiento mediático más importante de los últimos años vino marcado por la voluntad de un creyente en el mundo del espectáculo, Mel Gibson, quien arriesgó su propio dinero, enfrentándose a la opinión de los grandes estudios, para filmar La pasión de Cristo en arameo, el idioma de aquella época y aquel lugar. Más allá de la polémica que suscitó en su momento, se trata de una película impactante no sólo por la crudeza de las imágenes sino además por los valores estrictamente cinematográficos que presenta en pantalla. El filme, lujosamente ambientado y fotografiado se centra en un episodio concreto de la vida de Cristo, el extenuante castigo físico que sufrió el Mesías hasta su muerte en la cruz. Una de las influencias del director de fotografía procedía del pintor del Renacimiento italiano, Caravaggio. Acusada de antisemita o de bordear el sadismo, la película fue defendida a capa y espada por los estamentos del catolicismo, pues en última estancia retrata de una forma veraz la agonía de la figura central de la religión cristiana, al responder a la máxima de que al pagar por todos nuestros pecados tuvo que sufrir lo indecible. En cualquier caso, La pasión de Cristo, está llamada a convertirse en un clásico al que habrá que referirse con asiduidad.