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 Película bastante infravalorada, aunque imitada hasta la saciedad, que cierra una de las trilogías más conocidas del western, la de “El hombre sin nombre”, inscrita dentro de un período de reflexión y crisis del cine italiano, entre el maravilloso neorrealismo y la nueva generación que comenzaría con Federico Fellini. Y serían estos spaguettis- western los que triunfarían en aquellos momentos, sobresaliendo ante los mediocres filmes de terror de Mario Bava y los nefastos pemplus de los sesenta. Se llaman spaguettis-western, y no western, a secas, porque Sergio Leone, - director poco conocido: tan sólo había dirigido El coloso de Rodas, además de ser el segundo operador de grandes cineastas -, presentaría una nueva forma de plantear el género, tanto que algunos lo han tachado de desmitificación o parodia del western. Por ejemplo, cuando en España se estrenaba Por un puñado de dólares, la televisión emitía las series de Bonanza y El Virginiano. Entonces, no estábamos ante nada que podría asemejarlo. No era del Oeste, ni una vaquerada, ni una de indios y vaqueros. Además, tuvo una gran influencia del cine japonés de Akira Kurosawa, de Los siete Samurais y Johimbo, de los fijei-gheki, pero también del cine de Ozú.

Destaca por una serie de características incondicionales en la trilogía de Sergio Leone: la yuxtaposición de tomas largas con planos cortos, la coreografía lenta y despiadada de sus duelos, la presencia paisajística del desierto almeriense de Tabernas, la música habitual de Ennio Morricone y el protagonismo del solitario, introvertido y falto de escrúpulos, Clint Eastwood, que arrancaba con estas películas una carrera artística, cargada de acción. La violencia a raudales, pero no tan desarrollada como otros directores como Sam Pekimpah, con unos primeros planos impactantes.


La historia centra a dos individuos, marcados por la extravagancia y la violencia, a Clint Eastwood, “el hombre sin nombre” y a un pistolero de baja estofa llamado Tucco (Eli Wallach), que aunque se odian están condenados a entenderse. Primero porque sabían sacar provecho al precio de sus cabezas, pero sobre todo porque se vieron obligados a entenderse: “Yo dormiré tranquilo porque sé que mi peor enemigo, vela por mí”, confiesa el protagonista en un momento de la película, sobre este aspecto. En busca de un cofre con doscientos mil dólares en oro, uno conoce el lugar donde está enterrado, el nombre de un cementerio, mientras que el otro, el de la tumba. Esto le llevaría a una intensa aventura, con la Guerra civil y numerosos tiros de por medio, siguiéndoles de cerca un violento Lee Van Clift (Sargento Sentencia) que se entera de la historia del dinero y que se topa con ellos, cuando caen desafortunadamente en un campo de prisioneros de la Unión, tras suplantar a unos sujetos que se habían encontrado en el desierto.

Pero a pesar de la violencia y soledad de los personajes protagonistas, se ve una cierta vinculación con los suyos, como por ejemplo en el interés que siente Tucco por su hermano Pablo. “Es una tranquilidad para un hombre como yo que aunque llueva o truene haya un plato de sopa esperándote”, declara cuando abandonan la iglesia, donde su hermano era fraile y en donde encontramos uno de los mejores discursos de la película, que explica el porqué de la necesidad de aquella vida al margen de la ley: “Te crees mejor que yo, pero en este mundo si quieres sobrevivir o te haces fraile o te haces bandido. Si tú te has hecho fraile es porque eres un cobarde para hacer lo que yo hago”.

La estética, el poncho de Clint Eastwood, la música o la característica fotografía de la cámara de Leone, son en definitiva los elementos que perduran de su trilogía. Sobre la música, es curioso como cada personaje se relaciona con un tipo de instrumento, como ocurrirá con Charles Bronson, en el siguiente film, Hasta que llegó su hora, con la harmónica. La cámara sobresale por su gran novedad en el cine, la someridad con que trata sus planos, a lo que no se estaba acostumbrado, pero que no aburre. La misma técnica que llevaría a su expresión extrema y manierista, en la citada obra maestra.  Por ejemplo, se observa en el lento goteo, al comienzo de la película, en la estación del ferrocarril, con el pesado ruido de las veletas, de fondo.

 También es curioso como no emplea mujeres protagonistas en sus western, con la única excepción de Claudia Cardinale, que centra el film, antes mencionado, Hasta que llegó su hora. Protagonizada por Charles Bronson, Henry Fonda y Claudia Cardinale, esta película de Leone resulta ser la exposición de su estilo a la novena potencia. Pensaba dirigir una nueva trilogía sobre el origen de los EEUU, pero en cambio se vio obligado a este nuevo spaguetti-western, del que intentó hacer una conclusión de su anterior filmografía. Quiso que los tres primeros actores en aparecer fueran Clint Eastwood, Lee van Cleeft y Eli Wallach, como queriendo romper con su anterior trilogía; y ya lejos de estos ambientes, sólo pudo dedicar a su nuevo proyecto, su última película: Érase una vez América. Su estilo, sin embargo, dejó huella desde muy pronto: En unos escasos tres años, Cinecitta, los estudios de cinematografía italiana, realizó cerca de 50 películas, tildadas de spaguettis-western. Pero, quizás, lo más destacable ya no sea la imitación de su estilo, sino la perpetuación de la propia psicología de su personaje fetiche: Clint Eastwood. Al mismo tiempo que se convierte en el posible mejor realizador de las últimas décadas, la imagen de hombre duro, seco, introvertido y solitario, le acompañaría a su famosísimo Harry Callahan, e incluso a su Sin perdón. El homenaje tanto al cine de Leone como al western clásico; quizás el epitafio del Oeste.