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La cinematografía nos ha ido acercando cualquier período de la Historia, por lejano que fuese, aunque con mayor o menor profundidad y verismo histórico. En este sentido, la visión que el séptimo arte nos ha ofrecido de la Edad Media, se ha movido entre la imagen cuidada, limpia y heróica, típica de las películas de Hollywood de Robin de los Bosques, a las grandes producciones de los años cincuenta o las aproximaciones más realistas del cine moderno. Un viaje en el tiempo que nos acercará a reyes, caballeros, monjes, juglares o campesinos. Sin olvidarnos de otras grandes temátcas como la legendaria figura del Rey Arturo. Las leyendas artúricas han dado pie a una larga filmografía, siendo Excalibur (John Boorman) la representación más conseguida en el séptimo arte. Aparte del musical Camelot, protagonizado por Richard Harris, Los caballeros del Rey Arturo, un film para la Metro de Richard Thorpe con unas caras muy conocidas (Robert Taylor, Ava Gadner, Mel Ferrer), sin embargo no llega a la calidad dramática de esta nueva versión, pareciendo más trovadores con armaduras resplandecientes y penachos de plumas, que el mundo mágico propio de las leyendas artúricas. A pesar, de que ambos guiones se adaptaron de una misma obra, La muerte del rey Arturo de Thomas Malory. Otro de los grandes éxitos del director sería definir la película como una auténtica Summa, un compendio totalizador, según la imagen que le diese el autor alemán del siglo XIII para esta leyenda. Como una enciclopedia artúrica, esta película se presenta en base de tres temas: la historia del mismo rey Arturo, desde su prodigioso alumbramiento hasta su muerte; el amor adúltero entre la reina Ginebra, esposa de Arturo, y Lancelot; y la búsqueda del Grial. En realidad, es la única versión que presenta toda la temática artúrica en el celuloide.
De este modo, el film se desarrolla de forma circular: desde la espada que se extrae de la piedra, confirmándole como rey de la isla y terminando la revuelta de los nobles, hasta que esa misma espada, arrojada por Perceval (Lucano, en la obra de Malory) vuela hacia el lago para que fuera recogida por una misteriosa mano surgida de las profundidades, corroborando un origen indoeuropeo del mito.
Según estas pautas, la película nos va presentando la caracterización de sus personajes, desde la malvada Morgana y su hijo Mordred, hasta los propios protagonistas de la cinta, e incluso a los caballeros que se reunían en la mítica Tabla Redonda. Pero junto a esto, encontramos la misma finalidad moral que definiese el autor del siglo XIII en La muerte del rey Arturo, desde el honor del caballero y las virtudes principescas, hasta la enseñanza ética de su época, mostrada por una parte por los sabios consejos y advertencias, del mago Merlin, a la propia sabiduría que va surgiendo en la expriencia de sus personajes. Así, Merlin se "humaniza", abandonando la imagen del druída celta, para convertirse en lo más parecido a un esteriotipo del consejero, según la concepción medieval, más preocupado por los asuntos del "alma" que los de la carne. Este sería, sin embargo, un detalle a tener en cuenta en el hecho de que nos va caracterizando personajes que podríamos considerar "perfectos", a pesar del famoso adulterio. Así, las ideas políticas que en ese momento, plasmaban las canciones populares y los libros de caballería, se reflejan en la película de J. Boorman. El rey que posee numerosos tipos: el prícipe noble y justo, el príncipe engañado por sus malos consejeros, el príncipe vengador del honor de su estirpe, el príncipe amparado por la fidelidad de los suyos. Con la aureola de pasión y aventuras que rodeaba a los prícipes. De este modo, Arturo aparece con todas sus virtudes, el honor, la justicia, "soy antes rey que esposo, juez antes que marido", dirá con respecto a la acusación de adulterio, que descubriera uno de sus caballeros; o la propia reina Ginebra, blanca toda ella, inmaculada, cuando fue al altar en su boda.
La propia revuelta de nobles, que se descubre en las luchas por la posesión de Excalibur, es un reflejo de la propia época, en las pequeñas guerras locales, con la envidia del uno por los bienes del otro, del honor, pero sobre todo del poder. No hay ningún mal de aquel momento que no tuviera más conciencia que la codicia, y la codicia por el poder (bajo el símbolo de la espada) era la más elevada de todas ellas. Y ante esto, prevalecía la consideración de "unidad", que sólo se conseguía con una monarquía fuerte y consolidada; sino se produce la "anarquía", y los males empiezan a azotar. Tan sólo hay que recordar que el mayor peligro que observaba la película no era la muerte del rey, ni que Mordred venciera en aquella batalla final, sino que la tierra se quedara sin rey. Además, el sentido de justicia, entroncaba con la mentalidad medieval, en la necesidad de venganza. Y por eso, se dan dos extremos: la plenitud del castigo, la ejecución, y la gracia, que sería la amnistía de hoy.
Si nos detenemos, ahora, ante la imagen del mago Merlin, veremos entonces, el reflejo de la vida solitaria medieval, la vida mística, espiritual, fuera de la ociosidad y perspectiva de la vida mundana y carnal. La imagen del sacerdote-taumaturgo, con aquella facultad milagrosa, a la que se alcanza tan sólo con una gran capacidad de sacrificio y meditación. Con la fuerza de la naturaleza y el símbolo del dragón, de lo oculto, de lo mágico, una de las imágenes más conocidas de la mitología sajona. Tan sólo hay que recordar el símbolo de San Jorge venciendo al dragón, como un reflejo del "alter ego", de la parte racional enfrentada a la sentimental. De ahí, que Merlin considere al dragón como fuente del poder de Excalibur. E igualmente, la imagen pagana que podría recordar en el mago nos debe llamar la atención, sobre todo en relación con el Grial (que nos podría sonar a cristiano, pero no lo es). Es otro de los símbolos celtas. Es posible que la "inconsciencia del Destino", que nos lleve a ver al propio Merlin como un "empresario de la Fortuna" fuera un reflejo de un cristianismo; sin embargo, las manifestaciones paganas se suceden en la película, e incluso en la obra de Malory, sin cometer nada inaudito. La literatura medieval concedía un cierto protagonismo a estos valores, a pesar de que se tuviera en mente una estrecha relación entre pensamiento medieval y cristianismo más ortodoxo.
En cuanto al reparto, se tratan de actores desconocidos, aunque brillantes en sus personajes como Nigel Terry encarnando a Arturo, Nicholas Clay, al fiel Perceval, Cherie Lunghi, como la Reina Ginebra o Paul Geoffrey, como Lanzarote del Lago. Lo que ocurre es que de los actores que aparecen en ella, tan sólo Liam Neeson (en un breve papel) y Helen Mirren (Morgana) destacarían en el futuro. Liam Neeson no necesita carta de presentación, al ser sumamente conocido como para dedicar algunos comentarios sobre este actor irlandés que antes de trabajar a las ordenes de Boorman había participado en la mediocre película fantástica Krull; pero Helen Mirren (que da vida a Morgana, en el film) es una actriz que ha acompañado a numerosos actores conocidos, en los que ha hecho de todo, pero más de secundaria de lujo que de auténtica protagonista. Por ejemplo, la podemos ver junto a Harrison Ford, en la ecologista película de Peter Weir, La isla de los mosquitos. Actualmente ha recibiddo el Globo de Oro y el Oscar (2007) a la mejor actriz dramática con su magnífica interpretación de la Reina de Inglaterra, Isabel II (La Reina, Stephen Frears).
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