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Takeshi Kitano y Vincent Gallo: dos outlanders del séptimo arte.

por Gonzalo Gala el 24/05/2009 01:29, en Con nombre propio.

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Vamos a acercarnos a dos de las figuras más controvertidas, excéntricas y peculiares del mundo del espectáculo y la industria del cine: el japonés Takeshi Kitano y el norteamericano Vincent Gallo.

Antes de convertirse en un reputado director de cine, Takeshi Kitano era conocido en su país como Bean Takeshi, miembro de un famoso grupo cómico televisivo y director de programas de éxito como Zura, Takeshi y yo, más conocido en nuestro país como El humor amarillo. Es evidente que no necesite de presentación, para recordar esas extrañas pruebas en donde todo hijo de vecino japonés parecía querer dar los huesos en escenarios de cartón piedra y plástico, aunque algunos envidiemos este tipo de entretenimiento por este del mundo. Bean Takeshi cumple con los tópicos del bufón medieval, un tipo alocado, zafio y aparentemente idiota, que se ríe de todos aquellos a los que divierte con sus gracias. Por supuesto sin que estos lo noten.

Veamos un ejemplo ilustrativo de su genialidad bufonesca. Bean Takeshi detesta abiertamente todo lo computarizado, de modo que en los años ochenta diseñó un videojuego denominado Takeshi’ Challenger, ideado especialmente como azote para los jugadores. Para llegar al final del mismo, estos tenían que pasar pruebas en donde se les sometía a situaciones ridículas como cantar estúpidas canciones o soportar eternas pantallas en blanco de más de dos horas. El juego se vendió bien y Bean Takeshi hizo evidente el nivel cultural de sus compradores.

Pero Bean Takeshi es también el nombre que utilizó en su faceta de actor, encontrándolo en producciones tan dispares como Bienvenido Mr. Lawrence o Johnny Mnomic, así como en casi todas las películas producidas por él, como Battle Royal, o dirigidas por su alter ego, Takeshi Kitano. Para engordar su propio ego, el mismo creó la leyenda de que se convirtió en director por accidente. Kitano se hace con las riendas de Violent Cop, destinada a convertirse en una más de las cientos de películas que existen sobre el mundo de la yakuza, la mafia japonesa y policías duros, es decir, de serie B. De hecho, esta es la categoría que le concedieron no sólo a esta, sino a todas las películas que le siguieron, bajo la producción de quien en Japón no era más que un payaso televisivo, reconvertido en un cineasta, a juicio de la crítica, más bien vulgar. Todo cambia, por supuesto, cuando le conceden el León de oro, en Venecia, por Hana Bi, su magistral séptima película. Desde entonces, su obra posterior, se convierte -por arte de magia- en objeto de estudio y admiración de sus compatriotas. En Hana Bi, se daban cita aquellos elementos a los que habitualmente recurre: violencia, poesía, tragedia, humor y una línea musical melodiosa.

No hay que ser un superdotado para darse cuenta de que Vincent Gallo es capaz de interpretar lo que sea, mientras le paguen. Su vida y su carrera cinematográfica no tienen desperdicio, en la que destaca su principal trabajo, The Brown Boning., que serviría para extender el primer apunte que hemos hecho del actor y director. Presentada hace años en el Festival de Cannes, el segundo largometraje de Gallo fue considerado por muchos como la peor película jamás proyectada en el festival francés, mientras que para otros este calificativo tan sólo escondía la airada respuesta de una moral obtusa y retrógrada que no soportó la felatio sin truco que la actriz Chöle Sevigny hacía a Vicent Gallo, coronando así la película. Escándalo, escándalo, escándalo, hostia puta. No nos referimos a Quentin Tarantino, -las palabras que escuchó cuando su Pulp Fiction lograba la Palma de Oro y parte de los presentes protestaron con silbidos y perlas como esta- pero casi. Como Tarantino o Michael Moore, Vincent fue recibido con una fuerte polémica en torno al Festival francés. Es cierto que el actor y director Gallo es un ególatra, por eso Cannes debía ser su hábitat natural; es más, Vicent Gallo es el ególatra más sincero de los que han pasado no sólo por el celuloide sino por un Festival de cine, en los últimos años. (De hecho, ¿para que sirven estas veladas cinematográficas sino es para crecer el propio ego de quienes asisten y reciben sus premios años tras años?, ¿por qué realmente lo merezcan? No, es por la promoción y por el ego). Por eso, The Brown Boning se puede considerar como un autorretrato, un ejercicio propio lleno de onanismo, tan bello como sincero, tan libre como denostado por aquellos que no ven el cine más allá de Clint Eastwood, como hacía quince años ocurría con Ciundadano Kane de Orson Welles. The Brown Boning es un retrato, con paisaje al fondo, de un hombre destrozado por la culpa y el recuerdo, una búsqueda existencial en forma de huída a ninguna parte. De este modo, se ha convertido su leyenda de director maldito, que vio su estreno tan sólo en las salas X en Estados Unidos, y su DVD sólo fue editado en Japón y Norteamérica. Así que los que quisieran ver la película, no deben perder el tiempo buscándola en Videoclubs y centros comerciales, sino ir directamente a Internet, a su página webb. Así, el que entre en ella encontrará, entre otras cosas, que la preciosa Honda que el propio Gallo pilotaba al comienzo de The Brown Boning, se encuentra a la venta, al igual que su mono de cuero y otras peculiaridades, como su propio semen, por la friolera de un millón de dólares, cada inseminación. Pero si para unos es una broma, como estrategia de publicidad, para otros, es una barbaridad intolerable.

Con esta guisa, Vicent Gallo se ha convertido en un ser detestable que ha conseguido tantos enemigos como Bin Landen y Bush, juntos. Pero Gallo ha creado una leyenda a su alrededor, teniendo como principal baza su propio miembro.

- ¿Qué estás mirando?

- Nada.

- Pues deja de mirarme los pantalones con cara de imbécil.

- Relájate.

-  No me digas que me relaje, coño, y deja de mirarme los pantalones.

- Es que es enorme.

- ¿Qué has dicho? ¿Qué me has dicho, maricón? ¡Fuera del lavabo, sal del puto lavabo!.

El falo de Vincent es el fundamento principal de su leyenda y las especulaciones que se estaban haciendo sobre su tamaño fueron alentadas por él mismo en su primer largometraje como director, Buffalo 66, aunque fue en The Brown Boning en donde lo presentó como un valor indie de la virilidad. Pretendió llegar al sexo explícito como un aspecto artístico, más próximo a Andy Wharhol, en Blow Job, que a Garganta Profunda, clásico del cine porno de los setenta en donde se tenía como tema central una felación. Pero en la película de Gallo, se separan los límites del cine de autor y de la pornografía, y sobre todo saca partido de su miembro, mejor incluso que el porno-star español Nacho Vidal, incluyéndolo en sus películas de ¿manera inteligente?.  - ¿No puedes quedarte aquí dentro sólo y masturbarte, una y otra vez, hasta morir deshidratado?

- Yo no quiero masturbarme.

- Y cuando llegue la misión de rescate encontrar así: ¡Ahh!. E incluso pueden que te erijan una estatua de la erección, en ese mismo lugar. ¡Ahhh!

Cuenta la leyenda que en pleno rodaje de Stranted, desquiciante opera prima de Luna, María Lidón, el autor demostró su hombría a diestro y siniestro, regalando su virilidad a cata y aprueba como si de un vendedor ambulante de nabos y lechuguinos se tratase. Pero además de ser actor y director, es uno de los mayores coleccionistas de un tipo de guitarra eléctrica conocida como “ricken-baker” y músico, con un destacado último trabajo When, editado por la prestigiosa firma británica, de nombre Ward. Los orígenes musicales de Vicent Gallo se remontan a los años setenta, militando en algunas bandas importantes, coincidiendo en una de ellas con Jean Michel Bastian, e incluso compone la música de sus propias películas. Oyendo sus trabajos musicales sorprende que Gallo sea un tipo detestable. Más bien parece que mantiene la estrategia de la mofeta, es decir, ocultar sus debilidades atacando, o expresar lo que piensan sin calcular la repercusión de sus palabras o actos. Lo que reverencia la sinceridad, de su opera prima, Buffalo 66, en la participaba como protagonista la actriz que había pasado de niña gótica a ninfómana redomada, Christina Ricci.

La película es un regreso seudo-autobiográfico al hogar, con una gran sinceridad que levantó ampollas en la ultra-mitificada imagen de la familia norteamericana, pero es también el retrato de un fracasado neurótico y depresivo, de un hombre que no es capaz de recuperarse de sus traumas, lo cual enlaza con su The Brown Boning y la sensibilidad dolida de su personaje principal, interpretado por el propio Gallo. En ambas películas encontramos otro de los elementos que el mismo fomentó dentro de su leyenda: el mismo. Las cintas se llenan de momentos en lo que Gallo fomento su egolatría con primeros planos de rostro que fue bien explotada en el celuloide, en la que posa como un modelo profesional, quizás recordando aquellos días en los que trabajaba para Calvin Klein. Pero Vincent Gallo también habría intentado otras facetas, como fotógrafo, pintor e incluso motorista o bailarín de brake dance. Aunque su faceta más conocida sea la de actor, pasando de series televisivas de los setenta a cameos, pequeñas apariciones en algunas grandes películas, como Uno de los nuestros, de Martín Scorsese, hasta que dio el paso a la gran pantalla con otro cineasta con vocación de músico, Emir Custurica, quien en su filme Arizona Dream le reservó uno de los papeles principales, aunque parece que siempre repitiendo el mismo esquema de personaje.

- Podemos hacer el amor, pero no me toques la cara y el pelo.

- ¿Qué? ¿Todos los actores sois así?

Pronto llegaría a Hollywood, participando en la interesante película La casa de los espíritus, con un pequeño papel que sin embargo le ofreció la oportunidad para que Abel Ferrara, uno de los especialistas del cine de terror y fantástico, se interesara por él para uno de sus mejores trabajos, El Funeral. Aunque no supo mantenerse en la liza y con la misma facilidad, quedó relegado como actor de segunda fila, lo que le forzaba a elegir papeles de secundario o de protagonista en películas independientes, de bajos presupuestos y bastante mediocres. Uno de los personajes que debía interpretar con más asiduidad era el de atracador de medio pelo, rodeado en una pandilla de inútiles, como por ejemplo en Últimas consecuencias, de Kiefer Shutherland.

- ¿Tenéis suelto para el parquímetro?- No.

- ¿Y los veinticinco centavos que tenías?

- De eso nada, esa moneda es especial.

- ¿Qué tiene de especial?

- No lo entenderías.

- ¿Qué quieres decir, que mi inteligencia no da para tanto?

Aborrecido en los Estados Unidos, pero convertido en un actor de culto en el Viejo continente y el país del Sol Naciente, sobre todo por Buffalo 66, ahora multiplica sus colaboraciones con realizadores europeos, entre los que destaca Claire Dennis, en la película Troble Every day. Y todo lo contrario de esta colaboración o con la de Kaurismaki, resulta ser sus participaciones en los filmes de María Lidón, cuyos trabajos –como el de Stranded- son al cine lo que serían unos pepitos de ternera a la alta cocina.

- Me pedisteis los datos y estas son las frías ecuaciones. La nave no puede mantener a los cinco con vida durante mucho tiempo.

- ¿Cuántos podrán sobrevivir?

Que la carrera de Vincent Gallo ha tocado fondo ya se sabe. Desde aquí, tan sólo se recomendaría conocer la webb de Vincent Gallo. Quizás con el merchandaising conseguimos financiarle una nueva película, y sobre todo, aguarle la fiesta a los ortodoxos de mente estrecha y acérrimos seguidores de Clint Eastwood.

 

cinemaparaiso

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