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Homenajeamos con la película al escritor Arthur C. Clark, recientemente fallecido en su querida Sri Lanka, y por supuesto, a este gran director Stanley Kubrick.

Como resultase en su momento la futurista Blade Runner, de Ridley Scott, esta poética y filosófica película del director neoyorquino supuso toda una innovación en el género de la ciencia-ficción, sostenida en tres ideas básicas: El amanecer del mundo, la señal en la Luna y más allá del infinito. Una película visionaria, de un cineasta genial y perfeccionista como fue Stanley Kubrick. Partiendo de El centinela, un relato de Arthur C. Clark, director y escritor se pusieron manos a la obra para escribir un guión que transgrediese todo lo que se conocía de la ciencia-ficción con una idea, en realidad, muy simple. Hace millones de años, una inteligencia superior, representada por un enigmático monolito, significó un cambio en la evolución, dotando a los monos humanoides de la chispa de inteligencia que le permitiese sobrevivir y evolucionar. Desde allí, al infinito y más allá. Kubrick nos invitaba a ser testigo de un viaje de la humanidad a través de millones de años de evolución, la mayor elipsis de tiempo jamás filmada. Que nos lleva a ese futuro en el que estamos en pleno avance de la conquista espacial, con esa escena inicial que parece una coreografía musical, una danza en el espacio. Todo un lujo cinematográfico, tanto a nivel visual como a sonoro, que pocas películas han sabido aprovechar y sin duda, ninguna del género, el uso del silencio derivado de un medio para transmitir sonidos. Esto es, en el vacío. Si en un principio fue el compositor Alex North su colaborador, por ejemplo, en la melodiosa banda sonora que acompañaba la película Espartaco, desde entonces Kubrick empezó a recurrir a la música clásica que hoy asociamos de manera indisoluble con las mismas, como Así habló Zaratustra y El Danubio Azul.

Lo que marca el inicio de una nueva concepción dentro de la ciencia-ficción y su principal mensaje, es que el hombre se halla sometido a la influencia de un poder de otras inteligencias, situadas fuera de nuestro mundo, pero fuera igualmente de los tópicos invasores del espacio exterior que vienen a la Tierra, explotados hasta la saciedad en las anteriores películas de cine B.

De este modo, el perfeccionista director logró una película que podía ser más realista, desde la estación espacial orbitando alrededor de la Tierra hasta los vehículos de transporte, desde nuestro planeta hacia la Luna, incluso su Descubrimiento -la Discovery- con sus problemas antigravitatorios, o las telepantallas para comunicase dos puntos distantes a millones de kilómetros.

- Has pensado en algo especial.

- Sí.

- ¿Un teléfono?

- Pero si ya tienes muchos teléfonos, ¿no quieres otra cosa para tu cumpleaños?

Es curioso que cuando Kubrick decidió llevar al celuloide esta conocida obra de ciencia-ficción, estaba en auge la carrera espacial, y junto con este descubrimiento del cosmos existía un “re-descubrimiento” de la realidad en numerosas facetas, en una década contestataria y a la vez llena de referencias cinematográficas. Pertenecía al cine comprometido de la Nueva Ola, que surgió en los años sesenta en EEUU, como reacción a la doble moral existente, al cristianismo, a los valores defendidos por la sociedad que imperaba y a la guerra de Vietnam. Sería la época de grandes películas: Grupo Salvaje, de Sam Peckipah, una crítica hacia los valores defendidos en la Guerra de Vietnam, disfrazada en un violento y crudo western; Cowboy de Medianoche, un New Western que critica la vida urbana, como haría también el “road-movie” Easy Ryder (Buscando mi destido), de Dennis Hopper.

Apoyándose en unos efectos especiales magníficos, el primer aliciente de 2001, dirigidos por el propio director y por quién ganase el Oscar, Donald Trumbull (luego el principal responsable del enorme éxito de Spielberg en Encuentros en la tercera fase), alcanza un nivel técnico, que se podría afirmar que aún no ha sido superado por otra película posterior. Para mejorar algunas escenas, sobre todo en las del llamado "vacío", Kubrick diseñó una cámara especial, y para los exteriores, por ejemplo, los de la Luna, emplearía toneladas de arena en el estudio cinematográfico Shepperton, en Londres, donde luego rodaría El resplandor.

                               

Sin embargo, 2001, no es sólo una obra maestra por sus efectos especiales y sonoros, por su fotografía o por sus increíbles paisajes; es también un recurrente punto de encuentro filosófico, cuyas tres bases anteriormente mencionadas se sustentan en una cumbre de la literatura de la ciencia - ficción. Veamos cada uno de estas ideas: Primero encontramos el amanecer del hombre, cuando la única inteligencia es el instinto animal, representado por unos simios que caminan a cuatro patas y que luchan entre sí, por la comida. En un momento, aparece un monolito, al que los simios se acercan, y de esto se llega su manifestación más importante cuando uno de ellos lanza hacia arriba un hueso, como arma, y por tanto, como una señal de evolución, con los primeros acordes del vals de Strauss.



Millones de años después, el hombre está en plena conquista del espacio. Algo interrumpe la paz que se vive en una estación espacial: una segunda señal del mismo monolito, que es el testigo mudo de la evolución de la inteligencia terrestre y que emite igualmente un nueva pitido, como un mensaje que lleva a la nave Discovery capitaneada por Gair Lockwood y dirigida por un superordenador, conocido como HAL 9000 a un lugar desconocido de Júpiter.

- Buenas tardes, HAL, ¿cómo va todo?

- Permíteme decirle, Sr. Eiwer que los computadores de la serie 9000 son los mejores de los que se han construido, ninguno ha cometido una equivocación, ni han facilitado una información errónea.

HAL, con todo, es el personaje que representaba la principal carga dramática de la película, cuyos errores, mentiras y miedos, junto a sus acciones defensivas para autoprotegerse. Todo esto condujo a varios asesinatos y a la lente muerte de todos los miembros de la tripulación, a excepción de Bowman, que llegó a desconectar -a matar- al propio ordenador, en uno de los momentos más emotivos y recordados de la historia del cine.

Después al infinito y más allá, en un viaje a través del tiempo y del espacio, en la que el hombre renace sobre sí mismo, en una aventura casi sicodélica. Imposible de definir las sensaciones que produce en el espectador, confusión por un lado y serenidad por otro, con todas las interpretaciones que puede darse a esa escena final, sencillamente magistral. El estreno fue un desastre. ¿Ciencia- ficción? Por lo pronto, no trata sobre la amenaza roja sino todo lo contrario, las dos superpotencias convivían pacíficamente tanto en la Tierra como en el espacio. Pero, poco a poco fue atrayendo a legiones de jóvenes, quizás por ese viaje espiritual y sonoro que concretaba en pantalla las visiones del LSD. Hoy, sin embargo, es una de las películas más imitadas, citadas y criticadas tanto del género al que pertenece como de la historia del cine, siendo uno de los pilares claves de la ciencia-ficción. Y, como apunte final, la película que Kubrick y Arthurh C. Clark no es que no fuese realista, sino que esa profecía del viaje de la Luna a Júpiter todavía no se ha hecho realidad.