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Ridley Scott se embarca en una historia de acción y mentiras con dos de los actores más solventes de la industria que, como telón de fondo, presenta el terrorismo islamista y la guerra de Iraq.

 Red de mentiras es una nueva forma de presentar la guerra contra el terrorismo, en esta ocasión, desde la perspectiva de un soldado/espía que cumple misiones en zonas conflictivas siguiendo órdenes directas de un superior, que vive a miles de kilómetros una vida acomodada e ignorante. Y para ello, toma dos aspectos fundamentales en Estados Unidos, desde el 11-S, la superioridad tecnológica y la llamada Patrioc Act, ley que restringe los derechos constitucionales para garantizar la seguridad nacional. Pero Ridley Scott reflexiona si esa tecnología –cuyos satélites convierten al mundo en una war rooms- es realmente eficaz. 

 La película propone una sugerente respuesta al respecto: los agentes de la CIA como Roger Ferris (Leonardo DiCaprio) luchan y son torturados en Oriente Próximo, mientras su jefe, Hoffman (Russell Crowe) le va dando órdenes por teléfono, desde su casa, mientras ayuda al niño a hacer pis o anima a su otra hija en un partido de fútbol, inconsciente de sus consecuencias. En realidad, una nueva crítica de los métodos utilizados por la Administración Bush.

 Que en menos de un año Ridley Scott haya estrenado dos películas (American Ganstern y la que nos centra) y que estuviera enfrascado en sus siguientes proyectos (una versión de Robin Hood, una más, protagonizada por su actor fetiche; un filme ambientado en la Guerra Fría y una cinta de ciencia-ficción) no quiere decir que el director se haya arropado de fuerza sobrehumana, sino que ha encontrado la fórmula para fabricar a destajo películas que resultan buenas.

 De este modo, el que en su día podría haber sido el heredero de Kubrick y autor de culto con tan sólo tres títulos, se ha pasado por completo al cine comercial, con calidad, con algunas señas de identidad. Historias en apariencia enrevesadas, pero que delatan una trama argumental gastada por el uso –la especialidad de William Monaha, uno de sus guionistas fetiches-; la vinculación con el actor Russell Crowe y un gusto por el perfeccionismo, que a veces resulta pretencioso (Sigurney Weaver se llegaba a quejar en Alien, que el director se preocupara más del atrezzo que de los actores).

                             

 Hablamos de un publicista de talento que se convirtió en un cineasta de culto. No hay cinéfilo que no recuerde uno de los momentos más emotivos del cine, ese monólogo del Replicante Nexus 6 de esa película que fue todo un hito de la ciencia-ficción y del cine negro.

 - He visto cosas que vosotros no creeríais. He visto rayos C brillar cerca de la puerta de Tanhäuser, naves en llamas más allá de Orión. Todos estos momentos se perderán como gotas de lágrimas en la lluvia, es la hora de morir.

 Blade Runner fue su tercer largometraje después de una meritoria ópera prima, Los duelistas, en donde demostraba su capacidad por la fotografía. Le siguió Alien, una cinta de ciencia-ficción y terror, que sentó las bases del género como su siguiente trabajo. Ya tenía un hueco en el Olimpo de Hollywood, con un preciosista gusto por los detalles y el tratamiento de la imagen, por los que alguien le consideraba como el sucesor de Stanley Kubrick. Pero entonces, dejó dominarse por la taquilla. Thelma y Louise, un road movie de mujeres fugitivas, sería otro de sus títulos destacados, aunque lo más significativo sea el brillo de los tapacubos de las ruedas en el polvoriento desierto. Esto es parte de las imágenes impactantes de sus filmes, como sucede en Red de mentiras: Los helicópteros brillan en el desierto, como los coches de Al-Qaeda. Imágenes realmente impactantes, agotadoras, una acción trepidante, explosiones, persecuciones, para una historia que se centra en el funcionamiento de una red de espionaje. Una maraña de personajes con problemas de conciencia, que torturan, matan o son torturados, y que mienten.

 - Recuerde lo que dijo no se quién, en Italia del Renacimiento dieron los Borgias, Miguel Ángel y Leonardo; mientras que en Suiza, doscientos años de paz y democracia. ¿Y qué dieron? El reloj de cuco.

Este diálogo de El tercer hombre es un buen ejemplo de lo que pasa por la cabeza de los personajes principales.

 - Sadiqui está muerto.

- Lo sé, lo he matado yo.

- ¡Ah amigo, eso no es un suicidio! ¿vale?

                             

 Otra cosa es que convenza más o menos, que transcienda (¿qué más da el mensaje?), si la consideramos junto a otras películas con tramas similares, como por ejemplo, Syriana (Sthephen Gagham) o Juego de Espías (Tony Scott). Sin embargo, el filme termina decepcionando por su veloz ritmo narrativo, como thriller-laberinto político entre Qatar, Bagdad, Manchester y desayuno urgente en Virginia, como ocurría en Siryana, pero en esta ocasión nada emotivo interrumpe la velocidad de tramas de la película. Y sobre todo, la inclusión de “mentiras” en el título, nos muestra una obviedad: saber que ninguna información que nos de es de confianza, lo que transforma la historia en una simple espera de la próxima sorpresa. Porque parece que Ridley Scott sabe manejarse mejor en escenarios de historia antigua (Gladiator) y ciencia-ficción que entre conflictos recientes (Black Hawk derribado).