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El próximo análisis se lo dedicaremos a Lady Chatterley, la adaptación de la obra más popular del escritor británico D. H. Lwarence, la película dirigida por la francesa Pascale Ferran y que fue la gran triunfadora en la entrega de los últimos César, los Goyas franceses (2008).  Una ocasión para reflexionar sobre el sexo, amores y el incordio de las clases sociales, siempre poniendo pegas a las alegrías del cuerpo. Lady Chatterlay, la película del año en Francia, recrea la novela erótica-romántica de forma minuciosa y detallista para dejar al descubierto una candente historia de pasión desenfrenada con las diferencias de clases sociales como telón de fondo.

- ¿Cuántas veces se ha divorciado usted, tres, cuatro? He perdido la cuenta. Eso es bigamia, tener una esposa de más.

- Igual que la monogamia.

El cine se ha dejado cautivar en más de una ocasión por aquella época, a caballo entre el siglo XIX y el XX, con Inglaterra de escenario, es decir, la época victoriana, en donde han aflorado unos sentimientos que solían chocar con la sociedad del momento. Surgida de la literatura, hay un nombre que nos debe resultar muy familiar, Oscar Wilde. Si recordamos la más reciente adaptación de alguna creación suya, tenemos el título de A good woman. Esta se basa en la obra teatral de este escritor adelantado a su época,  El abanico de Lady Windermen, con un retrato de la rígida sociedad victoriana en los diálogos y propuesta con los consigue el autor irlandés un espejo donde mirarse, reírse de uno mismo o escaparse por la vía artística del enorme peso de las apariencias y estrecheces de costumbres. Queda por saber si el texto original conserva su intensidad y arranque ciento doce años después de su estreno. A good woman demuestra que las grandes cuestiones sobre el amor y sus misteriosas planteadas por Wilde, no tienen fechas de caducidad. En cierto modo, las diatribas verbales lanzadas contra el matrimonio no contradicen en absoluto una puesta subyacente por la fidelidad conyugal.

- Está con la mujer americana.

- Demasiado colorete y escasa de ropa, está despertando lo peor del pobre hombre.

- Es la especialidad de las mujeres.

- He oído que se fue del hotel de Nueva York sin pagar la cuenta.

D. H. Lwarence.

Parte de este espíritu fue recuperado por D. H. Lwarence, otro escritor adelantado a su tiempo, que logró que sus novelas tuviesen un potencial  visual de primera magnitud, ambientadas en una época en la que todavía resplandecía la aristocracia con su buen gusto. Señas de identidad y un aire decadente que hacía presentir un derrumbamiento propiciado por una clase proletaria emergente y que se convertiría en la protagonista del recién estrenado siglo XX. Algo así, como sucedía en El Gatopardo, cien años antes: "si queremos que todo quede como está, es preciso que todo cambie". Lwarence metió la puntilla en cuestiones que auguraban el carácter radicalmente moderno de su literatura. Fue el azote de un puritanismo que contradecía la naturaleza apasionada del ser humano, observando como sus notas biográficas tenían mucho que ver con su universo literario. Hijo de un minero, su madre fue una mujer interesada por la cultura, siendo la figura de ella determinante para filtrar sus novelas y depositar la modernidad de las mismas en personajes femeninos dotados de la necesidad sexual para alcanzar una belleza abstracta, sin por ello dejar de amar al género complementario, el hombre.

Dos hombres, precisamente conforman el mundo pequeño, primero, y grande, después de Constance Chatterley, más conocida en las librerías como Lady Chatterley. El amante de Lady Chaterley contó con hasta tres versiones publicadas por D. H. Lwarence, y la película que nos ocupa se basa en la segunda de ellas, Lady Chatterley y el hombre del bosque. Un film francés, dirigido por una mujer, Pascale Ferran, considerada unánimemente como la mejor película de este año en el país vecino. Una adaptación al cine de la esposa de un aristócrata que ve como su marido regresa parapléjico del frente, por lo que Lady Chatterley dedicaría su vida a una monótona existencia, mientras él, impotente, se ocupa de sus negocios, básicamente las minas de su propiedad. La mujer logra satisfacer las necesidades que le faltan, que encuentra en sus paseos por el campo, en manos de un hombre rudo pero honesto, el guardabosque, alguien que pertenece a una clase social inferior.

- Ya puedes ver el Mediterráneo y tengo mi propio billete, ¿eh, Frida?

Tal como sugiere la película biográfica dada a los últimos años de la vida del escritor, interpretado por uno de los mejores actores de su generación, aquí al comienzo de su carrera, Ian McKellen, Lwarence, aquejado de tuberculosis, se retiró a la campiña italiana. Se encontraba junto a su esposa Frida von Ristoffen, hermana del célebre héroe de la aviación alemana, conocido como Barón Rojo, mientras perfiló su novela más célebre.

- Frida voy a tener que enseñar inglés a nuestro casero.

- Creo que comprenderá lo esencial.

- Pero tenemos que conseguir una reducción del alquiler.

Recientemente Jean Worken, estudioso de la vida y obra de D.H. Lwarence, ha llegado a afirmar -tras descubrir algunas cartas de Frida- que todo lo narrado tiene una base real. Fue la mujer de Lwarence quien encontró consuelo en los brazos de un apuesto italiano mientras al autor de Hijos y amantes le consumía la enfermedad.

Erotismo literario. 

No creo que haya muchos lectores serios o bien informados que consideren El amante de Lady Chatterley, escrita por el británico David Herbert Lwarence, como una novela pornográfica o centrada en el sexo. El autor, uno de los precursores de la contracultura moderna, realizó una exaltación del instinto frente a la razón, de la pasión sobre el intelecto, de la espontaneidad frente a las insípidas convenciones sociales. Semejante pensamiento le empuja a proclamar una vuelta a lo primordial, a lo natural, por medio de una actividad sexual concebida como una forma de conocimiento inmediato. Para Lwarence, el erotismo está apartado por completo de la obscenidad, en donde el contaco físico no es más que un acto presentado bajo un aura sagrada. A esto, se podría añadir uno de los párrafos más significativos de la obra La serpiente emplumada: "El mundo está lleno de seres incompletos que andan a dos pies y degradan el único misterio que les queda: el sexo". (Editorial Bruguera, Col. Libro Amigo, pg. 43)

Es evidente que tanto la producción artística como la ética han evolucionado desde los años veinte, década en la que encontramos las obras del escritor, aunque a veces parece lo contrario. Por eso, resulta impensable plantearse hoy por hoy una adaptación cinematográfica de la novela de D. H. Lwarence bajo la visión escandalosa aburguesada que marcó la versión dirigida por Marc Allégrent, protagonizada por Danielle Darrieux y Erno Crisa, ni, por supuesto, el soft core en que lo convirtió Just Jaestckin, con Silvia Kristel. En este sentido, ha allegado el momento para ser más fieles al espíritu que a la letra y centrarse en el romance de Constance Chatterley tal y como es, según vemos también en Aldo Pellegrini (Lo erótico como sagrado).

El acierto de esta nueva adaptación consiste en rescatar las licencias literarias del escritor británico, despojando al relato del cliché pornoshop, por el que ha pasado a la historia. Como hemos señalado, el asunto dominante no es el sexo en sí mismo, sino la conquista de un erotismo que se halla en el epicentro de la existencia y que conecta una corriente vital entre el cuerpo y el alma, sin generar ninguna contradicción. Los encuentros en ese lugar virginal, en medio del bosque y el propio discurrir armónico de la naturaleza, del que sus entrelazados cuerpos participan como un ejercicio estético y visual, atestiguan la composición de un texto al que es fácil malinterpretar. Lo cierto es que el calor de las palabras vertidas por D.H. Lwarence ha tenido una desigual fortuna en su traslación al cine. Muchas adaptaciones se han hecho de la novela más conocida del escritor y no ha sido difícil rastrear el componente erótico en estas. Gran parte de la fama del argumento erótico, dado a la siempre efectiva combinación con el lujo, la tiene la versión del equipo pornoshop, capitaneada por el también francés Just Jaestckin, con Silvia Kristel (Emmanuelle), su actriz fetiche, que hicieron a principios de los ochenta. La supuesta base del texto escrito y de una fotografía preciosista, no pudieron disimular, con el tiempo, que esta Lady Chatterley era una impostora, y que se trataba realmente de Emmanuelle vestida a la moda inglesa.

Por su parte, La zorra cerraba un peculiar triángulo al colocar a dos mujeres y un extraño hombre, como recién llegado del espacio, Gary Lockwood, el protagonista de 2001. Pero hay un director, surgido de la cultura pop, Ken Russell, que hizo la mejor adaptación de una novela de D.H.Lwarence -para mí, el mejor relato del escritor-, Mujeres enamoradas. Women in love, es la película que hace justicia a su texto más iluminado e inspirado. Un cuarteto de jóvenes acomodados asiste a una boda que acaba en tragedia, con una forma particular de entender el sexo, la pareja y la familia, en definitiva, la vida. La adaptación realizada demostraba que todas las cuestiones planteadas por Lwarence, más de cuarenta años antes,  seguían en pie. Los personajes de Mujeres enamoradas rompen moldes, investigan, se interrogan y también sufren; es el precio por conseguir algo nuevo. En el reparto destaca una entonces desconocida Glenda Jackson que representaba a una modelo de mujer menos independiente, elegante y liberal, y algo de neurótica.

- En la oscuridad, uno llega a amar lo sensual, lo frágil, lo bello.

Ken Russell intentó reencontrarse con el escritor retomando En el arco iris a uno de los personajes de la película, la hermana del rol interpretado por Glenda Jackson, Ursula, pero sin la fuerza del gesto de cine titánico. Desde entonces, no se ha dado ninguna otra adaptación que mereciese la pena citar. En la actual, Lady Chatterley, se da una estética visual que hace gala de un cierto lirismo, tal y como lo propusiese el propio Lwarence con la comunión del hombre con la tierra, a través de la cópula sobre la hierba o correteando desnudos alrededor de los árboles. El paso de las estaciones, evidente en la pálida luz que se filtra entre el frondoso bosque, la escarcha que cubre los helechos, el colorido de las flores que evocan algunos de las descripciones que recoge la obra: "Soplaban pequeñas ráfagas de sol, extrañamente brillantes, e iluminaba las celidonias que se espacian por el lindero del bosque, esplendorosas y amarillas, bajo los avellanos" (El amante de Lady Chatterley. Alianza Editorial, Col. Libro de bolsillo. Pg. 104) Momento, que debe entenderse como metáforas del estado de ánimo de estos amantes. A pesar de conservar parte de este espíritu del autor, rechaza otros que podrían tener una lectura más contemporánea, como por ejemplo, el tabú interclasista entre los personajes principales, una aristócrata yun plebeyo. Tabú que - no nos engañemos - persiste hoy en día. Como también la aireada denuncia de Lwarence contra los mecanismos de represión utilizados por la sociedad burguesa y capitalista, que el actual neoliberalismo mantiene vigente. De este modo, la ácida visión del literato hacia la deshumanización de la civilización moderna o la degradación de la naturaleza, son relegados a un segundo plano por la directora.

Otros de los puntos flacos de la película es el planteamiento equivocado de las escenas eróticas, al utilizar un tono desapasionado del despertar sexual de una aburrida Lady Chatterley y al enfriar la atmósfera sensual del original. Pero sobre todo por la mala interpretación de la actriz principal, Marina Hands, que más que ingenua parece tonta. No era necesario mostrar una película licenciosa, pero sí demandaba un mayor realismo los encuentros íntimos entre Constance y Clifford. Pascale Ferran se erige así como una especie de moralista que presenta el sexo más o menos explícito, pero como símbolo de un fracaso. La autora de Pequeños arreglos con los muertos quiere hacer un amor contracorriente, ignorando el deseo como centro dinámico del amor. Esta simbiosis entre sexo y amor, vista como fuente de vida, era uno de lo símbolos preferidos del autor -en uno de sus poemas, Lwarence, escribe: "Donde te toco nazco como una llama" y "Apriétate para que yo exista más"- pero es destruida por la cineasta, que impregna la película de una estética de novela rosa.

También empobrece la calidad de la historia, la posibilidad de que el filme haya sufrido algún recorte. Los casi ciento setenta minutos de metraje aparecen tachonados con notables huecos narrativos que emborronan la progresión dramática de la película. La discontinuidad expositiva, desdibuja las tensiones psicológicas entre los personajes, el avance de sus relaciones y afectos, rompe el ritmo del relato y mengua la fuerza poética de sus mejores instantes. Lady Chatterley hace justicia a una novela cuya fama posterior hubiese desgastado al autor.