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  Como se puede observar, la ciencia-ficción no sólo no ha decaído desde sus primeras representaciones en el celuloide como Viaje a la Luna (George Meliés) o Metropolis (Fritz Lang), sino que el cine no ha dejado de reflejar la preocupación del ser humano por lo que nos deparará el futuro, articulando muchas de las tramas de algunas de las películas más taquilleras de los últimos años. Los más freaks del género no tienen excusa: zombies, robots y alienígenas amenazan con llenar las salas; lo que da ocasión para repasar un género que ha interesado al séptimo arte desde sus primeros compases, aunque fuese en los años cincuenta cuando fue reivindicado como tal.

 "Es hora de que corra la voz. La voz de... pánico".

 La ciencia-ficción encontró campo abonado en el miedo y la psicosis de la era atómica, la amenaza roja, el terror al holocausto nuclear y las consecuencias de la carrera espacial, que estaban muy presentes en un nuevo género que se inició en 1951 con dos obras maestras.

- No nos interesan los asuntos internos de vuestro planeta. Pero si amenazáis con extender vuestra violencia, la Tierra quedará reducida a un montón de cenizas.

     

Con Ultimatum a la Tierra, Robert Wise, se adelantó a la previsible utilización política del género para alertar sobre las consecuencias del armamento nuclear. Homenajeado por Tim Burtom, en Mars Attack, sus espectaculares efectos especiales quedaron grabados en el subconsciente de varias generaciones.

- Por fin hemos cazado uno.

- ¡Un platillo volante!.

- ¿Pueden ver algo desde el hielo, desde donde están?

- Sólo el contorno. Yo sólo veo una masa oscura. Parece completamente liso, ni puertas, ni ventanillas.

El enigma del otro mundo es la otra gran obra seminal del género. En ella Christian Niby relata la odisea de un grupo de investigadores que descubren un platillo volante enterrado en el hielo antártico. Antecedente claro de Alien, El enigma de otro mundo, tuvo un más que digno remake de la mano de John Carpenter, con The Thing (La cosa). El filme inició el ciclo de "filmes de criaturas", en los cuales alienígenas y mutantes monstruosos amenazaban con el futuro de la civilización. Otro de los filmes en esta línea, La masa devoradora, era el paradigma de las películas bobaliconas de serie B. Pocas veces se ha visto en el cine (desde Stuff, el yogur asesino y la saga de los tomates homicidas) algo tan ridículo como una masa de gelatina roja llegada del espacio exterior que devora humanos. Sobre todo cuando es Steve McQueen el encargado de detenerla bajo la dirección de Y. S. Yeaworth. Hoy se recuerda la película por su eslogan. "Corre, no andes, cuando huyas de la masa".

Precisamente fue Carpenter el encargado de actualizar otro de los clásicos de los años sesenta, El pueblo de los malditos, cuyo original anunciaba el final del ciclo extraterrestre. Todas las mujeres de un pueblo se quedan embarazadas repentinamente y dan a luz a una raza de extraños bebés.

- La pregunta que os iba a hacer es: ¿sabéis si existe vida en otro planeta?.

Los años cincuenta fueron una década de pánico tecnológico, pero también de la amenaza comunista. El Comité de Actividades Antiamericanas del senador Joseph McCarthy aterrorizó durante años a civiles inocentes en su afán por buscar Rojos hasta debajo de la cama, contagiando su paranoia a una nación entera. La obsesión anticomunista de los americanos no tardó en llegar a Hollywood e historias de comunistas infiltrados empezaron a colarse en los cines, a menudo maquilladas con elementos sobrenaturales propias de la ciencia-ficción.

- Deje que trate de explicárselo todo, estamos ante un misterio.

- Por supuesto. Y extraordinario. ¿De quién es el cadáver y dónde está ahora? Un misterio completamente normal.

En el McCarthismo y la caza de Brujas encontramos el componente ideológico de la primera adaptación, a mediados de los años cincuenta. De impecable factura técnica, muy superior a los standars de la época, la obra de Don Siegel no necesitaba describir entre líneas que la ideología del invasor es la del enemigo comunista, pero eso sí, muchos observaron en su historia el contexto de los primeros compases de la Guerra Fría.

- De repente, cuando estéis durmiendo os absorberán vuestros cerebros, vuestros recuerdos y volveréis a nacer en un mundo sin preocupaciones en donde todos serán iguales.

- ¡Vaya un mundo!.

En este sentido, La invasión de los ladrones de cuerpo es uno de los títulos inaugurales de una manera de plasmar esta psicosis que sería imitada hasta la saciedad, tanto que se hicieron diversas secuelas de este clásico dirigido por Don Siegel. Si fueras alien (léase, comunista) y quieres invadir la Tierra (o los Estados Unidos), ¿por qué exponer tus platillos volantes a las flamantes armas nucleares humanas?. En un film anterior, Ultimatum a la Tierra, Robert Wise ya había previsto un tema similar, la llegada de alienígenas a nuestro planeta, aunque con un sentido marcadamente diferente, pues Klaatu (el visitante) y Gort (el robot que le acompañaba) no venían a destruir la vida en la Tierra sino a advertirnos del peligro nuclear.

De ahí que la nueva propuesta sea la de una invasión lenta y encubierta, infiltrándose discretamente en la sociedad, eligiendo para ella una ciudad pequeña y tranquila, como Santa Mira, California, en la cual iban a llevar a cabo un plan tan diabólico como eficaz, reemplazar a los ciudadanos, de manera lenta pero sin riesgos, por clones cultivados en vainas especiales. De este modo, los seres humanos serían absorbidos por una masa homogénea sin sentido del humor, ambición ni humanidad (veáse el comunismo). En este sentido, la escena en la que Kevin McCarthy descubre una vaina que contiene su cuerpo a medio clonar es escalofriante, como también es muy representativa la última escena de la película, cuando le personaje principal llega a la autopista, después de una larga persecución y detiene a gritos a unos conductores.

- ¡Ya están aquí! ¡Tú eres el siguiente! ¡Eres el siguiente!.