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"Cuando Platón dio la definición del hombre como la de un bípedo implume y obtuvo la aprobación de los demás, Diógenes el cínico le arrancó las plumas a un gallo y lo llevó a la Academia con estas palabras: Este es el hombre de Platón".

 El chascarrillo lo relata Diógenes Laercio en su Vida y opiniones de los filósofos más ilustres. La anécdota viene a cuento del último alumno del cinismo: Jacques Vergès.  El cine de Barbet Schroeder está lleno de monstruos, ya sea desde la visión documental (General Idi Amin Dada, Charles Bukowski) o de la ficción (El Misterio Von Büllow); en este sentido, Jaques Vergès, el protagonista del documental, es un abogado que confraternizó con algunos de los personajes más abyectos de la segunda mitad del XX.

 Antes de que aparezcan los títulos de crédito, vemos al letrado Vergès darse un acalorado abrazo con Pol Pot, líder de los jeremes rojos camboyanos, amigo y compañero de estudios en París. "Siempre enseñan las mismas treinta calaveras, no creo que se trate de un genocidio", dice, a continuación. No podemos decir que el director no toma partido, pero a diferencia de Michael Moore y otros, el autor se retira para que sea el protagonista el que desglose sus motivos.

No se trata de ridiculizar al interpelado, como hacía, por ejemplo, Michael Moore. Valdría la pena citar, en este sentido, a Morgan Spurlock (Super size me) sobre la comida basura o Chris Bell (Bigger, stronger, faster), acerca de la obsesión por la búsqueda de la perfección en el cuerpo humano. Estamos en la antítesis de la bufonada como panfleto, que resulta divertida, ciertamente, de Bowling for Columbine. Recordemos la escena en la que Moore deposita una flor junto al retrato de una niña asesinada, delante de la casa de Charlton Heston. El panfleto se convierte en un ejercicio de reconocimiento colectivo: un chiste con el que reírse en compañía de amigos. Que resulta innecesario. Si estás de acuerdo con las ideas de Michael Moore no hace falta hacer tanta saña. Así sus películas, desde Roger and me (su mejor trabajo) a Sicko o Fahrenheit 9/11, no inquietan como las de Schroeder.

 El director de películas tan populares como Medidas desesperadas o La virgen de los sicarios, en realidad, no hace un documental al uso, porque no suele usar muchos de los recursos habituales del género, por ejemplo, la voz en off. Sus trabajos no se acercan a la técnica del "mondo films" (falsos documentales con un tono ingenuo por el sensacionalismo) y tampoco es uno de esas películas impelidas por la urgencia de la denuncia como Invisibles, documental colectivo, y Una verdad incómoda, de David Guggenheim, y no de Al Gore, como se cree.

                          
 
Quizás se acerca más al estilo de Oliver Stone (Comandante) con una larga entrevista con Fidel Castro, y sobre todo a la filmografía de Errol Morris (Rumores de Guerra). En este sentido, Standard Operating Procedure mostraba las entrevistas guiadas a cada uno de los protagonistas de la famosa prisión iraquí de Abu Ghraib.

-Ese día cumplí 21 años.

 Como ya hemos señalado, la filmografía del director alemán siempre ha sentido fascinación por la ambigüedad del mal. En este sentido, es muy coherente que se haya acercado a una personalidad abarrotada de claroscuros, difícilmente etiquetable como la de Vergès. Personaje que maneja el sarcasmo y hace una puesta al día del cinismo clásico. Un virtuoso de la dialéctica, con quien los adjetivos maquiavélico o inquietante, reciben pleno sentido. Un personaje asociado al derramamiento de sangre, aunque su única herida de guerra se la provocó la apertura de una ostra.

- “Yo amo la Francia de Montagine, de Diderot, la Revolución, y me es completamente insoportable que todo esto pueda desaparecer”.

Se sabe que fue el abogado de Djanila Bouhired, la condenada a muerte que simbolizó la lucha de Argel contra el contra el colonialismo francés, de los fedayín, de la Baader Meinhoff, de Carlos el Chacal, de Klaus Barbie. Vergès, hijo de una vietnamita y de un diplomático francés, siempre se ha sentido en guerra contra los imperialismos. Un personaje del que podría hacerse una novela al estilo de un John Le Carrè en estado de gracia.

Como resultado, más de dos horas de metraje, El abogado del terror es un filme de obligada visión no sólo por su tremendo valor histórico sino, sobre todo, porque nos encontramos con cine de mayúsculas. Sólo por eso, habría que celebrarlo. Lo demás, mojigatería. Como decía Borges: "la pedantería de contar la verdad".