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¿Os imagináis en qué idioma se comunicaba el cazador de mamut con su chica y su séquito ya en la Prehistoria? Acertáis, en inglés. La película nueva película del siempre taquillero Roland Emmerich, 10,000, ofrece espectaculares efectos especiales y unas bonitas ambientaciones, localizadas en Namibia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, pero un guión bastante irregular y una deprimente perspectiva histórica.

 Como dijo Julio César, Emmerich vino, vio y venció. El cineasta europeo supo meterse en el bolsillo tanto a espectadores como a la industria de Hollywood, pero si los cinéfilos de pro vieron en Blake Edwards un Billy Wilder exagerado con más floritura que talento, Roland Emmerich pretende postularse como el Spielberg europeo, aunque más áspero e hiperbólico. En este sentido, el cineasta alemán se encuentra a sus anchas en su condición de jefe de pista ante números mastodónticos capaces de dejar en taquilla un resultado inversamente proporcional a la huella que dejase en la memoria del espectador. ¿Qué podemos recordar de Independence Day o Godzilla a parte de la destrucción de la Casa Blanca y el enorme monstruito empeñado en destruir Nueva York?.

 Roland Emmerich hace películas cuya máxima reside en la espectacularidad de sus efectos especiales y de hecho, en 10.000 el realizador alemán sigue en la misma línea que sus anteriores proyectos, es decir, colecciona una sucesión de escenas técnicamente meritorias, hilvanadas gracias a un guión, casi siempre sin grandes alicientes en la historia. En este sentido, su último trabajo hace explícito esta característica del director, tan anticarismático como colosalmente aburrido: una cacería de mamuts en estampida, que seguramente marque un hito en eso que llaman los anglosajones state of art de la tecnología digital. El mismo panorama nos lo ofrece la partitura del compositor austriaco Harald Kloser, empeñado más en arrebatos percusionistas que en buscar líneas melódicas. Así, entre efecto y efecto, Emmerich pretende trazar el periplo de un cazador de mamut, en pro de la liberación de su amada, prisionera de unos esclavistas egipcios. No hay que buscar tres pies al gato en lo que respecta al argumento, es la historia mil veces vista en la gran pantalla aunque con la singularidad de que está ambientada en la prehistoria, en concreto hace unos diez mil años. En realidad, su director lo presenta como el origen de una leyenda, en cómo un hombre llega a convertirse en un héroe, pero más que fundacional, su epopeya se diagnostica terminal. Esta leyenda inventada de Emmerich  podría suponer una versión ficticia de los orígenes del americanito de pro, el WAPS (anglosajón, blanco, protestante), con el Sueño Americano en pleno tedio cavernícola como fondo y novio al rescate, de tema. En realidad, la propia actriz protagonista (Camille Belle) lo simbolizaría sino fuera por sus evidentes genes brasileños. Si el lector considera disparatada esta teoría, la propia Belle se reiría de la delirante aventura prehistórica concebida por Roland Emmerich. Pirámides, tipos feos y peludos, mamut lanudos y todo tipo de fauna prehistórica. Un cocktail  a medio camino entre Von Daniken y un tal Graham Hackoc, autor de un disparatado ensayo "Las huellas de los dioses" en donde defendía la teoría de que las pirámides eran pruebas de la existencia de la Atlántida y que su catástrofe histórica obligó la marcha de supervivientes a América y Egipto.

 O lo que es lo mismo, metalenguaje y metahistoria. Son dos ideas, tan modernas como vacías de significado -al menos para uno que escribe-, que parecen presidir las últimas producciones cinematográficas con un telón más o menos histórico. Hollywood no quiere repetir tropiezos como los de Alejandro Magno (Oliver Stone) y El Reino de los Cielos (Ridley Scott) y presenta productos más acordes a Apocalypto o Gladiator, film de R. Scott, una de romanos pero con los arquetipos maniqueístas de siempre, es decir con un bueno muy bueno y un malo muy malo. Y si a esto, le sumamos la idea de venganza, el éxito está garantizado.

 En esta ocasión, un cazador de mamut (que el mamut sea un animal extinguido dice mucho: estamos justo después de la Era Glaciar) se enamora de una joven, Evolet, una belleza prehistórica (mucho más delgada que la Venus de Dusseldorf, para que vamos a engañarnos) pero una tribu malvada la rapta, con unos jinetes que sospechosamente recuerdan mucho a los jinetes negros del Señor de los Anillos.

 El raro y poco prolífico subgénero de cine cavernícola conquistó la memoria de este cinéfilo mediante la evidente orquestación de la mentira: era aquel territorio donde podían convivir al mismo tiempo voluptuosas chicas con biquini de pieles y  criaturas animadas gracias a la maestría de Harryhausen, obviando toda verisimilitud evolutiva. 10.000 se desarrolla en este sentido hasta demostrarnos cómo esta involución no sólo aparece en un argumento aburrido por completo, sino en formas menos carismáticas de mentir, además de ser más caras y aparatosas.

 Estaba claro que la supervivencia del más fuerte junto con el comportamiento troglodita con el sexo débil atraería la atención de D. W. Griffith, quien inauguró este subgénero con unos cortometrajes sobre esta temática (Fuerza bruta y La formación del hombre).Más tarde, parodiando Intolerancia -de este mismo director-, Buster Keaton ambientó dos los episodios de Las tres edades en la época de las cavernas, pero la prehistoria no sólo fue un contexto pasado. La fantasía de que en un algún rincón virgen de nuestro planeta, la evolución se detuvo, estuvo muy presente en estas primeras aproximaciones cinematográficas. Basada en la novela homónima de Arturth Conan Doyle, El mundo perdido, dirigida por Karel Zeman, fue el antecedente de King-Kong, primera experiencia en donde la estética de las bestias se produjo gracias a la técnica del stop motion. Varios remakes en los cincuenta, sesenta y otras tantas producciones más recientemente, hacen de El mundo perdido uno de los pilares de un género que, fagocitado por la licenciosa serie B, tuvo su salvación en la reinvención que la Hammer hizo del clásico en Hace un millón de años, o lo que es lo mismo, en el escote y la pantorrilla de Rachel Welzt, luciendo bajo el sol de Tenerife. El trabajo del maestro Ray Harrihaussen, encargado de la animación de las bestias, es sin embargo lo mejor de la película y gana hoy por su aspecto orgánico, frente a la fría percepción de las técnicas digitales.

 Si la arqueología fuera tan simplista como la historia del cine, lo de Atapuerca serían prácticas escolares. Porque en el género que fuese, sólo hay que poner dos palabritas para entender la involución de este subgénero cinematográfico: Roger Corman. Sobre todo, porque este Rey de la Serie B, se empeñó en volver a aquellas remotas épocas de las cavernas en más de una ocasión. Títulos suyos fueron Yo fui un adolescente cavernícola y Viaje al país de las mujeres prehistóricas, aunque en esta ocasión aquel saco sin fondo que fue Corman, para la serie B, cediese la dirección a Perter Bogdanovich. Lo de dirigir es una forma de decirlo, porque si esta película pasaría a la Historia por algo es por su carácter de reciclaje: la mitad del metraje fue montado directamente de escenas de El planeta de las tormentas, filme del realizador soviético Pavel Klouchantsev. Sin embargo, mi preferida de este subgénero anterior a la mítica Hace un millón de años es Eagh! (J. L. Woltoch). Argumento basado en el típico triángulo amoroso entre un gigante, una jovencita troglodita y su novio. ¡Todo ello en musical!.

 Algunas de las más meritorias aproximaciones son las diversas incursiones de los cineastas checos, cuya depurada técnica de animación estuvo siempre al servicio de la docencia. A parte del stopmotion, otra de las técnicas clásicas para crear a los dinosaurios fue la de filmar lagartos con ópticas macro y cámaras de alta velocidad. El máximo exponente lo encontramos en Viaje al centro de la Tierra, de Henry Liven, en donde los personajes descubren una realidad paralela en donde perviven criaturas antidiluvianas.

 Pero en el universo troglodita hollywoodiense se había descubierto su Lucy particular, por lo que ya se había dictado sentencia de lo que se quería ver: más carne y pechuga y no precisamente de los animalitos. La productora Hammer popularizó una serie de películas que llegaron por subgénero el nombre de Cave girls (Chicas de las cuevas). Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra (Val Guest) y Mujeres prehistóricas (Michael Carreras)  son algunos de esos filmes, tan olvidados como olvidables. Sin embargo, esta estética naturalista,  que se interesó por deformar la Prehistoria, encontró como máximo exponente la serie animada creada por Hanna - Barbera. Estos adaptaron con gran éxito el American way life de los años cincuenta a la Edad de Piedra, en la mítica The Fligstone, Los Picapiedras. Pero si los ingleses hicieron una versión sui géneris de la Prehistoria, hubo quienes presentaron su adaptación menos pudorosa ¿Se imaginan quienes fueron? Los italianos, con Sergio Corbucci a la cabeza y títulos tan sugerentes como extravagantes: Cuando las mujeres hacían din-don y Cuando los hombres usaban cachiporra.

 Y el homínido se hizo faber. Sólo le bastó unos minutos para contarnos Kubrick una visión revolucionaria de la evolución del ser humano, un genial referente cinematográfico de nuestros orígenes que, por otra parte, abría una tendencia naturalista que tendrá su colofón en la obra de Jean Jacques Annaud, En busca del fuego. Basada en la novela de Jean N. Weilt, El clan del oso cavernario, trata uno de los episodios más interesantes de la evolución humana, la complicada convivencia entre el neanthertal y el hombre de cromagnon. La historia hiperrrealista de la tribu Ullam, con un lenguaje gutural ideado por Anthony Burguess, presentaba a nuestros ancestrales antepasados comos sucios y contrahechos que pasaban las horas muertas despiojándose unos a otros.

 La más actual, 10.000, navega entre El clan del oso cavernario y Hace un millón de años, cuya película no sólo no oculta sus referencias sino que tampoco hace nada por alejarse de ellas; sus escenas de cacería humana nos recuerdan a las de El planeta de los simios y por el empeño del director de mostrarnos la construcción de las pirámides, a través de la trata de esclavos, Emmerich se aparenta con su anterior película Stargate y Tierras de faraones (Howard Hawnks).

 - Nuevamente trae numerosos cautivos, ¿acaso los esclavos no significan también riquezas, y por consiguiente mayor poderío?.

 Es más, el nuevo film se quiere presentar como una mala copia del King-Kong de Peter Jackson, sustituyendo tiranosaurios por mamut. De hecho, en la puesta de escena de 10.000 hay ecos retóricos de los peores rastros de la notable trilogía de El Señor de los Anillos, los insistentes planos aéreos que pretenden subrayar la majestuosidad de los escenarios naturales, junto a las extemporáneas ralentizaciones de las imágenes que parecen servir de recurso para tapar agujeros que verdaderas figuras de estilo. En su película, Emmerich hace uso de diversas licencias, adivinándose un pasado no demasiado lejano, a pesar de los 10.000 años antes de Jesucristo, época en la que el hombre debía enfrentarse con animales prehistóricos, en su lucha por su supervivencia, como avestruces carnívoras o tigres de cuatro metros de altura. Por ello, se aparenta con un género resucitado por Spielberg e inspirado, hasta la saciedad, en la última década. Es posible que el hombre de aquella época tuviese los mismos anhelos y una visión de la vida no muy diferente al actual, pero otra cosa es lo que plantea Roland Emmerich en su película, sobre todo cuando el séptimo arte se ha mostrado inclinado por acercarse a la Prehistoria más de lo debido.

 En este sentido, 10.000 destaca por abogar un cine que considera a la imagen sintética como la única expectativa de un realizador como Roland Emmerich, sobre todo cuando la película -al menos, suponemos- no dejará huella en el subconsciente de sus espectadores, más allá de aquellos que vayan al cine con el único propósito de consumir digitalización. Porque hay películas que no deberían dar ese salto evolutivo entre un resultón trailler y un insoportable producto acabado.