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El sueño humano por encontrar algo que le ayude a preservarle en el paso del tiempo y así obtener la inmortalidad, ha sido una de las aspiraciones y deseos que el cine ha plasmado con mayor entusiasmo y juicio crítico. Sobre todo recordamos aquellas películas que han tenido como argumento la búsqueda del Grial, objeto de culto del cristianismo que ha sido una de las bases míticas de este anhelo, en filmes como Excalibur (John Boorman) e Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg), e incluso el mismo sueño se observa en El dorado (Carlos Saura) con la epopeya de Lope de Aguirre y la llamada “fuente del agua de la vida”. Con la llegada de los nuevos tiempos, este deseo milenario se convirtió en el negocio redondo para aquellos que conocían la fórmula de la inmortalidad, como sucede en la comedia de Robert Zemeckis, La muerte os sienta tan bien.

- Si bebe esta poción no envejecerá ni un solo día, sino la bebe verá como se pudre lentamente.
 - ¿Cuánto cuesta?

 El trabajo de Darren Aronofski entronca con las anteriores películas al moverse entre el terreno de lo cotidiano, lo mítico y lo místico; de ahí que el director decidiera dividirla en tres, una historia real, otra surgida de la imaginación de la actriz protagonista y una llena de simbolismo, que no se adecua ni al tiempo ni al espacio. Con esta curiosa manera de presentar el film, Aronofski se sumerge en esta búsqueda atemporal que es la inmortalidad, simbólica o no, para sustentar el argumento de la película que tiene como protagonista a un médico, interpretado por el ya consagrado Hugh Jackman, que lucha contrarreloj para encontrar un remedio para el cáncer que padece su esposa.

- No, tengo miedo.
- Lo siento.
 - No sé lo que me pasa, he perdido la sensibilidad. Me siento diferente por dentro, lo sé, me siento diferente.

 Corre a cargo del personaje de Jackman encarnar la forma dramática con que la sociedad afronta la muerte y el paso del tiempo. Viéndose acorralado entre el pánico que le subyuga por el hecho de perder a su esposa para siempre y su obsesiva y ciega lucha por mantenerla con vida a toda costa. Pero mientras él se mantiene obsesivo, ella va aceptado poco a poco su destino y se prepara para la muerte con sorprendente serenidad. En un detalle de la película, el personaje femenino le entrega un regalo a su marido, con el deseo de tranquilizarle.

Es una historia de amor y muerte, en donde el director propone dos formas distintas de afrontar un mismo suceso y como ocurre con el Ging- Gang, el argumento se polariza entre dos formas de observar la trama. Él representa la clásica condición del ser vivo por negarse a aceptar el orden natural de las cosas, que unido al carácter científico de médico, le relaciona con uno de los mitos de la literatura europea, el de Fausto de Goethe, trasladado al celuloide por Murnau. Por otra parte, su lucha contra la muerte, con tildes románticas, se acerca al personaje femenino de uno de los clásicos del expresionismo Las tres luces (Fritz Lang).

Pero ella representa todo lo espiritual, el equilibrio, la candidez. Es portadora de todo lo que hay de místico en esta película, que no es poco, pero sí de muy cuestionable valía. De ella surgen dos mundos paralelos a la realidad, sobre todo cuando Aronosfki roza conceptos judaicos abstractos como la Vida en el Edén y su relación con el Árbol de los Sephirots cabalísticos. Para presentarnos una historia muy parecida a la búsqueda del santo Grial, que más tarde filtrea con los mayas, la meditación budista y la hermenéutica pura y dura. Pero si creen que para entender todo este batiburrillo seudointelectual, como compendio de sabiduría, hace falta ser un iluminado, se equivocan. Toda la verdad puede hallarse comprendida en el dorso de un bote de gel para la ducha. Leemos: “Zen es la filosofía oriental por la que el hombre forma parte de lo que le rodea y a través de la concentración de la mente, la conciencia del cuerpo y la calma del espíritu, retoma la naturaleza original”. Visto lo visto, Darren Aronosfki conoce la totalización de las ideas, cosas de la globalización, pero entre Fausto y el exotismo intelectual de la nueva película, nos quedamos con Fausto.

 Con tan sólo tres películas en su exigua filmografía, el cineasta se ha convertido en toda una firma respaldada por el entusiasmo tanto de crítica como de público, conectando con las generaciones de espectadores contemporáneos a él. Gracias a la puesta de escena y a los elementos visuales de su opera prima, Réquiem por un sueño, con su interesante análisis de la adicción, sea del tipo que sea, Aronosfki conectó con una generación que ha hecho de sus películas un clásico imprescindible de una época. Si Tarantino conquistó los noventa, Darren Aronofski es el dueño de la imaginería más actual, aquello que los jóvenes de comienzos del nuevo siglo demandan.



 Pero si Réquiem por un sueño sería la película que le hizo ganarse un hueco en el cine indie, fue Pi la que se ganó a público y crítica, sobre todo, tras su paso por Sundance. Y no fue para menos, porque Pi, que estaba rodada en blanco y negro, sabe aunar con perfección ciencia y religión. La clave de la genialidad de su guión radica precisamente en aquello que el director había olvidado en su última película, la abstracción.

 - Antiguamente se utilizaba el hebreo como sistema numérico, cada letra es un número. En hebreo la “a”, la aleph, es 1, la “b”, beth, 2, ¿lo entiendes?. Pero hay más. Todo está relacionado. Por ejemplo, “padre” es aleph y beth, es 1 y 2, que da 3. ¿Lo ves?. Y, ahora “madre”, es aleph y menth, 1 y 40, 41. 41 más 3, 44. Pues mira, la palabra “hijo”, madre-padre-hijo, es 10 y 34, que da 44.

 A través de las matemáticas, la ciencia y el estudio de los valores numéricos que contiene la Toràh y sus significados, Aronofski mostraba como nadie había presentado antes, un universo desconocido para muchos, en el que se limitaba a moverse como pez en el agua para conseguir resultados de una gran profundidad intelectual. El joven director norteamericano realizó una película con un significado religioso y humano más hondo de lo que pueda parecer a primera vista. Y su acierto fue hacer de Pi un film que gustase tanto a creyentes como ateos, porque nos libera de las ataduras conceptuales de la simbología. Precisamente este es el fracaso de su último trabajo en la dirección, La fuente de la vida, explicar con alegorías lo que sería mejor llegar al espectador con su propia reflexión.