Ayer el cine quedó de luto, murió Sidney Pollack, director y actor norteamericano, autor de un puñado de grandes películas, todas ellas dentro de nuestra memoria cinematográfica. Le recordaremos en su última película, Michael Clayton, en la que intervino como actor. Les dejamos con Michael Clayton, una historia sobre los trapos sucios en un bufete de abogados y otras corruptelas.

 Uno de los mayores problemas de algunos films es que estamos tan de acuerdo con lo que nos proponen que sólo pueden despertarnos dudas, en torno a ellos pero también entorno a nosotros mismos. Michael Clayton  me parece admirable pero al mismo tiempo me deja indiferente. Con la ópera prima de Tony Gilroy me pasa algo similar a lo que experimento al montar en una atracción de feria, pero sin el mareo. Al salir del cine es como si no hubiese sucedido nada, aparte de haber escuchado un par de verdades como puños, pero que suelen estar en boca de muchos de los productos considerados políticamente correctos: "el dinero no puede comprar nuestra integridad", "las grandes empresas causan daños irreparables por los que a menudo no pagan ningún precio porque pueden moldear la ley a su gusto".

 Lo dicho hasta ahora puede servirnos como premisa para iniciarnos en una película que va dirigida al gran público, sin que ello signifique ninguna merma del reparto o la inteligencia del espectador. Micahel Clayton está avalada por la personalidad crítica y liberal de un hombre apuesto y cultivado, George Cloony, y por el afortunadísimo debut del guionista Tony Gilroy, el mismo que ya había escrito el guión de Pactar con el diablo.

El filme de Taylor Hackford presentaba como trama los vericuetos ocultos de las grandes firmas de abogados de Nueva York, con una parte externa, -la fachada-, pero también una parte de atrás, la de unos abogados que nunca aparecían por los tribunales, actuando siempre en la sombra. En realidad, existen diferentes señas de identidad entre ambas cintas. Aparte del trasfondo diabólico, Pactar con el diablo es la historia de un ambicioso abogado (Keanu Reeves) que atrae la atención del líder de un poderoso bufete de abogados (Al Pacino), dispuesto a cualquier estrategia, si esta permitía triunfar en los juicios a favor de unos influyentes clientes. Poco después, cuando estaba disfrutando de su poder, dinero y la gloria del éxito, entra en sospechas sobre el poder ilimitado de su protector.

- Y si Arthur descubrió algo.

- ¿Qué insinúas? ¿Sobre qué?

- Y si Arthur no estaba loco y tenía razón.

- ¿Razón sobre qué? ¿Qué estamos en el lado equivocado?

 En este tipo de filmes, lo primero que se construye es un personaje: una importante firma legal tiene a un hombre de paja al que da vida George Cloony, rodeado por otros abogados exquisitamente vestidos que nunca acuden a los juzgados, porque ese ya no es su territorio para resolver problemas. Entonces, ¿cuál es su territorio? De eso trata la interesantísima Michael Clayton, una de esas raras películas que nos ayudan a explicar el complejo mundo de hoy, hecho de medias verdades y grandes mentiras.

 - Había un observador, nosotros teníamos presentadores y mirando para delante tenemos políticos, que deciden asuntos de vida o muerte, basándose en los asesores de imagen y eso es lo que tenemos.

Michael Clayton es alguien que ha hecho cosas horribles para su firma de abogados desde hace mucho tiempo y todas esas cosas regresan para perseguirle, por lo que tiene que salvar su alma o su relación con su hijo.

- Eso es del todo inaceptable, son tres mil millones de dólares la demanda que piden. Por la mañana llamaré a mi junta y les diré que el responsable de mi defensa fue detenido por correr desnudo bajo la nieve persiguiendo a los demandantes en un aparcamiento.
- No se preocupe, ya está todo previsto. Diremos que fue un atropello con fuga. La policía ya lo está investigando a fondo. Ahora los investigadores estarán sacando muestras de pintura de las vallas protectoras, y mañana buscarán al dueño de un jaguar XJ 12, con pintura especial. Solo busco soluciones, no hago milagros.

                            

 La figura del fixer, el amañador, es el que interpreta George Cloony en un ajustadísimo trabajo con uno de los mejores planos finales que se recuerdan. Michael Clayton trabaja para una prestigiosa firma de abogados siendo uno de sus mejores clientes una poderosa multinacional de la alimentación, demandada por corrupción, aunque amañan las pruebas para que todo quedase como un accidente de tráfico. Las cosas se complican cuando un hombre del pasado de la compañía -en tratamiento psiquiátrico-, deja de tomar la medicación y asume comportamientos extravagantes, uno de ellos decir la verdad.

 - Les mataron, Michael. Uno quiere saber que todo está controlado, pero están nerviosos, hay que calmarles.

- ¿Qué quieres decirme?

La verdad lo desvela un hombre oficialmente loco, pero que en realidad decide librarse de la enorme presión que vive sometido con el fin de ocultar una información relevante. Una información que tiene que ver -como uno puede imaginarse- en una sentencia que afecta directamente a la opinión pública.

- Uno de los mayores y más grandes bufetes del mundo, toda una leyenda.
- ¡Soy un cómplice!.
- Y un maníaco depresivo.
 

Una película sobre abogados, alude inevitablemente al genero judicial y nos da pie para idear el posible proceso perfecto del séptimo arte. En el jurado, estaría la figura de Henry Fonda, como jurado número 8, en Doce hombres sin piedad (Sydney Lumet): "Ningún jurado puede declarar a un hombre culpable a menos que esté seguro". Lo difícil, sin embargo, era mantener los prejuicios al margen. Como acusado, Peter Carter (David Niven) en A vida o muerte (Powell y Pressburger). Un aviador salta y sobrevive, pero en el cielo le organizan un juicio. El fiscal, Jim Garrison (Kevin Constner) en JFK (Oliver Stone): "Qué se haga justicia aunque el cielo se derrumbe". Un abogado que esté a la altura de las circunstancias sería Atticus Finch (Gregory Peck) en Matar a un Ruiseñor (Robert Mulligan): "Nunca comprenderás a una persona hasta considerar las cosas desde su punto de vista", aunque más que un abogado parece el padre que todos quisimos tener. Un testigo como el de Jack Nicholson (Coronel Jessep) en Algunos hombres buenos: "¡Por supuesto que ordené el código rojo, joder!" Ir de testigo y acabar culpable sólo tiene una explicación: la prepotencia. Y por último, el juez. Nadie mejor como Spencer Tracy para la ocasión, en el papel de Dan Haywood en ¿Vencedores o vencidos? (Stanley Kramer), un magistrado que juzga los crímenes más terribles de la humanidad, con sentido común y en paz consigo mismo: "Quiero comprender, lo necesito".

Michael Clayton es una película sobre el poder y sus mecanismos cuyas reglas no tienen nada que ver con los grandes conceptos que emplean políticos y personajes públicos, pero es lo suficientemente rica para actuar en los dos niveles. Tiene intriga policial y reproduce el itinerario personal de un hombre cuya pregunta latente subyace en toda la película: ¿cómo he llegado a ser lo que soy?.