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             Las tramas folletinescas, llenas de venganza y dobles identidades, en ocasiones conforman un discurso que debía dar explicaciones para que resultasen coherente. Por ello, en los noventa, a través de la Editorial Vértigo, se crearon varias sagas cerradas, con un nuevo cómic de autor para adulto, impulsado entre otros, por Frank Miller y Alan Moore, quienes han creado una serie de novelas gráficas, con unas historias que no desmerecen al estilo de sus viñetas.

                El violento universo, teñido en el blanco y negro, monocolor, aunque con una apariencia al gótico escenario de Gotham City, que Frank Miller diseñó en Sim City, destruye el estereotipo del superhéroe para sumergirse en una ambigüedad moral del personaje. A una sola tinta, la negra, sus héroes se humanizan como nunca antes se habían hecho, para demostrarnos cómo las diferencias entre el Bien y el Mal pueden ser de matices. Literariamente, los oscuros universos urbanos de Frank Miller se acercan a los de Raymond Chadler y Daniell Hallsmett, los mayores creadores del cine negro en la literatura, y gráficamente algunas de sus viñetas, que luego serían adaptadas al celuloide, tenían la posibilidad de estar en el MOMA, de Nueva York, junto a las obras de Andy Warhol.

                También de Frank Miller es la novela gráfica 300, sobre la batalla de las Termópilas, que como cómic responde a las necesidades del pemplum, más que su adaptación cinematográfica, que en mi opinión, traiciona por ello a los códigos propios del séptimo arte, con una película que recurre en exceso a su parte digital. Más complaciente resulta ser V de vendetta. La obra de Moore sirve de catarsis de los universos negros del cómic de Miller. Aunque Estados Unidos y Hollywood, en particular, sepan sacar partido de las críticas al sistema, integrándolas comercialmente en el mismo, Alan Moore rompe con el servilismo político de los superhéroe de la Marvel o la DC y se une a los fanzine antisistema, sobrepasando con creces la frontera de la corrección política. Mientras que DC Comics genera universos paralelos, en donde Metrópolis (en el caso de Superman) y Ghotam City, son metáforas más o menos cercanas de la ciudad de Nueva York, la Marvel integra sus historias en nuestro universo real, lo que permite que los personajes de la Marvel lleven a cabo sus hazañas en conceptos históricos y geográficos concretos. Así, por ejemplo, la portada del primer número del Capitán América muestra al superhéroe propinando un puñetazo en la geta al mismísimo Hitler, pero si los personajes de DC, Batman y Superman se unen a la lucha contra el nazismo, una vez acabada la II Guerra Mundial, regresan a sus mundos paralelos. No es así lo que sucede con la Marvel, cuyos superhéroes patrióticos, y embriagados de una ideología políticamente correcta se embarcan en nuevas historias para enfrentarse al enemigo comunista, con unos valores declarados que serán la democracia y la libertad. “Luchamos por la verdad, la justicia y el modo de vida americano”, decía el protagonista de la película Jóvenes ocultos, de Joel Schumaher.

           Así pues, el Capitán América se enfrenta con su alter ego comunista, el Guardián Rojo, mientras que Hulk nacía del sabotaje atómico de un espía soviético y Los Cuatro Fantásticos surgieron para responder a la carrera espacial de los Sputnik rusos. Con el desmoronamiento del comunismo y el fin de la Guerra Fría, los superhéroes de la Marvel reinventaron mitología convirtiendo a los villanos soviéticos en alienígenas, neonazis o maleantes dotados de superpoderes. Estaba cantado de que a raíz del 11 M, con el surgimiento del Eje del Mal, la galería Marvel se movilizaría para apoyar la invasión de Irak y posar en pijama junto a Donald Ranfeld.  Frente a estos, el superhéroe de la Marvel, Spiderman es un personaje no politizado cuyo cariz adolescente le hace centrarse en su conflictiva vida existencial, que le acerca a las tragedias griegas.

                No obstante, existen en el desarrollo de las tramas e identidades de estos superhéroes, elementos que lo acercan a otro pilar en donde se sustentan estos personajes. Se inspiran en los filmes de los años setenta cuyo argumento central giraba en torno a la figura del “vigilante”, presentadas como unos westerns urbanos. El vigilante era alguien que aplicaba la ley por su cuenta de manera violenta, al margen de la policía. En definitiva, resultaba al trasladar la ley de la frontera a las calles de una ciudad, como ocurría en los conflictos legales del Oeste americano, cuando los asaltos de maleantes y bandidos se solventaban con una mano rápida y un Colt 45. Pero la figura del vigilante se encontraba a medio camino entre la realidad y la ficción –recordemos personajes salidos del cómic como Daredevil o The Punisher-. Muy popular, sobre todo entre las clases medias y barrios modestos, debido a la desconfianza generalizada por el aumento de los crímenes comunes, hacia las instituciones encargadas de poner fin a los pandilleros, ladrones y agresores sexuales. Fruto de esta experiencia, surgieron grupos civiles, reclutados en el propio vecindario, para velar por su propia seguridad, respondiendo con contundencia a las agresiones. Una de estas organizaciones, Ranch Rescue, hoy por hoy sigue patrullando la frontera con México en busca de los ilegales que cruzan Río Grande.

             La cruzada contra la de delincuencia de los superhéroes trasciende la mera venganza, como vemos por ejemplo en el personaje de Batman. Al constatar que la policía no hizo nada por detener a los culpables del asesinato de sus padres y que todo el mundo, a su alrededor, vive con miedo, la rabia y su frustración desemboca en un deseo de limpiar la sociedad de escoria. El personaje de Batman, por citar a uno de ellos, a pesar de enfundarse en una máscara, presentaría un rostro de pétreo estoicismo, de misteriosa inexpresividad, al mismo tiempo que se cierne en él toda una tragedia: cómo un ser humano convencido en las virtudes de la civilización se torna en un bárbaro. Mientras que presenta una respuesta, en definitiva, catártica. Pero también los superhéroes denuncian los males que abruman a una sociedad imperfecta, así como la inquietante ineficacia del sistema; además de una cínica postura de los conflictos planteados de forma reaccionaria, e incluso, teocrática, en donde el desprecio al ser humano y la imposibilidad para la redención marcan los destinos de estos “villanos”, tan corruptos como para mecer la libertad.

                Superman, Batman y Spiderman han trascendido de las viñetas y el cine, convirtiéndose en iconos de la cultura pop. Conforman por ello un triunvirato en el que comparten características comunes, como ser huérfanos y llevar una doble vida. Pero en el que también existen notables diferencias. Mientras que Batman y Spiderman son terrícolas, Superman es un refugiado de Krypton. Al margen de la kryptonita, ese ha sido su talón de Aquiles, porque Superman es un superhéroe por definición y humano por accidente. Su naturaleza es diferente a la nuestra  por lo que su parte humana no deja de ser la impostura de un extraterrestre con problemas de identidad. Pero lo mejor de Superman es su laca, porque el flequillo de su frente no se doblega ni volando a la velocidad de la luz.

                Este no es el problema de Batman, porque más que un superhéroe es un superhombre con sed de venganza. Batman no posee superpoderes, todas sus habilidades han sido adquiridas tras mucho esfuerzo y un duro entrenamiento. Y la fortuna de Bruce Weinn nace de su brillantez en el mundo empresarial. Es en definitiva, la quintaesencia del superhéroe, el superhombre de Nietzche, enfundado en látex negro. Por eso, nos solidarizamos con Burton y su simpatía por los supervillanos, lisiados e inválidos, expulsados a las alcantarillas de Gotham City, cuyas frustraciones emergen violentamente en busca de la dignidad que la sociedad les ha negado.

                Si los superhéroes made in Usa son fruto de una sociedad que, a pesar de todo, sigue confiando en el individualismo, los patrios son fruto de una sociedad escéptica, cínica y chapucera, pero con un alto sentido del humor. Superlópez y el Cálico electrónico son los máximos representantes del superhéroe español.