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La película del realizador de origen hindú, Shebka Kabur, nos acerca a un tema histórico, la segunda mitad del siglo XVI, en Inglaterra, la enemiga de España de la época. La historia se centra en la Reina Isabel I, el título Elisabeth, la edad de oro, y la intérprete toda una garantía, la australiana Cate Blanche. Destacar la presencia en la película del catalán Jordi Mollá, en el papel del monarca español Felipe II.

- Yo firmé la ejecución de Maria, yo asesiné a la reina ungida ante Dios, y ahora su hijo predilecto declara la guerra santa para castigarme.

El director retoma su pintoresca vida de la Reina Isabel I de Inglaterra, dando relevancia a un episodio histórico fundamental tanto para España como para las Islas, la amenaza del catolicismo dentro y fuera de su nación.

 - Se avecina un fuerte viento, majestad, que se llevará vuestra soberbia.
- Yo también puedo dominar el viento, tengo un huracán dentro de mí, que destruirá España si os atrevéis a desafiarme.

Por un lado está Felipe II y sus pérfidos españoles, y por el otro, la traidora de María Tudor, católica heredera del trono inglés pillada en plena in fraganti en plena faena conspiratoria. La tensión entre protestantes y católicos en esa época convulsa es aprovechada por Kabur en un icono de la tolerancia religiosa, revisión oportunista con la que trata de ganar nuestra simpatía en un mundo cada vez más enfrentado.

- Si mis súbditos quebrantan la ley serán castigados, hasta entonces debo protegerlos.
- Majestad tenemos motivos fundados para temer que todo católico...
- El temor genera temor y eso no significa que ignore el peligro, pero no castigaré a mi pueblo por sus creencias, solo por sus actos. Sé que los ingleses aman a su Reina, mi mayor empeño es no perder ese amor.

 Ya el propio realizador, Shebka Kabur señalaba que no se podía hacer una película histórica sólo con los datos que ofrecía la historia, sino como una forma de interpretar el presente. Desde luego el cine es el arte de la subjetividad, pero dista mucho de hacer buenas migas con lo burdo, a pesar de alejarse por completo de la visión ortodoxa ofrecida por la Historia. En este caso, las revisiones históricas, y en concreto las dirigidas a recordar lña vida de la Reina, son muy propensas al maniqueísmo  y el endiosamiento de sus reales protagonistas.

 - Hace un momento quería escapar, todo cuanto deseaba me resultaba odioso entonces, pero ahora encontraré un modo de vencer.

                            

Incluso el gran John Ford flaqueó en la vida de María Tudor, en la película que llevaba por título su nombre y que estaba protagonizada por la estrella de la época, Katherine Herburt. Él, católico, la retrató como una mártir, sufridora inocente de las iras de Isabel y de las intrigas de la Corte, llena de bondad que -como son las cosas- ponderaba la armonía entre religiones.

 - Sí es cierto, soy hija de María de Guisa y que me mantengo en la religión de mi padre. Sin embargo, y a pesar de todo, respetaré la vuestra y os daré la misma libertad que exijo para mí.
 
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Era María Tudor una traidora o una santa?, ¿se vio obligada Isabel a decapitarla o lo hizo gustosamente?, ¿quienes eran los tolerantes, los católicos o los protestantes?

 - Te demuestra que un hombre puede ser católico y buen inglés.
- No al mismo tiempo, señora.

 Cada uno barre para casa, pero lo que en todos coinciden, sea la reina que se trate, es en la escenificaciónde unas privaciones, esfuerzos y penurias, a los que estas mandatarias están dispuestas a soportar altruistamente a favor de su pueblo. ¿De qué? Váyase usted a saber.

- Por que las necesidades de un pueblo están por encima que los de una mujer.
- Siento la voluntad del todopoderoso para que yo ocupe este puesto. Haré todo lo posible para cumplir con la obligación que tengo con mi pueblo.
- He dado a Inglaterra mi vida, ha de llevarse también mi alma.
 

Pero no hay película más subjetiva y distorsionada, en este sentido, que El halcón del mar, filme tan fantasioso como la novela de Rafael Sabatini, a la que no obstante sólo se parecen en el título, porque de creer  lo que nos contó tanto el escritor como el director de la película, Michael Curtiz, Drake había sido un gran patriota, preocupado por la supremacía naval de Inglaterra y siempre ávido por ayudar a su Reina, una Isabel I, a su vez, preocupada por el bienestar de sus súbditos, porque la construcción de una importante flota, los ahogaría en impuestos.

- El señor, Burlenson tiene razón, sois un pirata empedernido.
- ¡Oh no, majestad! Soy muy exigente en cuanto a las perlas, sólo puede ponerse sobre el cuello que sea capaz de reflejar su brillo.

El otro importante elemento de la ecuación era España, el reino católico por excelencia, y por tanto retratado como el intolerante, ambicioso y falto de bondad y de pudor, como el que más, el enemigo de la razón y de los deseos más puros y humanos. Esa era la visión que los ingleses del siglo XVI tenían de los españoles y que la cinematografía anglosajona recuperó en las películas del cine clásico de aventuras, que solían dignificar la figura del corsario, el pirata, hasta endiosarlo, siempre que estuviese a favor del triunfo de su patria -Inglaterra- frente al Eje del Mal -España-. Habrá llovido mucho hasta el día de hoy, pero parece que Hollywood se contenta con esta visión simplista, maniqueísta y distorsionada de la realidad, hasta tal punto que limita a presentar a los españoles como los malos de la historia y a los buenos, los ingleses de la reina Isabel.

 El gran malo de la aventura que cuenta El halcón del mar (Michael Curtiz) no es otro que Felipe II, cuya sombra se proyecta al principio de la película sobre un mapa del mundo mientras profiere una cruel amenaza: "Nosotros dominaremos el mapa del mundo, que será sólo España". Felipe II es presentado como un monarca ambicioso, como un tirano que pretende apoderarse del mundo y en cuya sombra se esconden los ecos de la tiranía. El contexto que parece girar la película tiene como elemento central el hecho de que Felipe II decide atacar una colonia inglesa en  América, por lo que contrata a un malvado embajador, Don Álvaro, que no es otro que la imagen del gran villano de los años cuarenta, Claude Rains. Frente  a ellos, la Corona de Inglaterra aparece laureada como símbolo de la libertad y de la luz, con una Elisabeth (Flora Robson) que no sólo encuentra la amenaza de enemigos exteriores -España- sino de los traidores que se refugian en los palacios de su corte.
 
Este sentido de la responsabilidad que les impide, por ejemplo, casarse con el hombre amado y el sentimiento que les genera al asumir su poder, es la clave para humanizar al personaje y hacerlos más cercanos.

 - ¿Desde cuando sentís miedo?
- Siempre lo he sentido.

Esta aracterización del personaje de Cate Blanche, pone de manifiesto las relaciones con Walter Raleigh, Clive Owen, como en la primera parte, veíamos a la reina enamorada de Robert Dudley (Joseph Fiennes). Sin embargo, en esta nueva ocasión, el personaje masculino decide dirigir su interés hacia otro miembro de la corte, una de las damas de la reina a la que deja embarazada (Abbie Cormish). Ella, despechada, mandará encarcelar a Walter Raleigh en La Torre de Londres, poco tiempo después de que él mismo le ofreciera dos regalos: el territorio de Virginia, en América, y hojas de tabaco.

 Algún espectador podría pensar que, gracias a los elementos del argumento anteriormente citados (las tensas relaciones con su prima, Maria Estuardo, las conspiraciones y su enfrentamiento con España) la historia no termina de desvirtuarse al estilo del cine comercial USA, pero desgraciadamente es así. En realidad, las frustraciones personales pueden entenderse como una influencia del entorno político actual. Así, la nueva Elisabeth deja de parecerse a Bill Clinton, cuyo affair con Monica Lewinsky es manifiestamente conocido, para embarcarse en una epopeya más cercana a la de George Bush. Sus motivaciones para invadir Irak y Afganistán resultan de lo más siniestras, así como que se postule con la posibilidad de su magnicidio. Pero lo que debería llamar la atención es su falta casi absoluta de rigor histórico. Reconozcámoslo, soy licenciado en Historia, pero también creo que un cineasta puede utilizar para una representación histórica ciertas licencias. Lo que incluso sucede en obras más serias como las de Jean-Marie Straub o Manoel de Oliveira. Pero de ahí que nos lleve al otro extremo, es otra cuestión. El cine comercial de los últimos años, seguramente influido por el éxito de El Señor de los Anillos (Peter Jackson) y el cómic, ha acentuado los elementos fantásticos, incluso en películas consideradas históricas. Véase como ejemplo, Troya (Wolgang Pettersem) o 300 (Zack  Zinder).