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 Hay algo engañoso en las películas del británico Joe Wright, porque detrás de la apabullante puesta de escena, la pulcritud formal y la fidelidad a los originales que adapta, se esconde un mundo de sentimientos turbulentos. El realizador nos sitúa en una armonía quebradiza y rutinaria, que al mismo tiempo resulta ser tranquilizadora y angustiosa. Nos presenta, de esta forma, como si dos capas de la realidad, la ideal y la vivida, la soñada y la posible, circunscriben a los personajes de sus filmes. Así, celos, intrigas familiares, envidias infantiles, revelaciones interpretativas e incluso sospechas de plagio se dan cita en Expiación, que nació primero como una muy digna novela, luego película del año en el Reino Unido y hoy, una aclamada cinta que ya fue presentada en el Festival de Venecia. Una historia de amor, de esas que se alargan a través de los años, que atraviesa el tiempo y que intentan superar distancias. Keira Knightley se consagra en el filme sobre la doble moralidad británica antes de la Segunda Guerra Mundial, interpretando a un personaje que ve el peligro del amor de su vida por una falsa acusación de su hermana contra su prometido, un drama con trasfondo de lucha social analizado por Joe Wrigth, el autor de Orgullo y prejuicio.

 - Resulta que Robin, el hijo del ama de llaves, cuyo padre se esfumó hace veinte años acudió a una escuela por una beca, el hijo del amo Cambridge, y lo hizo al mismo tiempo que ella. Durante tres años no me habló, no me dejó ni acercarse a los señoritos de sus amigos.

Inglaterra, verano de 1935. Fiony Stalle y su familia viven en una mansión victoriana ajenos de la creciente amenaza de la Segunda Guerra Mundial. Fiony, con tan sólo doce años es una escritora en ciernes dotada de una imaginación prodigiosa. Una serie de malentendidos harán que acuse a Robin Turner, el hijo del ama de llaves y amante de su hermana Cecilia, de un crimen que no ha cometido. La falsa acusación cambia dramáticamente el curso de sus vidas. Este es el punto de Expiación, más allá de la pasión, un melodrama marcado por la culpa, la pulcritud estilística y un extraño deseo de redención a través del reconocimiento de los errores, a través de la escritura. Más allá de lo obvio (las dos películas de Wright son adaptaciones literarias, ambas están situadas en el pasado y están protagonizadas por la actriz Keira Knightley) entre Expiación y Orgullo y Prejuicio hay algunas coincidencias. Por ejemplo, no deja de ser una mera curiosidad que el escritor Ian McEwan iniciase su novela con una cita de Jane Austen, concretamente de su relato póstumo La abadía de Northanger. Como también reflejan, desde puntos de vista diferentes, pasiones humanas abocadas a la desdicha por motivos epicúreos como la envidia o la estupidez.


                       
Si nos fijamos en la literatura o el cine, podemos comprobar lo forzado de buena parte de los finales. La ética del happy end parece regir las producciones que llevan el sello de Hollywood, si nos referimos al séptimo arte. En el caso de las dos películas dirigidas por Wright, y sobre todo está última, nos encontramos con historias con un falso final feliz que se interroga a sí mismo sobre la moralidad de la tergiversación de los hechos que han dado pie a la narración de dicho final. Ese es el verdadero tema de Expiación, la historia de una escritora que se ve forzada a corregir sus errores mediante su obra escrita. Este personaje está interpretado por dos actrices, la adolescente Saoirse Ronan y la veterana Vanessa Redgrave. La segunda ejerce como narradora, -el filme es un largo flash-back-, de unos hechos sucedidos a mediados de los 30. Esta manera de contar un relato ha sido muy aprovechado por buena parte de historias, trasladadas al celuloide, compartiendo todas ellos, sino una nostalgia, sí una forma de redención. Por ejemplo, este mirar atrás en el tiempo es el punto de partida de El paciente inglés (Anthony Minguella), que reúne en una villa de la Toscana a unos personajes, una enfermera dedicada al cuidado de un hombre con el cuerpo completamente quemado (Ralph Fiennes), pero también de la versión de Titanic (James Cameron), La milla verde (Frank Darabont) o El hombre que mató a Liberty Wallace (John Ford). En el caso de Expiación, la futura novelista acusaba falsamente a Robbie Turner (James McAvey) de violación, condenando su vida al desastre y separándolo del amor de su vida. El clasicismo de la sociedad británica (las hermanas pertenecen a la alta sociedad mientras Turner es el hijo de unos empleados de la mansión) se suma la maldad o la torpeza de una chica de trece años que, sin saberlo, es capaz de hacer un daño terrible que le pesará toda su vida.

 Pero, en contra de las apariencias, son películas diferentes. Expiación es mucho más compleja y sofisticada que Orgullo y Prejuicio. En esta sólo había una línea narrativa, aunque hubiera muchos personajes. La obra de Asuten es más clásica, mientras que la novela de McEwam resulta una historia contemporánea que nos acerca al pasado.     
         

Uno de los retos del director fue mantenerse lo más fiel posible a la obra original Expiación, más allá de la pasión se divide en tres partes, argumental y estilísticamente hablando, y Joe Wright hace patente las diferencias de cada una de ellas, derivando a unos tonos más sombríos al tiempo que avanza la historia. La primera retrata la privilegiada y agradable campiña inglesa, basada en el montaje y muy bien trabajada a nivel de guión, mientras que en la segunda parte la sitúa en la guerra, por lo que la iluminación y la fotografía sufren más cambios y la cámara en mano da un pretendido realismo a la acción. El uso de la palabra prácticamente desaparece en detrimento de un fluir de imágenes de singular fuerza plástica. Una de las referencias que encontramos, entonces, además de la citada El paciente inglés es David Lean, concretamente, Breve encuentro, y Bernardo Berolucci (El inconformista), pero también trabajos de fotógrafos de guerra, lo que daría pie al director tomar material documental. Esta segunda parte del filme, en el que destaca el largo plano-secuencia, ejerce de retrato de una derrota. Con toda esa gente herida o muerta, las ruinas, el sacrificio de los caballos, una impactante imagen bélica que nos lleva al tercer acto de la película. Entonces, la acción se traslada al hospital y a las terribles consecuencias de la guerra, un mundo de dolor, angustia y sufrimiento.

 - ¿Por qué no quieres que lo lean?

- Es que aún no la he acabado.

En este caso en particular, parece que el realizador se mantiene muy fiel al espíritu de la novela, por ejemplo ha mantenido la estructura en tres partes, tal y como sucede en el original. Sobre todo cuando en todo proceso de traslación de una obra literaria a su versión cinematográfica se produce un proceso de demolición para convertir ciento treinta mil palabras en un guión de ciento diez páginas, unas ciento veinticinco mil palabras. Lo que sucede es que la novela es complicada a la hora de trabajar un guionista por ser un relato muy intimista que penetra en la conciencia de varios de los personajes.

 Como buen producto británico, la ambientación histórica, la actuación clásica y la continencia dramáticas lucen aquí, junto al trío protagonista y la fotografía. La excelencia de esta última hace fluir sin estridencias una trama que a veces resulta atropellada. Se da la sensación de que faltan minutos. Y es que no hay una forma más razonable de adaptar el relato de Ian McEwan con un metraje menor de tres horas y salir airoso. Sin embargo, tanto el realizador como el guionista hacen un magnífico trabajo, de este modo, la citada confrontación entre literatura y séptimo arte, no sólo han construido una emocionante historia a partir de un soberbio libro, sino aportan un final que en la novela era sobresaliente y que en imagen, alcanza una nueva plenitud.