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Yippee-kay-ay. Con el grito más famoso del cine de acción, volvemos a una saga llena de explosiones, montaje por doquier y gente a porrillo.

Como se podría sospechar, el primer elemento es el terrorismo. Hagamos memoria: una célula militar rebelde tomaba el aeropuerto de Dulles, Wahsington, en plena operación salida de las vacaciones de navidad (Jungla de cristal 2: Alerta roja, Renny Harlim); en la tercera parte McClane deberá verse las caras con el terrorista de origen aleman Simon Gruber, que reparte bombas por New York, con la idea de vengar la muerte de su hermano Hans, un espléndido Alan Rickman, que aparecía en la primera película. Difícilmente se puede superar la interpretación de Alan Rickman en la primera Jungla de cristal, pero Bruce Willis se ha enfrentado a villanos de la talla de Jeremy Irons, a pesar de ser la peor de la saga. Ahora, la elección de Timothy Olyphant (de la serie Underwood), sea quizás uno de los mayores handicap de la película, por resultar demasiado blando para ser rival de Bruce Willis, lo que lleva que este peso recaiga en Maggie Q, que protagoniza una escena de pelea con John McClane que nada tiene que envidiar a las chicas de Tarantino.

En el otro lado encontramos a los personajes que ayudan e incluso entorpecen a John McClane. Desde el primer título, recibe la ayuda de un don nadie que resulta esencial para que el personaje no lo pase tan mal, lo que acerca a McClane y su saga al lejano Oeste, como si se tratase de un western crepuscular y posmoderno. De hecho abundan los guiños al género de aventuras en general y al western, en particular, encontrando en estos personajes secundarios una cercana referencia a los filmes de John Wayne, como Río Bravo, en donde tenía como ayudantes a unos particulares individuos, un borracho y un vejestorio. Siguiendo esta idea, John McClane se verá ayudado, directa o indirectamente, por un simpático sargento de la policía, Powell, interpretado por Reginald Veljohnson (el carismático protagonista de la serie Cosas de casa) hasta por un empleado de mantenimiento de aeropuerto, o un padre y humilde afroamericano de Harlem, para acabar con un hacker de aspecto físico más que debilucho, interpretado por Kevin Smith.

En este sentido, John McClain lleva luchando contra terrorista desde que en los años ochenta decidió sacar músculos y vestir la camiseta de tirantes al estilo de Stanley Kowalsky (el protagonista de Un tranvía llamado Deseo) y ponerse a pegar patadas, puñetazos o lo que sea, para hacerse un currículum de hombre duro, con el poder de seducción de su sonrisa y su pose, construyendo un personaje que era capaz de liarse a tiros y soltar un sotarrón chiste unos segundos más tarde. Además de presentar una acción más realista que las cintas de Silvester Stallone o Arnold Swarzennegger, así como de James Bond, que salían de mil y un apuros sin apenas despeinarse. Esta constante es mantenida en las cuatro entregas de la saga, al igual que la capacidad de McClane de soportar todo tipos de golpes, con sangre por los cuatro costados y de mostrarse derrotado, con las fuerzas al límite, incapaz de soportar la dura prueba de enfrentarse solo a todo un ejército. Si

En la primera entrega encontramos numerosas referencias cinéfilas. Parte de su argumento remite al clásico del cine de catástrofes, El coloso en llamas (John Guillermin e Irwin Allen), sucediéndose en un imponente edificio, en concreto entre las plantas 33 y 34 del rascacielos. Sin embargo, a diferencia del protagonismo coral de ésta, Willis se convirtió en el héroe absoluto de una trama que arranca durante la celebración de Nochebuena en las dependencias del Nakatomi, una multinacional japonesa que acaba de firmar el negocio más lucrativo de su historia. Allí, en la sede norteamericana, trabaja como ejecutiva su esposa, Holly (Bonnie Bediella), una de las víctimas de un grupo terrorista liderado por Habs Gruber (Alan Rickman), sin saber que se había colado un marido optimista y resuelto. Esta es la base del argumento de la película y el momento en que empieza la odisea de McClane, que después de comprobar la ineptitud de la policía -con la que se comunica a través de un wallkie-talkie- se percata de que sólo él podrá detener a las conspiraciones que ponen en jaque la vida de su esposa.

- Soy el sargento Powell o lo que queda de mí. ¿Puede identificarse?.

- Ahora no, puede que luego, esta línea es vecinal y los vecinos están locos por apretar el gatillo. Escuche con atención, tienen treinta rehenes en la planta 30.

Una de las referencias de las que se hacía mención es a La naranja mecánica (Stanley Kubrick). Los terroristas, supuestamente alemanes, interpretados por actores europeos, cuentan con unos diálogos en un alemán lleno de errores gramaticales y sinsentidos. Para acabarlos de ambientar, durante las conspiraciones se oye de fondo la novena sinfonía de Beettoven, e incluso, algunos de esos personajes canturrean Cantando bajo la lluvia.

Jungla de cristal posee una de las interacciones entre héroe y villano más interesantes del séptimo arte. Hans Gruber le pregunta a John si es "sólo otro americano que vio demasiadas películas de niño, otro huérfano de una cultura en bancarrota que se cree Rambo". John dice sentirse más cerca del vaquero Roy Rogers. McClane es por tanto, fruto de la mitología cultural del héroe americano. En este sentido, la principal referencia cinéfila del film será Sólo ante el peligro, presentado al personaje de McClane como al sheriff Kane del clásico de Fredd Zinneman. Al igual que Bruce Willis, Gary Cooper llegó a pedir ayuda a unos tipos que le negaban con alevosía. E incluso se hace un recurrente guiño:

-Al final, John Wayne no se irá con Grace Kelly.

- Ese es Gary Cooper, inculto.