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 Poco podía imaginarse George Orwell, al introducir el concepto de neolengua en su visión distópica del futuro que es 1984, que estaba previendo lo políticamente correcto, sobre todo con el progresivo empobrecimiento del inglés y de la capacidad de reflexión resultante. Lo más grave es que la meditación que el escritor británico hizo de la decadencia de la expresión escrita de las ideas políticas, ha terminado trasladándose al celuloide, apareciendo una serie de directores que venden como compromiso un discurso tan complaciente como superficial y repleto de topicazos, como el de Babel (Alejandro González). El éxito entre ciertos sectores de intelectuales de esta postura de progresismo aburguesado y acomodaticio, que permite calmar el sentimiento de culpa de sus espectadores es lo que ha llevado a algunos realizadores a plantear de una forma crítica y veraz la realidad global.

Ni personas ni mercancias. Ahora lo que se exporta y cruza las fronteras de la globalzación es el dolor. Global, conectado y autoconsciente, se vertebra el dolor como un bastión en la última película del cineasta mexicano, esquema que suele gustar bastante a los realizadores de este lado del mundo, por la cantidad de películas que presentan esta misma estructura. Unos años antes de Babel, el también mexicano Gustavo Loza cambió Japón por Cuba en otro dramón con dolor globalizado, partiendo de México, Al otro lado, aunque vuelva aparecer en el fondo de la película el tema de Marruecos. En ambas cintas abundan los reencuentros, los accidentes y ensaladas de idiomas, e incluso el episodio que Gustavo Loza dedica a México, está ambientado en la frontera.

- ¿Y estos burritos que vienen con vosotros?

- Es que no les pude dejar con nadie, sus papás no regresan hasta anoche.

- ¿Quiénes son?

- Sus sobrinos.

- ¡No se parecen a usted, señora!

- No, no, no, solo cuido de ellos, soy su nana.

Al mismo tiempo, pero en un ámbito muy diferente, dos jóvenes pastores marroquíes ponen a prueba su puntería con un rifle. Sin embargo, el infortunio se abate en ellos y en un matrimonio norteamericano que viaja por el país. Ella recibe el impacto de uno de los disparos que movilizará a la policía local en su búsqueda y la solidaridad del marroquí que ejerce de guía al grupo de turistas.

Said Tarchani. - Está casi nuevo, con trescientas balas.

Boubker Ait El Caid.- ¿Qué me das si le doy a ese coche?

                      

El tercer episodio de la película nos lleva a Japón, siguiendo el rastro de ese rifle. Al parecer, un japonés había regalado el arma al padre de los chicos como agradecimiento por el trato que le había dado en un viaje a Marruecos. En este último acto del film, el protagonismo recae en una chica sordomuda, personaje con el cual sus responsables han querido destcar uno de los problemas de la posmodernidad, la incomunicación. Y una última pregunta, ¿qué diantres escribió Rinko Kikuci (esta chica sordomuda) en la nota que entregó al policia?.

Para los que creían que esta forma de presentar el discurso narrativo lo inventó González Iñárruti para este film es que no habían visto sus anteriores películas, Amores perros y 21 gramos, o Crash (Paul Haggis) e incluso Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, pero lo que muy poco sabrán es que todas estás películas, que presentan una serie de historia engarzadas en una única película, lo que sigue la geometría de rueda de carro, es un ingenio de Robert Altman, en pequeñas obras maestras como Vidas cruzadas.

Las historias causales que proponía este director fueran llevadas a escenas por Paul Thomas Anderson en el trabajo metacinematográfico que supuso Magnolia y por el guionista Paul Haggis, en Crash. En realidad, consiste en el ejemplo de la rueda de carro, en donde los radios se entrecruzan en un punto central, desde donde parten a una circunferencia que lo envuelve todo. De ahí que Babel sea un bucle, aunque a diferencia de otras películas suyas, aquí el director mexicano juega tanto con el tiempo, pero el mismo tiempo cinematográfico no es el real entre cada salto geográfico. El cineasta nos viene a decir que es posible el jet lang en las mesas de montaje.

                                          

De este modo, nos encontramos con algo ya visto, lo suficientemente familiar como para regresar a él en repetidas ocasiones, como si se tratase de una cafetería en la que somos parroquianos: un lugar en donde repetimos los rituales que más nos gustan, pero sobre todo porque encontramos en él, profesionalidad, compromiso e incluso algo de mesura. Puede decirse, en este sentido, que el cineasta nos recuerda a todo un elenco de directores que, salvando las distancias y cada uno en su estilo, presentan algunos elementos en común aunque también echemos otros en falta. Zhang Yimou, Carlos Saura, Clint Eastwood, Gustavo Loza, Edward Zwick o Frank Minguella son realizadores que saben vender sus propuestas en el mercado internacional, capaces de adecuarse a diversos sistemas de rodajes, e incluso en otros paises y lenguas que les resultan ajenos; hacen destacar las ideas generales sobre las particulares, interesándose más los derechos de la humanidad y los crímenes de guerra, que los probres o inmigrantes con quienes tropiezan a diario; y acaban haciendo cine a gran escala.

En realidad, Babel ha reunido a algunos detractores sobre todo por la compleja visión que arroja el film sobre el mundo entero. Yo, desde luego, no comparto la opinión de estos últimos, pues por mucho que la trama se expanda de una manera global, sin una mirada turística, los elementos narrativos son bien simples. No es nada novedoso que el cineasta nos cuente que los americanos perciben como una amenaza cualquier movimiento árabe, que incluso los padres más voluntariosos no entienden a sus hijas, que la policía suele sacar el arma a la primera ocasión, que ciertas tradiciones axfisian al mundo moderno, que las fronteras son una “chinguera”, que en las sociedades más modernas uno de los problemas sea la incomunicación o que los inmigrantes sean considerados como ciudadanos de sengunda. Hasta cierto punto son los mismos temas que aparacen, uno y otra vez, en los programas de radio, de televisión y reality-show.

                      

Por último, una reflexión final. Al tratar en la pantalla las consecuencias a nivel íntimo y humano no debería impedir ahondar en sus implicaciones políticas pues, recuperando las palabras de George Orwell, hay que tener en cuenta que "en nuestra época no es posible mantenerse alejado de la política. Todos los problemas son problemas políticos, y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenía".

El caos y la confusión que viven los personajes de este film se trasladan a una banda sonora deliberadamente dispersa e incierta. Se apoya en un catálogo musical preexistente (entre ellos, citar a Chavela Vargas y el japonés Ryuichi Sakamoto), vinculadas a los lugares donde transcurre la acción, con fines ambientales y dramtáticos. Pero es notable la aportación de Gustavo Santaolalla (ganador de un Oscar por su trabajo en Brokeback Mountain).